viernes, 7 de marzo de 2014

“Lo adulaban con la boca, le mentían con la lengua; su corazón no fue leal con Él”
Salmo 77/78, 36-37.
Isaías 58, 1-9a; Salmo 50/51, 3-6. 18-19; Mateo 9, 14-15.
El miércoles de ceniza nos decía el Señor Nuestro Dios por el ministerio del profeta Joel: «Toquen la trompeta en Sión, proclamen un ayuno», 2, 15. Y la esposa de Jesucristo, la Iglesia Madre, hizo caso a su Señor y Dios, y ha exhortado a sus hijos para que aprovechen este tiempo de gracia que Dios concede como tiempo favorable de salvación y restauración. Y esta misma idea hoy resuena cándidamente en la primera lectura, ya no es Joel pero sigue siendo el ministerio profético quien continúa con su labor en Isaías, pues dice: «Grita con fuerte voz, no te contengas, alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados», 58, 1. En este envío, tiene su raíz la misión del profeta, la cual deberá desempeñar con autenticidad y mansedumbre
Con autenticidad  porque el profeta se sabe enviado, el ejercicio de su ministerio está ligado a la escucha de la Palabra que Dios mismo en Persona le revela y le da a conocer. La tarea ardua del profeta es la de hacer volver al Señor los corazones de los hombres y para ello es necesario que todo hombre viva el proceso de purificación, de rompimiento de categorías de pensamiento y de diversos estilos de vida, que comúnmente están en oposición a una vida en consonancia con Dios. Este proceso de purificación es lo que llamamos conversión.
No sería una persona auténtica el profeta si por una parte él se guardase para sí todo aquello que el Señor le ha pedido que diga, su servicio estaría corrompido porque guardaría silencio cuando debería hablar. Y no se trata de hablar por hablar, se trata más bien de comunicar palabras que permitan la toma de conciencia, que hagan despertar de la modorra espiritual, palabras generadoras de vida, y eso sólo será posible si comunica la Buena Noticia de parte de Dios. Pero tampoco sería auténtico su servicio si no se dejase interpelar por las palabras del Señor, si a dichas palabras no le añade el encanto de las buenas obras, es decir, su predicación ha de ser con la congruencia de su vida porque de lo contrario todo se reduciría a campana que resuena, Cfr. 1Corintios 13, 1.
Con mansedumbre, porque aunque está llamado a denunciar la mentira, la corrupción, las injusticias, los robos y asesinatos, adulterios y cualquier tipo de pecados no lo ha de hacer como “justo juez”, porque no lo es, además que él mismo se percibe débil, frágil y miserable. Y es esta condición la que le hace descubrir que necesita también de la piedad, de la misericordia y del perdón de Dios. El profeta en este sentido no encuentra su gozo y dicha en la denuncia de los pecados del pueblo, no se deleita en meter el dedo en la herida y la llaga. ¡No! De ninguna manera. El señala lo que no está bien e indica al mismo tiempo el camino recto con el testimonio de su propia vida.
Ahora bien, si el pueblo se pregunta: «¿Para qué ayunar, si no haces caso? ¿Mortificarnos, si tú no te fijas?», Isaías 58, 3 lo dicen porque no ven respuesta alguna de parte de Dios, pero fijémonos bien y nos daremos cuenta el motivo por el cual los sacrificios penitenciales del pueblo no tienen fruto y son ritos estériles. Y para ello, nos es muy provechoso lo que el Salmista dice: «Un sacrificio no te satisface, si te ofreciera un holocausto, no lo aceptaría», 50/51, 18 ¿Por qué dice esto? Porque de nada serviría dejar de comer, colocarse una piedra en el zapato, ir de rodillas al Santuario de la Virgen si todo eso no manifiesta un rompimiento con la situación de pecado en la que uno se encuentra. Es más fácil ayunar que dejar de pecar y de cometer acciones injustas, por eso inmediatamente después el Salmista agrega: « El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado, un corazón arrepentido y humillado, Oh Dios, no lo desprecias», v. 19. Si Dios se “ha vuelto sordo y no escuha” como dice el pueblo es a razón de sus actitudes, las cuales no eran honestas ni rectas, pues por un lado levantan las manos al Señor pero su corazón seguían anclado en la senda de la maldad como bien señala Isaías: «ayunan entre peleas y disputas, dando puñetazos sin piedad», 58, 4.

