sábado, 8 de febrero de 2014

“Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa impartir justicia a tu pueblo y distinguir el bien del mal”
1Reyes 3, 9.
1Reyes 3, 4-13; Salmo 118/119, 9-14;  Marcos 6, 30-34.
El rey dejó la comodidad de su palacio en Jerusalén y se encaminó hacia Gabaón donde se encontraba el santuario principal de su reino, en aquel altar, ofreció sacrificios a YHWH. Y ante esa solicitud del rey el Señor se hizo el encontradizo, Cfr. 1Reyes 3, 4. Aparentemente, es el rey quien toma la iniciativa pero en realidad no es así, pues está escrito:«es Dios quien, según su designio, produce en ustedes los buenos deseos y quién les ayuda a llevarlos acabo», Filipenses 2, 13. Es importante subrayar que la búsqueda del Trascendente está impresa en lo más íntimo de la persona, pues el hombre no sólo es cuerpo sino también espíritu. Y estas dos dimensiones constitutivas de su ser, lo convierte en un ser espiritual y al mismo tiempo en un ser estructuralmente social.
Es así, como podemos constatar que el hombre está facultado para entrar siempre en relación, con Dios, con el mundo, con los hombres. Y es en la medida como establezca dicha relaciones como se refina, se pule, es decir, se perfecciona y se realiza. Porque el hombre será siempre un indigente y necesitará de los otros no sólo para reafirmarse sino para hacerse. El hombre es siempre un ser que vive en tensión, por su cuerpo «al polvo» -tiene hambre, sed, frío, dolor, etc.- pues de allí fue tomado mientras que por su espíritu a Dios porque de Él ha recibido «aliento de vida» -le apasiona la música, la lectura, el arte, el cine, fe, etc.- Cfr. Génesis 2, 7. Por lo que deberá atender siempre estas dos dimensiones sino desea vivir perdido y sin sentido.
Este pasaje de la escritura que estamos meditando nos revela también que YHWH es un Dios relacional, le gusta estar en contacto y plena comunicación con el hombre. Es un Dios que está en apertura y en total escucha. Por tanto, si se le llama responde, habla: «pídeme lo que quieras», 1Reyes 3, 5. Dios habla en la «noche» y en el «sueño», para indicar lo maravilloso y el misterio que representa su comunicación.
En la «noche» donde los sentidos están “dormidos”, en el momento en que se escucha simplemente el respirar y la melodía rítmica del corazón, es decir, cuando el hombre acalle las otras voces, los ruidos, cuando es capaz de escucharse así mismo, cuando ya no le hace rumor y fastidio “la carne” sólo entonces estará en grado de ver a Dios y de escucharlo hablar. En el «sueño», donde la fantasía resplandece, donde no hay imposibles, donde todo puede suceder, donde la fe está a todo lo que da, para indicar que Dios está comprometido con el hombre hasta el fondo, no habla ni actúa fuera del mundo de lo humano. Dios habla siempre y es capaz de verlo y escucharlo quien es capaz de vencer todos los obstáculos. Y en el «sueño» el hombre es invisible, es fuerte, es poderoso, es hombre de fe.
Salomón responde, el diálogo es oración, es encuentro de corazones palpitantes, de voluntades amantes. ¿Pero que pedirle a Dios cuando  las necesidades son muchas? Hay que priorizar, no se puede tener todo en esta vida, así como no se puede disfrutar todo al mismo tiempo como tampoco se pueden saciar simultáneamente todos los anhelos del corazón humano. Saber pedir es saber dar en el clavo, no es atinar, es conocer la dirección correcta. Es pedir “lo básico” para que lo “secundario” pueda acontecer. El rey pide un corazón dócil, es decir, pide la exquisitez de saber escuchar, de dejarse guiar, de obedecer, todo ello para saber hacer y vivir en justicia, Cfr. v. 9. Y ¿tú sabes que te conviene pedir?

viernes, 7 de febrero de 2014

“Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”
Marcos 6, 23.
Sirácide (Eclesiástico) 47, 2-13 NV[gr. 47, 2-11]; Salmo 17/18, 31. 47. 50-51; Marcos 6, 14-29.
¿De dónde tanta generosidad de Herodes que es capaz de dividir su reino sólo por ver bailar a la joven Salomé? ¿Quién es este personaje? «Se trata de Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, que fue nombrado por los romanos tetrarca de Galilea y Perea y gobernó entre los años 4 a. C. al 39 d. C. Era por tanto, el máximo gobernante de Galilea durante el ministerio de Jesús en esta región y solía residir en Tiberíades, ciudad que nunca pisó Jesús», Antonio Rodríguez Carmona.
