lunes, 17 de febrero de 2014

“Quien es inconstante e indeciso en su vida, no recibirá nada del Señor”
Santiago 1, 7-8.
Santiago 1, 1-11; Salmo 118/1 19, 67-68. 71-72. 75-76; Marcos 8, 11-13.
¿Con qué actitud me acerco a ti Jesús?¿Qué busco y por qué lo hago? ¿Necesito milagros para creer en Ti?¿Acaso no queda claro que donde hay fe en Ti hay milagros?
La señal más clara y distinta eres Tú. Pero un corazón arrogante que desea dictar lo que ha de creerse termina por estar ciego aunque vea. ¡Oh, si entendiéramos! Que la actitud que nos favorece en cada encuentro contigo es la sencillez y el asombro, sólo así estaríamos capacitados para ver maravillas.
Pues un corazón en total apertura está en posibilidad de ver mientras que uno incrédulo permanece ciego. Señor dame fe para creer en Ti. Que te busque con un corazón abierto para acoger no sólo tus designios sino la salvación que me ofreces. Perdóname por las veces que he deseado que te muestres con poder. Pero Tú actúas en un corazón que sabe esperar a pesar de todo. Que mi fe sea el signo de mi amor por Ti. En estos tiempos revueltos, de crueldad y de sufrimiento, que esta sea mi señal: saber esperar (Esperanza) y creer en Ti (Fe). Amén.

domingo, 16 de febrero de 2014

“Es infinita la sabiduría del Señor”
                                                                                                                                                                Eclesiástico 15, 18.
Eclesiástico 15, 16-21; Salmo (118), 1-2. 4-5. 17-18. 33-34; 1Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37.
En este domingo nos hemos reunido como antaño se reunieron la muchedumbre entorno a Jesús de Nazaret. Él está sentado en la falda del monte, ahí, en su cátedra, nos enseña, como en el pasado lo hizo Moisés en el monte Sinaí. Moisés entregó al pueblo los mandamientos que el “dedo” del Señor Dios había escrito en dos tablas de piedra. Ahora el nuevo Moisés, Jesús de Nazaret, nos ha entregado las Bienaventuranzas como camino de felicidad (Cfr. Mt 5, 1-12), nos ha dado una identidad y misión al llamarnos “sal luminosa” (Cfr. Mt 5, 13-16). Ahora nos dice que Él es el auténtico intérprete de la ley, el que le da su sentido pleno, el correcto, manifestando así cuál es la voluntad última del Padre. Jesús se revela como el legislador de la ley. Él nos dice: «No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud», v. 17. Jesús no desprecia ni rechaza la enseñanza que la sabiduría del Antiguo Testamento ofrece sino que se presenta más bien como quien la actualiza y la hace vigente a los hombres de hoy. Por lo cuál en la persona de Jesús, en su modo de vivir, en su estilo de vida podemos no sólo ver sino comprobar que es posible vivir los mandamientos de la ley de Dios, porque «quien ama no hace mal al prójimo, por eso el amor es el cumplimiento pleno de la ley», Romanos 13, 10. En ese sentido, Jesús no sólo cumple la ley porque vivió haciendo el bien sino que además enseña como hacerlo vida por eso es considerado el más grande en el Reino de los cielos, Cfr. 5, 19.
En la segunda lectura, san Pablo nos presenta a Jesús de Nazaret:
-          Como la sabiduría de Dios porque Él es Hijo de Dios, es la eterna palabra del Padre que se ha encarnado, en Jesús de Nazaret Dios ha dicho su última palabra, Cfr. 1Corintios 2, 7.
-          Como la sabiduría misteriosa porque siendo Dios vive como verdadero Hombre, su Humanidad esconde su Divinidad, Ibíd. De ahí, que si queremos encontrarnos con Dios hemos de transitar por el Camino de su Humanidad, dado que solo Él es quien puede conducirnos a la gloria del Eterno Padre, Cfr. Jn 14, 6.
-          Como el Hombre del Espíritu que conoce lo más profundo de Dios, 1Cor 2, 10. Por eso nos ayuda a comprender lo que la voluntad de su divina majestad ha expresado en los mandamientos.
No hemos de pasar por alto que los mandamientos de la ley de Dios tienen un “espíritu” que hemos de descubrir para comprender las palabras que san Pablo nos dice en la segunda lectura: «ningún ojo vio, ni oído oyó, ni mente humana concibió, lo que Dios ha preparado para los que lo aman», v. 9 indicando así que el verdadero sentido de la ley la encontramos en el amor.
Carísimos, les recuerdo que el amor genuino, verdadero, auténtico se da entre personas libres. Y como explica el libro del Eclesiástico: «El Señor creó al hombre al principio y le entregó el poder de elegir», 15, 14. El hombre es libre porque fue creado por Aquel que es la Libertad Absoluta, por eso se le dice: «Si tú lo quieres, puedes, guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya», v. 15. He aquí el drama de la libertad: el saber que no debemos elegir entre el bien y el mal, sino de lo bueno lo que es mejor. Pero cuando descubrimos que el hombre capaz de hacer daño, de hacer mal, entonces nos preguntamos: ¿qué ha sucedido? Respondemos: faltó el discernimiento adecuado, pues no se eligió el mal en sí sino la apariencia de bien que la cosa encerraba en sí misma. Y en este punto, es fundamental no olvidar que cada decisión y elección que el hombre realiza es también una decisión y elección sobre la vida y sobre la muerte. De ahí, que antes de actuar sea necesario pensar, porque el hombre está llamado a ser en todo momento y en cada circunstancia de su existencia el generador, el promotor, el custodio de la vida pues Dios «a ninguno le ha mandado ser impío y a ninguno le ha dado permiso de pecar», v. 21 pues como nos dice san Pablo «el salario del pecado es la muerte», Romanos 6, 23.
Dios desea que el hombre ejercite su señorío con responsabilidad, que administre correctamente los dones que le ha concedido con rectitud y sobretodo con un profundo respeto. Este señorío del hombre de someter la creación se extiende también a las relaciones con sus semejantes, consigo mismo y con Dios. Esta es la nueva actitud que Jesús reclama a todos sus discípulos: una actitud no de servilísmo sino de auténtico servicio; no una actitud de una persona que se siente y vive como esclavo sino como un ser que actúa siempre sin temor porque se ve libre; una actitud que ponga de manifiesto que realiza las cosas no por obligación sino por, con y en el amor; una actitud que diga que sus relaciones tienen como fundamento la amistad, la fraternidad, el amor.
Porque si el amor se coloca a la base de toda relación ya no tiene sentido la ley porque en ella habrá alcanzado su perfeccionamiento. Pero si el amor no está a la base de las relaciones interpersonales la ley le recuerda al hombre que está llamado a amar pues ha sido creado y engendrado por una comunidad Amante. El hombre debe reconocer que sólo amando es como alcanza su realización, su perfeccionamiento, su felicidad, pues en el amor el hombre siempre encontrará su motivación más profunda.