Herodes quiere ver danzar a Salomé, la hija de Herodías, quizás fascinado por su belleza o sensualidad. No lo sabemos, el texto no lo dice. Pero ¿qué espíritu le domina a tal grado que es capaz de ceder la mitad de su reino? ¿En verdad está en su poder el conceder la mitad de su reino? Es esa actitud de Herodes la que hace preguntarme sobre ¿qué es capaz de hacer el hombre para alcanzar la realización de sus deseos, de sueños, de sus fantasías? Y creo que bien podemos responder: ¡De todo! Y eso desde una perspectiva positiva es bueno y saludable. Pero cuando el precio que se tendría que pagar es una vida humana e incluso algunos valores como la verdad, el respeto, la tolerancia, el perdón, la compasión, etc. ¿Es bueno o al menos legítimo hacer lo posible para conseguir los deseos? ¡Creo que no!
El problema no es que soñemos o nos ilusionemos, la cuestión está en la manera, la actitud con la que emprendemos la consecución de nuestros sueños.

jueves, 6 de febrero de 2014

“Guarda las consignas del Señor, tu Dios...para que tengas éxito en todas tus empresas, adondequiera que vayas”
1Reyes 2, 3.
1Reyes 2, 1-4. 10-12; Salmo 1Crónicas 29, 10-12; Marcos 6, 7-13.
Existe una enseñanza muy antigua que reza así: «guarda el orden y el orden te guardará a ti». Una sentencia que busca que el hombre viva con sentido, con metas y sueños claros que jalonen su historia personal. Vivir con un sentido auténtico significa que la existencia está nutrida de genuinos significados que alejan de nuestro entorno los remordimientos y sentimientos de culpabilidad así como toda clase de frustraciones. Una vida ordenada y armónica que sea el antídoto contra los imprevistos, los cuales son eventos desafiantes que consumen una alta cantidad de energía y que cuando no se afrontan adecuadamente sumergen en la desesperación y en la intranquilidad al sujeto que la padece.
La muerte es de esos eventos que todos hemos de afrontar un día aun cuando no sepamos cuando. Sabemos que un día moriremos pero no pensamos en ello, nos da miedo o temor tocar el tema privándonos de esta manera de poder poner en marcha una actitud preventiva. Y sin embargo, es lícito preguntarse hasta ¿qué punto es posible prever el morir? Quizás nuestra muerte no, pero sí algunos eventos que podrían desencadenarse después de nuestro deceso.
Y la primera lectura nos da mucha luz al respecto. El primer libro de los reyes abre su primer capítulo diciéndonos que David era un anciano, y por más ropa que le echaban encima, no entraba en calor, Cfr. 1Reyes 1, 1. El rey ha llegado a un punto en el que parece que no toma ya las disposiciones de su reino y de su persona. Son otros quienes tienen el atrevimiento de decidir por él. Así por ejemplo, sus cortesanos deciden que para regularle la temperatura corporal al anciano rey sería mejor conseguirle a una joven, Cfr. v. 2; mientras que Adonías su hijo ambicionando el trono se proclamó rey, Cfr. v. 11. Pero es la intervención del profeta Natán y la presión de Betsabé que hacen que el rey vuelva a estar al día y ordene todo como en verdad convenía, Cfr. v. 14ss.
Y lo primero, que realiza es librar al pueblo de la ambigüedad, del temor de las luchas internas que pudiesen acarrear desgracias por la inseguridad de no contar con un heredero al trono. Con un heredero legítimo no sólo se garantiza la paz interna sino que se encamina al pueblo a la prosperidad, al crecimiento y al desarrollo. Con una dinastía fuerte, sólida y consolidada el pueblo se siente protegido y amado, Cfr. v. 34. El anciano rey por las circunstancias tan apremiantes se vio en la necesidad de heredar. La herencia es un patrimonio que deberá ser no sólo cuidado, protegido sino trasmitido adecuadamente para que el esfuerzo y el afán no se torne vano y superfluo. ¡Cuántas familias existen que están desunidas y en pleitos por cuestiones de herencia! Aprendamos a trasmitir lo más valioso que tengamos en pro de una vida en paz y en unidad, de fraternidad y solidaridad.
En segundo lugar, se encuentra el consejo que David da su hijo Salomón: «Guarda las consignas del Señor, tu Dios...para que tengas éxito en todas tus empresas, adondequiera que vayas», 1Reyes 2, 3. Los mandamientos del Señor pretenden ser un camino que le permita al hombre vivir sin grandes obstáculos y sin complicaciones excesivas. Porque los obstáculos y las complicaciones están al orden del día, pero muchas problemáticas son previsibles y totalmente evitables, y eso es lo que pretenden los mandatos del Señor: que se viva sin sobrecargas.
David gobernó cuarenta años en Israel, Cfr. v. 11, pero no nació sabiéndolo, lo tuvo que aprender y dicho aprendizaje implicó errores, horrores, pecados, aciertos, victorias, derrotas, etc. ¡Cuarenta años! Un tejido de experiencias, baluarte donde Salomón puede encontrar refugio para consolidar su reino. Salomón debe tener presente la historia de su pueblo, de su padre para desempeñarse mejor, para orientarse mejor, porque «para trazar la ruta hacia el lugar donde nos dirigimos, es necesario saber de dónde vengo y dónde estoy», Demián Bucay.
El texto señala que «David fue a reunirse con sus antepasados», v. 10 para indicar que murió en paz con todos:
-          Con Dios, pues pidió perdón y enmendó su vida,
-          Con su familia, dejó una herencia que le garantizará estabilidad en todos los aspectos humanos,
-          Con su pueblo, dejó un reino fuerte, estable y a un rey sabio, etc.
No todos tendremos esta dicha de morir dejando todo en orden, estando bien con todos y en casa. ¡Dios nos conceda esta dicha! Necesitamos continuamente pedírselo.

miércoles, 5 de febrero de 2014

“Somos vasijas de barro que necesitamos ser moldeados continuamente para alcanzar perfección y realización humana”
Cugj.CaliϮ.
Sabiduría 3, 1-9; Salmo 123; 2Cor 4, 7-15; Lucas 9, 23-26.
Las vasijas de barro que hemos escuchado en la primera lectura evocan que el hombre ha sido tomado del polvo de la tierra cuando fue creado por Yahvé: «Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo», Génesis 2, 7. El varón como la mujer ha recibido de Dios su existencia, su vida y sólo en Él alcanzará su realización y felicidad. El varón y la mujer han sido llamados a la eternidad por un Dios que es la misma Eternidad. Su cuerpo, el barro del que está hecha la vasija ha recibido aliento de vida y por este maravilloso prodigio se ha convertido el hombre en un ser vivo, pues el aliento de vida  que ha recibido es un “Espíritu Vivificador”.
 Y este “Espíritu vivificador” que ha recibido como don de Dios le hace un ser vivo distinto a los demás creaturas que Dios había hecho con anterioridad. Y gracias a este “Espíritu vivificador” el hombre está llamado a generar vida en todo lo que realiza. Porque el hombre posee por voluntad del Dios creador, el poder de imprimirle a las cosas que salen de sus manos vida. Cuando el hombre trabaja deja parte de su espíritu en lo que hace. Así por ejemplo, cuando compro unos zapatos, no sólo adquiero la mercancía sino parte del “espíritu” del hombre que lo realizó, ese hombre que hizo los zapatos no me conoce pero le hizo bien a mis pies y por eso le estoy agradecido. Pero el hombre está llamado hacer “el bien” sin esperar nada a cambio. El zapatero hizo un bien pero ya sido recompensado por ello, pues ha recibido un salario. Estamos llamados hacer el bien y esperar el pago de nuestras obras no de los hombres sido de Dios. ¡Hermanos! Cuando el varón y la mujer hacen el bien sin ningún otro interés más que la de servir a Dios en sus hermanos manifiestan con claridad y transparencia lo divino que hay en ellos.
Pero la vasija de barro también evoca aquel pasaje del profeta Jeremías, el del taller del alfarero. Donde el profeta descubre que: «a veces, trabajando el barro [el alfarero], le salía mal una vasija; entonces hacía otra vasija, como mejor le parecía. [El Señor le dijo:] Como está el barro en manos del alfarero, así están ustedes en mis manos», 18, 4-6. Teniendo en cuenta este pasaje profético y lo que hemos afirmado líneas arriba, acerca de que el hombre está llamado hacer el bien, nos da pie para subrayar lo siguiente: cuando el hombre siguiendo los impulsos de su corazón, impulsos desordenados que le incitan a obrar el mal y termina haciéndolo, se asemeja a una vasija rota, deforme, que es incapaz de acoger con generosidad al otro. Y cuando el hombre reconoce sus errores y asume como es debido sus compromisos y responsabilidades, esforzándose continuamente por re-componer en la medida de lo posible el daño que ha ocasionado con sus acciones, se asemeja no sólo a una vasija re-construida sino que incluso se parece un tanto al mismo al farero porque re-toma su destino en sus manos con fe, esperanza y nuevas ilusiones de amor.
Y sin embargo, el destino del hombre, su realización y felicidad no dependen únicamente de él, hay muchas variables que juegan un papel determinante en su historia personal y que condicionan dentro de lo posible su estabilidad no sólo física, moral, psicológica, emocional sino también espiritual. Porque si el hombre no está bien consigo mismo no podrá jamás experimentar la auténtica felicidad.
De tal manera, que si el hombre deja que el pecado corrompa lo bueno que hay en él, siempre se verá dividido, no sólo en sí mismo sino también respecto a Dios, al mundo de los hombres y con la naturaleza misma porque todo lo que realizará a partir de este estado de pecaminosidad estará permeado de este mismo espíritu negativo. ¡Cosa inaudita! El hombre puede cometer el pecado pero no puede liberarse por sí mismo de la maldad, necesita de una fuerza más grande, liberadora y que actúe siempre a su favor poniéndole un límite al mal. Esta fuerza liberadora es la gracia de Dios que brota del costado de Cristo Jesús el Señor. De la misma manera, pero en otro sentido, si el hombre experimenta deterioro en su salud física deberá acudir al Médico para que le ayude a resolver su problema. Por estos simples hechos, reconocemos que la realización y la perfección humana no depende únicamente del deseo personal del sujeto sino de la capacidad de relacionarse con los otros –Dios, mundo y hombres– que ante todo deberá ser una sana y equilibrada relación. Por este motivo, reconozco que Dios juega un papel importantísimo en el proyecto personal de vida de cada hombre y de cada mujer de todos los tiempos.