sábado, 15 de febrero de 2014

“Y pensó para sus adentros: Todavía puede volver el reino a la casa de David”
1Reyes 12, 26.
1Reyes 12, 26-32; 13, 33-34; Salmo 105/106, 6-7. 19-22; Marcos 8, 1-10.

Después de la separación de las diez tribus de Israel de la casa de David sucede el culto cismático. Los dos pilares del reino: la política y la religión. Jeroboán reconoce que el factor religioso juega un papel determinante en la consolidación del reino del norte que él encabeza. Jeroboán sabe que el templo de Jerusalén es el centro de unidad de la vida del pueblo israelita, su belleza, el arca de la alianza, las tablas de la ley, la presencia de Dios en la nube no son sólo valores o símbolos de la fe del pueblo sino también la sabia que les da identidad y que los impulsa a la prosperidad, al crecimiento y al desarrollo porque se saben bendecidos, escogidos entre todos los pueblos, es simplemente el orgullo nacional.
Y es precisamente en este punto de la identidad nacional donde se ve con mucha claridad que la lucha por la consolidación del reino del norte, no es ya una lucha en el plano político sino en el espiritual, no es una lucha contra los otros reinos es una lucha contra YHWH pues trastoca la fidelidad, la lealtad, la verdad, la gratitud, la adoración que es debida al Señor Dios.  Se trata entonces de un atentado contra la identidad nacional del pueblo, porque atentar contra la identidad es encaminarse hacia la desfiguración o descomposición de la personalidad, es transitar sin sentido alguno, es caminar sin rumbo. La senda por donde Jeroboán desea conducir a su pueblo es un asunto en verdad muy delicado.
Pero ¿qué podría contrarrestar esos valores que el Templo de Jerusalén evoca con su magnificencia? Es la pregunta que Jeroboán responde y lo hace apelando a otros valores:
-          Construyendo dos santuarios: Uno en Betel, que evoca la figura de Abrahán. Y el otro, en Dan, que representa la figura de los jueces.
-          Idolatría por los dos terneros de oros que fabricó aprovechándose de que al pueblo le gusta ver, tocar, oler, sentir, cosa que en el templo de Jerusalén jamás verán porque se realiza siempre un culto sin imágenes.
-          Institución de sacerdotes para el culto y el sacrificio, descartando a la tribu de Leví y tomándolos del pueblo.
-          Estableciendo una fiesta que propiciara las peregrinaciones a los nuevos templos que había construido y así evitar que su gente fuera a Jerusalén.
Todo la labor que realiza Jeroboán es para mantener el poder absoluto, el desea gobernar pero no servir, le importa un “bledo” si pone en riesgo la unidad y la identidad de su pueblo. Esto me hace pensar en el servicio que desempeñan los coordinadores de los diversos grupos de iglesia, de los papás en su familia, de los sacerdotes con el pueblo y con su obispo. De los trabajos pastorales, de los proyectos laborales, de las metas que la familia se propone durante el año, en fin en tantas cosas donde el ejercicio del poder es necesario pero la manera como se efectúa también.