San Pablo nos ha dicho: «Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que esta fuerza tan extraordinaria proviene de Dios y no de nosotros mismos», 2Corintios 4, 7. ¿Qué tesoro llevamos? “El Espíritu de vida”: la fe en Jesús de Nazaret. Esta fe en Jesús de Nazaret es la que nos da la fuerza necesaria para que en medio de los avatares de la vida: que nos colocan en diversas pruebas, en graves preocupaciones, que nos hostigan y persiguen y no nos dan respiro, que nos hacen sucumbir una y otra vez, no seamos derrotados, aplastados, ni nos sintamos desamparados ni aniquilados, Cfr. v. 8-10.
Creer en Jesús de Nazaret no significa que estemos libres de sufrimiento, sino que el dolor y las encrucijadas de la vida se asumen desde una nueva perspectiva, desde la fe, desde la esperanza, desde el amor de Dios que está con nosotros. Creer en Jesús de Nazaret es seguirle por el camino de la Cruz. La fe en Jesús de Nazaret requiere de la respuesta libre y amorosa del hombre. A Jesús de Nazaret no se le sigue para que nos de libertad sino en libertad. Porque libres somos, el Señor Dios pagó nuestro rescate con gran precio, la sangre preciosa de su Hijo Amado: Jesús de Nazaret. El Hijo de Dios va con nosotros, Él así lo ha querido, y lo ha dejado ver al asumir nuestra naturaleza humana, al hacerse uno como nosotros, en Jesús de Nazaret Dios se ha unido de tal manera al hombre que ya no puede separarse del hombre ni de la mujer, aunque estos vayan por caminos distintos al querer de Dios.
¡Hermanos! En Jesús de Nazaret descubrimos el camino de regreso a la casa del Padre, de ese Dios creador. Descubrimos como Dios desea que hagamos el bien en cada instante y momento de nuestra existencia terrena. El Dios creador en Jesús de Nazaret nos presenta el modelo para hacer el bien, para infundir en cada actuación el “espíritu que da la vida”. Por eso hemos escuchado decir a Jesús: «Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga», Lucas 9, 23. Jesús dice:
-          No se busque a sí mismo, es decir, el hombre está llamado actuar no por impulsos de sus más íntimos, legítimos y buenos caprichos, ni tampoco sólo por la realización de sus propios intereses, sino que está llamado actuar siempre para hacer el bien al otro, para enriquecerlo, ayudarlo a ser mejor cada día. Está llamado a vivir en total apertura al prójimo.
-          Tome su cruz de cada día, afrontando su realidad y re-descubriendo en ellas la voluntad de Dios. Las cosas no pasan así porque sí. La realidad misma nos ayuda a madurar, a crecer, a forjarnos. “El chiste” reside en saber abordarlo desde la plataforma adecuada, desde una perspectiva positiva. Desde la manera como Dios lo ve. En el nombre de Jesús el hombre está llamado a remar en el mar de la vida. Tomar la cruz es renunciar hacer el mal y esforzarse por hacer el bien.
-    Me siga, vamos detrás de Jesús, Dios sabe lo que nos conviene y el camino por donde podemos sacar mejor provecho. El sendero por donde podemos realizarnos eficazmente. 

lunes, 3 de febrero de 2014

“La historia de David es también la historia de cada hombre y de cada mujer”
Cugj.CaliϮ.
2Samuel 15, 13-14. 30; 16, 5-13a; Salmo 3, 2-7; Marcos 5, 1-20.
Dios ha perdonado a David su pecado pero eso no le libra de experimentar en carne propia la osadía de su rebeldía, pues hemos de reconocer que todos los actos humanos son generadoras de consecuencias. Y son dichas consecuencias que harán beber al rey el trago amargo del sufrimiento. Sus malas acciones propiciaron que cayeran desgracias sobre su propia casa:
-          Mató a Urías, el hitita, con la espada amonita por ese motivo la espada no se apartará jamás de su casa, Cfr. 2Samuel 12, 10. Ha sembrado muerte y cosechará con abundancia.
-          David traicionó a Urías a escondidas, ahora él será traicionado por uno de su misma sangre en pleno día y todo el pueblo de Israel lo verá, Cfr. v. 11-12.
-          Al saber que el hijo que le dio la mujer de Urías moriría, Cfr. v. 14 será el detonante que impulse a David a la oración y a la penitencia.
Pero en el fondo de estas desgracias que el rey ha de afrontar hay un aspecto pedagógico interesante. No se trata de una venganza o castigo divino, si no más bien de un aprendizaje de tipo penitencial. Deberá asumir la penitencia impuesta no sólo como resignación sino también como una manera concreta de purificar su corazón. En la penitencia el hombre debe comprender que el pecado siempre destruirá al hombre, le hará sufrir y le marginará a una existencia vacía, sedienta, desnuda y en soledad. Con la penitencia David emprende el camino de retorno al Señor, es un camino doloroso, sólo Él sabe el peso de la carga y ninguno puede consolarlo. El pasaje que hemos escuchado en la primera lectura nos sitúa ya en el proceso de la experiencia penitencial de David.
David tuvo muchas mujeres y por lo tanto muchos hijos e hijas. Su penitencia inicia precisamente en el seno familiar. Su hijo Absalón tenía una hermana muy hermosa llamada Tamar, Cfr. 2Samuel 13, 1. Pero otro hijo de David el primogénito, llamado Amnón se enamoró de ella y la violó, Cfr. v. 14. Absalón decidió matar a Amnón y luego se fugó, Cfr. v. 33-34.  Con el tiempo regresó a Jerusalén e inició la conspiración y se proclamó rey de Hebrón, Cfr. 2Samuel 15, 10.
De ahí, que hayamos escuchado en la primera lectura que David huye pero no por miedo afrontar a su hijo Absalón, sino porque reconoce que esta lucha por el reino, por sustentar el poder acarreará más muerte, David teme por los habitantes de la ciudad, por su pueblo, Cfr. v. 13-14. Reconoce que cuando los intereses son sólo personales que necesidad hay de hacerles pagar a terceros, y sobre todo cuando estos terceros son gente inocentes. 
En esta actitud de David encontramos mucha luminosidad porque el proceso penitencial tiene como metido la reparación, la purificación, la restauración no sólo del corazón del hombre que ha errado y pecado sino también de las realidades temporales que sufrieron violencia por dichas acciones negativas.
Y el primer cambio que está suscitando el proceso penitencial en el corazón de David es el abandono de sí mismo, está venciendo su egoísmo, los otros ya no son indiferentes ahora están en el primer plano de los intereses del rey. Si el egoísmo en una primera instancia había separado al rey del pueblo, ahora en cambio, el sufrimiento del rey es también sufrimiento del pueblo, pues hemos escuchado decir que: «David iba llorando, con la cabeza cubierta y los pies descalzos. Todos sus acompañantes iban también con la cabeza cubierta y llorando», v. 30. Rey y pueblo son uno.
Hay otro aspecto que la huida de David nos enseña, la humildad con la que asume su partida, ya no se esconde ni busca el refugio en la apariencia, lo que está padeciendo es del conocimiento de todos. Asume la verdad de la situación a pesar de que es muy dura. Pero cosa insólita no está solo, ahora su pueblo está con él. Por eso puede asumir como es debido la situación, pues el texto nos señala que mientras iban de camino un hombre de la familia de Saúl llamado Semeí los insultaba, los maldecía y les arrogaba piedras, y los soldados y el pueblo se agruparon para protegerlo, Cfr. 2Samuel 16, 5-8.
El rey es amado y por esa manifestación de compasión no sólo soporta la humillación y los insultos sino que también es capaz de reconocer que es el Señor quien ha permitido que todas estas cosas sucedan. David hace una lectura de su situación no sólo como consecuencias de su actuar negativo sino como una poderosa intervención de Dios que puede sacar lo mejor del hombre aún en situaciones extremas, es decir, David reconoce que los insultos y las humillaciones pueden ser muy provechosas si dejamos que sea Dios quien las convierta en bendiciones, Cfr. v. 10-12. En ese sentido, David ha aprendido, aunque muy tarde, que es mejor sufrir la injusticia que provocarla. Pero es precisamente en este punto donde destella mejor la luz, David ahora confía en Dios y espera que Él se compadezca de su situación y la cambien.
¿Cuantos hombres y mujeres han pasados por momentos oscuros y repletos de sufrimientos? Creo que no existe ninguno que no haya pasado por estas situaciones. Por eso, la historia de David es también la historia de cada hombre y de cada mujer. No importa aquí si lo hemos experimentado como inocentes o culpables. Lo que interesa es que estamos llamados a rectificar, a retomar el rumbo y empezar de nuevo mientras la vida terrena nos dure, a saber responsabilizarnos de nuestros actos con humildad, con resignación, con esperanza, con fe y mucho amor. Lo que importa es tener el coraje, la fuerza y la valentía para reconstruir lo que quizás hemos derrumbado o levantar aquello que también hemos dejado caer; de reconocer nuestros errores y pecados, aceptando corregirlos y confesándolos porque cuando hacemos esto nos liberamos y caminamos más ligeros, recuperamos no sólo las energías sino también la salud física y espiritual.

domingo, 2 de febrero de 2014

“Cristiano tú eres candela, tu misión es brillar”
Cugj.CaliϮ.