viernes, 14 de febrero de 2014

“Lo he abandonado a la dureza de su corazón, siguendo sus propios proyectos”
Salmo 80/81, 13.
1Reyes 11, 29-32; 12, 19; Salmo 80/81, 9-10. 12-15; Marcos 7, 31-37.
El autor sagrado realiza una lectura de la situación política del pueblo israelita desde una perspectiva religiosa y presenta la separación de Israel de la casa de David como un castigo por la apostasía idolátrica de Salomón, Cfr. 1Reyes 12, 19.
La división acontece en tiempos de Roboán, hijo de Salomón que le sucedió en el trono después de haber reinado cuarenta años, Cfr. 1Reyes 11, 42. Durante su reinado la política exterior de Salomón consistió en las alianzas con los reinos circunvecinos, tratados de paz y de comercio basados en las alianzas matrimoniales. Pero para que Salomón pudiera pactar de esta manera su reino debería presentarse ante el mundo de su tiempo como un pueblo poderoso, cosa que era cierto, gracias a las incursiones  militares y al sometimiento de los pueblos vecinos a través de los impuestos que su padre David había realizado. Pero sometimiento significa sólo para el poderoso victoria no así para el que ha sido derrotado, pues implica disgusto, sufrimiento, dolor, gente resentida, inconforme y que espera detrás de las sombras una oportunidad para cobrar venganza. Y oportunidad siempre hay,  y para estos pueblos empezó a vislumbrarse con la muerte de David y de los grandes jefes militares del reino. Y en sus días Salomón tiene que lidiar con algunas rebeliones: con Hadad, el idumeo, de la estirpe real de Edom, con Rezón rey de Sobá y con Jeroboán funcionario de su reino que Dios eligió como jefe de diez tribus de Israel. Esa es la situación que tuvo que hacer frente también su hijo Roboán, Cfr. 1Reyes 11, 14-43.
Roboán pudo evitar la división si hubiera escuchado a los jefes de las tribus israelitas cuando le dijeron: «Tu padre nos impuso un yugo pesado. Aligera tú ahora la dura servidumbre a que nos sujetó tu padre y el pesado yugo que nos echó encima, y te serviremos», 1Reyes 12, 4. El rey pidió tiempo para tomar una decisión, consultó a los ancianos que habían estado al servicio de su padre, ellos le dijeron: «si hoy te comportas como servidor de este pueblo, poniéndote a su servicio, y le respondes con buenas palabras, serán servidores tuyos de por vida», v. 7. Pero el rey no quería servir sino gobernar, desechó el consejo de los ancianos y siguió el consejo de los jóvenes que se habían educado con él: «si mi padre los cargó con un yugo pesado, yo les aumentaré la carga; si mi padre los castigó con azotes, yo los castigaré con latigazos. De manera que el rey no hizo caso al pueblo. Viendo los israelitas que el rey no les hacía caso, le replicaron: ¿qué parte tenemos nosotros con David?¡No tenemos herencia común con el hijo de Jesé!¡A tus tiendas, Israel!», v. 14. 15. 16.
El drama del conflicto se sitúa, pues, en la desobediencia y en la incapacidad de no saber escuchar. Y Dios deja que el pueblo siga su propio curso, lo abandona a la dureza de su corazón y a sus propios proyectos. Si Dios castiga lo hace permitiendo que los desobedientes sigan sus propios caminos, beban las consecuencias de sus actos,  con la finalidad de que el hombre aprenda de sus errores y comprenda que sus mandatos los ha dado para evitar complicaciones, dolores y sufrimientos. El pecado divide internamente al hombre y termina por provocar también rupturas en las relaciones interpersonales y sociales, el pecado del hombre es totalmente permisivo.