Malaquías 3, 1-4; Salmo 23/24, 7-10; Hebreos 2, 14-18; Lucas 2, 22-40.
María y José descubren en la ley del pueblo israelita la voluntad de Dios, por eso se esfuerzan por hacerla vida, y este fuerzo indica una profunda reverencia y una gran estima por las palabras de Dios. Las actitudes de María y de José nos revelan que su comportamiento y el contenido de sus vidas quedan determinados por la unión con Dios y por la vinculación con su hijo. Pero ¿por qué José y María se nos presentan como modelos de obediencia a la voluntad divina? Porque ambos saben escuchar la Palabra de Dios. Pero son escuchadores activos no pasivos, es decir ponen por obra lo mandado.
¡Hermanos! No nos engañemos, solamente quien sabe escuchar con atención aprende a obedecer. Ya que la palabra obedecer (ob-audire) implica un sometimiento libre a la palabra pronunciada. Así que como dice san Juan: «quien cumple su palabra, ése ama perfectamente a Dios», 1Juan 2, 5. Y por si acaso preguntas qué palabras debemos cumplir para manifestar a Dios un amor verdadero, te recuerdo las palabras que Jesús el Señor le dijo al joven rico que le había preguntado que buenas obras buenas debería hacer para alcanzar la vida eterna, el Señor le dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no perjurarás, honra al padre y a la madre, y amarás al prójimo como a ti mismo», Mateo 19, 18. ¡Hermano! Sí a ti que me escuchas. Si nos dejáramos guiar por la palabra de Dios, viviríamos sin más complicaciones que aquellas contrariedades que la vida ordinaria nos presenta en el transcurso de cada jornada. Pero como no le hacemos caso a Dios, nuestras vidas se trastornan a causa del pecado y lo que debería ser simple se vuelve complicado, confuso, desastroso y nos consume demasiadas energías. Porque los mandamientos de Dios no son un yugo que privan al hombre de su libertad sino por el contrario como dice el Salmista: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi senderos» 118/119, 105. Dios quiere para nosotros una vida sencilla, transparente, gozosa y feliz, esa es la finalidad de los mandamientos de Dios.
Entonces descubrimos con asombro que el vínculo que existe entre Dios y la familia de Nazaret es por Jesús. Si José y María viven en intimidad con Dios es porque existe una relación muy estrecha con Jesús, que es al final de cuentas la Palabra Eterna del Padre, es decir, José y María son discípulos de la Palabra Viva. Y cada hombre, cada mujer puede llegar también a vivir en plena intimidad con Dios si acoge como es debido su Palabra manifestada en la Persona de Jesús de Nazaret, es más, esa intimidad tiene característica de familiaridad con Jesús pues está escrito: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen», Lucas 8, 21.
También en el anciano Simeón visualizamos a un hombre permeado, inundado por el Espíritu de Dios, esforzado por vivir según la voluntad del Altísimo por eso llega a conocer, a tocar con sus propias manos al verdadero Dios en la Persona del niño Jesús, pues como enseña el discípulo Amado en su evangelio: «El Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena», Juan 16, 13. Y el texto del evangelio que escuchamos es claro y dice que Simeón era un hombre honrado, piadoso, de esperanza y que «se guiaba por el Espíritu Santo», Lucas 2, 25. En esta misma línea, los discípulos del Señor debemos aprender a discernir sobre cuál es la mejor manera de obrar en cada situación, pero dicho discernimiento es imposible de lograr si no se hace con referencia explícita a la Palabra de Dios, pues ella contiene en sí mismo el Espíritu de Dios.
El evangelio nos presenta a Simeón también como hombre de esperanza y confianza rotunda en el Señor. Solamente el hombre que es paciente sabe esperar y quien espera en el Señor jamás queda defraudado, al final de sus días se le cumple aquella promesa que el Espíritu Santo había prometido: «que no moriría sin antes haber visto al Mesías del Señor», v. 26. Continuamente nos desesperamos porque las cosas no salen bien y nos preguntamos si vale la pena a esperar a que Dios actúe en este mundo hostil, lleno de injusticias y de sufrimiento. Y terminamos por perder la esperanza porque no vemos cambio alguno. Hoy la espera del viejo Simeón nos enseña que Dios actúa en el momento justo y adecuado.
Entonces, si Simeón dice que Jesús es la Salvación de todos los pueblos y le llama luz, ¿por qué esta luz no brilla con la intensidad que debería? O será acaso que ¿Jesús no es luz y Simeón sólo ha exagerado? Pero Jesús dice de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo, quien me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida», Juan 8, 12. Descubrimos entonces que si el mundo vive en oscuridad es porque no se ha dejado iluminar por la Palabra de Dios, no vive ni actúa conforme a esta Palabra.
Con tristeza hemos de reconocer que si nuestro mundo continúa en oscuridad es a causa de que no se está actuando de buena manera y en ese sentido no se cumple el deseo de Jesús: «Brille igualmente la luz de ustedes ante los hombres», Mateo 5, 16, pero ¿por qué dice Jesús esto? Porque sus discípulos son también luz, pues les dijo: «Ustedes son la luz del mundo», v. 14. Para indicar que la luz son las buenas obras.
Con vergüenza hemos de decir que algunos cristianos católicos por no decir la inmensa mayoría están permeados, imbuidos en la mentalidad de este mundo que se opone cada vez más a Dios, una mentalidad permisiva que tolerando el mal y promoviéndolo adiestra y siniestra no sólo se echan a espaldas los mandatos del Señor sino que no dejan brillar la luz de Cristo. Y pasamos por alto que en la manera como actuamos manifestamos si en verdad somos seguidores de Cristo, pero muchos caminamos en la apariencia, lejos rotundamente de la verdad, cumpliéndose lo que Simeón le dijo a María: «Mira, este niño...será signo de contradicción y así se manifestarán claramente los pensamientos de todos. En cuanto a ti, una espada te atravesará el corazón», Lucas 2, 34-35. La Virgen Madre continúa sufriendo por su Hijo, porque pareciera que su muerte ha sido en vano.
María como Madre de Jesús y de nosotros jamás estará de acuerdo y ni se sentirá alegre mientras sus hijos la honren con palabras, con música, cohetes, pero con el corazón llenos de injusticias, de odios, de rencor, de toda clase de perversión y de pecado, con un corazón frío donde Dios está completamente ausente.
Y sin embargo, a pesar de estas situaciones grises, María y José nos continúan ofreciendo a su Hijo. Lo ofrecen a Dios y al mundo, es decir lo consagran a Dios porque son conscientes de que Jesús nos les pertenece, ha sido un Don del Padre, y ha ellos ha sido confiado para que con su apoyo el niño se vaya preparando y logre realizar su vocación, es decir, el sueño que Dios tiene para cada hombre y mujer. Lo ofrecen al mundo para ejemplificar que si se puede realizar la voluntad de Dios en el tiempo del hombre.
Y ese sentido nos es muy elocuente la figura de la profetisa Ana de la tribu de Aser, v. 36 pues para ese tiempo su tribu se había contaminado con el paganismo y Ana, símbolo de todo hombre y de toda mujer que desea consagrarse al Señor pero viviendo con valentía en este mundo secular, sin abandonar por ello su vocación específica – de amas de casa, padres de familia, solteros, viudos, ingenieros, médicos, abogados, políticos, etc. – nos enseña que debemos distanciarnos de todas aquellas cosas que nos impiden permanecer en la fidelidad del Señor, Cfr. Pbro. Fernando Armellini, Biblista.
Por lo tanto, debemos esforzarnos y hacer hasta lo imposible o lo inimaginable para testimoniar que somos hijos de la luz y del día sin ocaso. Y que como cristianos somos candela y nuestra misión es la de brillar.

sábado, 1 de febrero de 2014

“David dijo a Natán: ¡He pecado contra el Señor! Natán le respondió: El Señor ya ha perdonado tu pecado, no morirás”
2Samuel 12, 13.
2Samuel 12, 1-7a. 10-17; 50/51, 12-17; Marcos 4, 35-41.
Existe en nuestra cultura un adagio muy conocido: No hay peor ciego que el que no quiere ver. Pero ¿quién se atreverá abrirle el ojo al ciego y sin que por ello salga raspado? El dejar al hombre continuar con su ceguera es ¿cuestión de prudencia? O más bien ¿de miedo o cobardía? Y si nos proponemos abrirle los ojos ¿realizamos un acto de caridad y de justicia?¿será acaso un acto de amor a la verdad o será simplemente puro morbo? Pero ¿Por qué abrirle los ojos? ¿Por qué no se le deja como está? ¿Qué provecho sacamos de ello?
Lo cierto es, que la corrección fraterna tiene como propósitos bien definidos:
Salvar al hermano, no condenarlo, ayudándole a que recupere la conciencia, a que pueda responsabilizarse de sus actos para que pueda emprender con un nuevo brío los compromisos que se han generado de sus acciones.
Este primer aspecto de la corrección fraterna,  la toma de conciencia, no es cosa sencilla, es una cuestión totalmente delicada, que puede tocar fibras muy sensibles e incluso herir susceptibilidades provocando la gravedad de la situación.
 La narración que el profeta Natán cuenta al rey David tiene ese objetivo. Pero no es fábula nacida de la pura ocurrencia, tampoco se trata de palabras carentes de significados. La narración es clara, encierra en ella un alto contenido moral, es prácticamente una catequesis, no hay ambigüedades, engloba elementos necesarios que reclaman valores como la verdad, la justicia, la misericordia, la solidaridad, la propiedad privada, el respeto por la vida humana, entre otras. La narración no provoca discusiones acaloradas, pues se trata de subsanar y de restablecer la armonía perdida, por eso las cosas que se están diciendo se realizan con la elegancia y la sencillez de las palabras, con tolerancia y mucho respeto. En este punto debemos recordar que Natán está hablando con el Rey de Israel, por tanto, no puede olvidar por un instante quien tiene el sartén por el mango.