jueves, 13 de febrero de 2014

“Sus mujeres le desviaron el corazón hacia otros dioses”
1Reyes 11, 4.
1Reyes 11, 4-13; Salmo 105/106, 3-4. 35-37. 40; Marcos 7, 24-30.
Nuestras debilidades –y también nuestras heridas más profundas– pueden hacer que abandonemos nuestros grandes proyectos, que boicoteemos nuestros sueños, que perdamos el rumbo y que traicionemos nuestros pactos.
Cuando las debilidades están muy acentuadas y arraigadas en la persona siempre causarán daños y no importa si dicha persona sea la más sabia del mundo, la más recta, la más buena, la más santa, su voluntad terminará por debilitarse a tal grado de llegar a realizar cosas que jamás había pensado, imaginado o ideado. Situaciones que posteriormente le causarán vergüenza, enojo, tristeza y sobretodo sentimientos de culpabilidad.
 Cuando no son atendidas correctamente las debilidades humanas llegan a convertirse en las amenazas que impiden levantar el vuelo hacia la prosperidad en el desarrollo personal y el progreso en otros aspectos de la vida humana. De nada sirven los bellos propósitos y los grandes proyectos cuando no se tiene la voluntad fortificada para realizarlo. Pues paradójico es el hecho que se quiera progresar en la virtud cuando es la misma persona quien lo impide. ¿Pero cómo se fortifica la voluntad?
Pero la verdad es que quizás se deba a lo que en física se conoce como la impenetrabilidad de los cuerpos, es decir, «a la resistencia que opone un cuerpo a que otro ocupe su lugar en el espacio; ningún cuerpo puede ocupar al mismo tiempo el lugar de otro». Esto me hace pensar entonces en la fuerza que pueda desplazar al cuerpo para su espacio pueda ser ocupado por otro. Una idea-fuerza es quien puede desplazar otra idea si la razón reconoce que conviene y quiere asumirla, eso lo deduzco por el hecho que el escritor sagrado dice: «pero Salomón no observó cuanto le había mandado el Señor», 1Reyes 11, 10, porque el Señor ya no tenía lugar en el corazón del rey israelita. Cuando la persona a quien decimos amar ya no ocupa nuestros pensamientos ni está incluida en los proyectos personales es signo de que algo anómalo esta pasando: ¿será que la costumbre ha hecho acto de presencia?¿Será porque otra persona ha aparecido en el horizonte?¿Se ha perdido el sentido y la ilusión?¿Qué será?

miércoles, 12 de febrero de 2014

“y quiso cerciorarse personalmente de su sabiduría”
1Reyes 10, 1.
1Reyes 10, 1-10; Salmo 36/37, 5-6. 30-31. 39-40; Marcos 7, 14-23.
El que busca encuentra, el que busca no lo hace sin sentido ni sin dirección, hay una pregunta sin respuesta que le impulsa a la investigación. La búsqueda es también conocimiento, es verdad, es hecho concreto, es descubrimiento, es plenitud, es cambio, es enriquecimiento, es un proceso que ha iniciado con nuestra existencia y terminará sólo con la muerte. Si la búsqueda implica todas aquellas cosas que hemos enumerado anteriormente, significa entonces, que el buscador no será jamás el mismo aunque se trate de la misma persona, pues el hombre continuamente se está haciendo, y en sí mismo lleva el deseo de perfección y realización, dos ideas pilares que jalonan su existencia a ser siempre más y mejor.
Pero hay algo que acapara mi atención y es el hecho de la actitud que asume el buscador ante el hallazgo, ante el descubrimiento, ante esa verdad que ha encontrado. Porque el problema no está en el hecho de saber la verdad sino que hacer con la verdad que se ha revelado: la aceptamos o la rechazamos; la seguimos y le prestamos obediencia o simplemente la colocamos en un escalafón y la abandonamos en una estantería de biblioteca. Así por ejemplo, ¿de qué le serviría a un individuo saber que su padre murió de diabetes si su sobrepeso hoy no le hace emprender un vía de prevención y cuidado de su salud? Lo cierto es que nos cuesta mucho esfuerzo no sólo aceptar la verdad sino obedecerla, seguirla, ser fan de ella; como dice san Pablo, se cambia la verdad por la mentira, por la falsedad, por la negación, por la indiferencia; pero detrás de estas actitudes se encuentra un espíritu egoísta que busca por todos los medios sobreponerse silenciando la verdad, Cfr. Romanos 1, 25. Pero como diría santa Teresa de Ávila: «la verdad padece, mas no perece», Carta 283, 26. Y a pesar de todo, la verdad siempre nos alcanzará y nos rebasará de un modo u otro.
De ahí, que sea importante la actitud de quien honestamente busca la verdad. ¡Interesante! La reina de Sabá nos da ejemplo de actitud ante la verdad. Su búsqueda la hizo desplazarse no sólo métricamente hablando sino incluso de categorías de pensamiento: dejó atrás la duda, el rumor, lo que oyó decir de Salomón. Ella misma quiso cerciorarse personalmente de su sabiduría, Cfr. 1Reyes 10, 1 y una vez que comprobó que era cierto su actitud fue positiva. Reconoce que la relación sabiduría-prosperidad van de la mano, porque si el pueblo goza de paz y seguridad –frutos sin duda alguna de la implementación de una administración de política justa– el desarrollo es posible, el florecimiento de tantas cosas no es una ilusión sino realidad que se ve embellecida, enriquecida con los talentos que cada uno es capaz de colocar al servicio del bien común. Y por la administración de una política justa, la reina de Sabá, reconoce que la sabiduría de Salomón es un don de YHWH, al que alaba y bendice. En ese sentido, es bello reconocer que la verdad sobre “el hecho Salomón” la condujo al encuentro de la Sabiduría Infinita, Dios.