Existe un pasaje en las Sagradas Escrituras que nos brinda mucha luz al respecto. Se trata de un fragmento del profeta Ezequiel, el Señor Dios nos dice por su medio: «¿Acaso quiero yo la muerte del malvado...y no que se convierta de su conducta y que viva?», 18, 23. Estas palabras recuperan todo su significado por aquel otro pasaje del Nuevo Testamento que el Apóstol Juan nos refiere en su evangelio, cuando Jesús dice: «Yo vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia», 10, 10. ¡Oh, hermanos! La paciencia de Dios, el amor de Dios, la justicia de Dios, el perdón de Dios, el Kairos de Dios –el tiempo de Dios– son infinitos y totalmente inconmensurables.
Esto me da pie para decir, que en la corrección fraterna no se trata de culpar y sentenciar a muerte al hermano, se trata de amarle, de aceptarle con sus debilidades y errores, de curar, vendar y sanar sus heridas. Se trata de ayudarle a vivir bien. ¡Qué difícil y bella tarea tenemos! ¡Que el Señor nos ayude! Y que también nos perdone si por algún momento hemos dejado morir al prójimo.
 Pero no se trata de reconocer simplemente el hecho de que existen problemas, errores y equivocaciones, debilidades y fragilidades. No se trata de realizar una lectura sociológica o psicológica de las realidades temporales, se trata más bien de una lectura de fe, de una visión teológica. Se trata de mirar estas realidades desde una nueva perspectiva, aquella que introduce un límite al mal. Porque las puras leyes humanas no erradican el mal, y no toda ley humana garantiza el desarrollo integral del hombre. Existen leyes que incluso están en contra de la misma dignidad humana, son permisivas y alentadoras de la maldad.
La toma de conciencia que propongo es aquella que incluye en el proyecto de vida humana los designios divinos. Una vida con Dios, una vida impulsada por el amor y el perdón de Dios. Una vida que esté jalonada por la conversión del corazón del hombre a Dios. Puesto que es Él, el Único vencedor del imperio de la muerte, como bien señala el evangelio: «Él se levantó, increpó al viento y ordenó al lago: ¡Calla, enmudece! El viento cesó y sobrevino una gran calma», Marcos 4, 39.
Resarcir el daño.
Una vez que se ha recuperado la conciencia, y se reconoce con honestidad el mal que se ha hecho, el paso a seguir es buscar por todos los medios posibles y reales, el restablecimiento de la justicia, de la armonía, de la paz. Teniendo presente y aceptando con humildad que nada será igual, los hechos corresponden al pasado. Aquí es luminoso las palabras que Poncio Pilatos dijo a los sumos sacerdotes con motivo del letrero que había mandado colocar en la cruz de Jesús: «Lo escrito, escrito está», Juan 19, 22.
Recordemos, la naturaleza nos enseña, una herida requiere tiempo, paciencia, y la cicatriz será siempre el signo elocuente de que el pecado siempre destruye lo bueno que hay en el hombre. Por lo tanto, tenemos el presente y se nos abre el futuro. Vivamos el presente con fe, esperanza y amor. Aprendamos de nuestros errores y horrores, saquémosle provecho para ser cada día mejores. Vivamos con actitudes positivas y evitemos que el recuerdo nos amargen la existencia.
Reconciliación.
La justicia por si sola termina por condenar al hombre. Pero la justicia permeada por el amor de Dios y del prójimo salva al hombre. El objetivo más sublime de la toma de conciencia y el resarcimiento de los daños es el alcance de la reconciliación. Este punto, requiere tiempo, mucha fuerza de voluntad porque no se trata de olvidar el mal que hicieron, sino de vencerlo a fuerzas de bien, de ponerle un límite, de evitar que se propague y termine por consumir a todos. Ser conscientes de que el mal existe y que puede presentarse en diversos modos, por eso debemos estar siempre en alerta. Por desgracia, la maldad está emparentada con la fragilidad y debilidades humanas. Por eso no dejemos de buscar continuamente al Señor y especialmente en los momentos de más desolación, miedo y angustia, digámosle con fe: «Maestro, ¿no te importa que naufraguemos», Marcos 4, 38.
Integrarlo a la comunidad:
Si lográramos esto, en verdad habremos salvado al hermano y evitado la creación de un “terrible enemigo”, porque habremos re-vitalizado y res-tablecido la relación con Dios, con los hombres, con la naturaleza, pero sobretodas las cosas porque se habrá encontrado así mismo el hombre errante y pecador.
Si el profeta Natán dice de parte de Dios al rey David: «El Señor ya ha perdonado tu pecado, no morirás», 2Samuel 12, 13. ¿Quiénes somos para condenar al prójimo? Si la sentencia del Señor ha sido, es y siempre será favorable al hombre ¿por qué nos seguimos empeñando en no perdonar?