martes, 11 de febrero de 2014

“Escucha y perdona”
1Re 8, 30.
1Reyes 8, 22-23. 27-30;  Salmo 83/84, 3-5. 10-11; Marcos 7, 1-13.

En estos tiempos donde la información se ha enrolado en una carrera vertiginosa, saber escuchar resulta ser todo un arte pues requiere tiempo, espacio, paciencia, atención, dedicación, comprensión, calidez humana, etc. Y el tiempo es oro, así que saber escuchar se ha convertido también en una manera de generar dinero. Pero ante todo saber escuchar es saber redimir, sacar del anonimato evitando la marginación o la exclusión de aquellos que necesitan ser comprendidos y ayudados, por lo tanto, saber escuchar es también un acto de solidaridad con el prójimo y por ende es poner en marcha la ayuda humanitaria que tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo esperan y necesitan.
El rey Salomón al ver que Dios que entra en comunicación con el hombre, que cumple sus palabras, y que sobretodo hace acto de presencia por medio de una nube, queda maravillado, su corazón rebosa de jubilo y en su oración reconoce algunos atributos del Señor, convirtiéndose su plegaria en una profesión de fe:  la existencia de un sólo Dios, la fidelidad de Dios, la misericordia de Dios, la grandeza de Dios y lo inabarcable que resulta su presencia, Cfr. 1Reyes 8, 23. 27.
La oración de Salomón deja entre ver la necesidad de ser escuchado, redimido, comprendido, pues en seis ocasiones evoca la urgencia de que las súplicas se han acogidas por este Dios que se ha manifestado misericordioso, el rey dice: «atenderás a la oración de tu siervo y a su plegaria», «oirás el clamor y la oración que tu siervo hace hoy delante de ti», «escucha la oración que tu siervo te dirige en este sitio», «oye pues...la súplica de este siervo tuyo y de tu pueblo Israel», «escúchanos desde el cielo» y «escúchanos y perdónanos», vv. 28-30.
Lo interesante es que en realidad Dios cumple lo que el corazón de Salomón le ha pedido: que el Templo se convierta no sólo en un espacio sagrado sino el lugar privilegiado donde el hombre y Dios se encuentren, lugar de oración, es decir, lugar íntimo donde los corazones amantes y palpitantes se fundan. Salomón reconoce que a Dios se le puede invocar desde cualquier lugar pues está en todas partes. Pero así como los esposos exigen casa propia, el arte de saber hablar y escuchar exigen su lugar propio y que mejor que el templo. Decíamos que Dios cumple sus promesas y jamás pasó por la cabeza del rey, que el mismo Señor Dios se construiría su propia casa, su propia tienda del encuentro, su propia morada en donde habitar por siempre, su propio templo donde quiere ser adorado, alabado, amado: Jesús de Nazaret, pues de Él está escrito: «La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros», Juan 1, 14.