Entonces descubrimos que todo acto de piedad es un medio, una oportunidad para que el hombre se fragüe y se constituya una nueva personalidad, ha sido dado para que todo hombre sea cada día más humano y eso será cuando sus obras sean buenas. Es también, el medio idóneo para el cambio de actitudes, de actitudes negativas a actitudes positivas que perfeccionen al hombre en su itinerario espiritual, es pues para hacer del hombre una persona muy virtuosa.

jueves, 6 de marzo de 2014

“Mira: hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha”
Deuteronomio 30, 15.
Deuteronomio 30, 15-20; Salmo 1, 1-4. 6; Lucas 9, 22-25.
De los dos caminos que Dios pone delante del hombre para que ejercitándose en la libertad escoja lo que más le conviene, el hombre decide tomar los dos caminos, evidenciándose así la fisura que lleva en su interior, producto del egoísmo, pecado que lo reclama todo como propio. Y en su pretensión de recorrer al mismo tiempo el camino de la vida y de la muerte, de la felicidad y la desdicha, del bien y del mal el hombre ha derrochado sus energías, por eso, le vemos débil, inconstante, incoherente, tibio y mediocre. De ahí, la propuesta de Jesús, a la renuncia de aquello que impida seguir el camino de la Cruz.
Jesús nos propone el camino de la Cruz como el gran ideal, la idea-fuerza que jalone la existencia, para que convencidos canalicemos todas nuestros esfuerzos a la consecución de aquello que la Cruz de Cristo ofrece: la vida eterna, pues está escrito: «quien pierda su vida por mí la salvará», Lucas 9, 25. A vuelo de pájaro, uno puede constatar que la Cruz significa pasión, dolor, humillación, desprecio y muerte, pero si nos fijamos detenidamente veremos que no es así, con Jesús el madero de la muerte se convirtió en árbol de la Vida, el camino de la cruz es un camino misterioso pero contemporáneamente un camino donde el amor de Dios se ha manifestado como luz de medio día.
Pero elegir siempre la vida no es sencillo, es complicado y hasta complejo en un mundo que se opone rotundamente a ella de diversas formas: el aborto, el asesinato, el adulterio, el robo, la inseguridad, etc., las cuales manifiestan muy claramente un atentado contra la vida, porque cuando uno dice sí a la vida debe evitar de no caer en parcialidades.
Entonces, descubrimos que quien dice que sirve y sigue al Señor debe estar a favor de la vida, porque Jesús es el Señor y el Dios de la vida, pues dice de sí mismo:«Yo soy...la vida», Juan 14, 6. De ahí, que nos diga: «El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame», Lucas 9, 23. Negarse a toda actitud que envenene el corazón del prójimo, que le amargue su existencia y le haga perder lo bello y hermoso de la vida, eso es amar la vida. Negarse de seguir el propio camino sin Jesús y sin Cruz eso es amar la vida. Negarse a servir el camino del placer y el sendero ancho y empedrado que el mundo ofrece también eso es amar la vida. Negarse a las posesiones de bienes materiales y el consumismo como pilares de la felicidad es sin duda alguna amar la vida. En cambio, amar la sobriedad como estilo de vida, la humildad, la sencillez, el sacrificio y el dolor es amar la vida propiamente como Jesús lo hizo.

miércoles, 5 de marzo de 2014

“Miren, éste es el tiempo favorable, éste el día de la Salvación”
2Corintios 6, 2b.
Joel 2, 12-18; Salmo 50/51, 3-6. 12-14. 17; Mateo 6, 1-6. 16-18.
Hoy es el tiempo favorable para que cada uno se deje salvar por Dios, éste día y no otro. Aunque la cuaresma sea un tiempo de preparación para vivir la pascua del Señor y dure cuarenta días, en realidad, no tenemos tantos días más que el presente, que se abre como oportunidad para el cambio, porque mañana quien sabe si viviremos, por eso nos dice el Apóstol: «Miren, éste es el tiempo favorable, éste el día de la Salvación», 2Corintios 6, 2b.
La Salvación es un acontecimiento real, no hay que esperarla como algo que todavía no ha llegado, pues se nos dice éste es el día de Salvación, es el mismo Señor quien la actualiza continuamente, lo hace verídico en el corazón del hombre que se deja amar por Él. Y este amor de Dios se ha concretizado en la Persona de su Hijo Amado, Dios ha apostado a favor del hombre y no se retracta, permanece fiel. Y es este Hijo del Padre quien le confirió a su Iglesia el poder y los medios necesarios para que la Salvación llegue a todos de manera gratuita. Así que la Iglesia es la embajadora de Cristo porque hace presente la buena relación, el pacto de solidaridad que Dios ha establecido con su pueblo. Y en la Iglesia, algunos hermanos en Cristo han sido elegidos y facultados para ejercer esa función de embajadores de Cristo: «Somos embajadores de Cristo, y por nuestro medio, es como si Dios mismo los exhortara a ustedes» 2Corintios 5, 20. Por eso hoy en la Iglesia se ha dado la señal de alarma: se ha tocado la trompeta en Sión, Cfr. Joel 2, 15: «Déjense reconciliar con Dios», 2Corintios 5, 20.
Y para que esta reconciliación se dé, es necesario reconocer nuestros pecados, pues no puede existir reconciliación sino se asume como es debido las faltas cometidas y se pide perdón por ellas, esforzándose por cumplir el propósito de enmienda, es decir, no volver a cometerlas. Para eso, ha dejado Dios a sus embajadores, para el ejercicio del ministerio de la reconciliación.
El profeta Joel nos exhorta y nos propone el proceso de la reconciliación: «Conviértanse...de todo corazón, con ayuno, con llanto, con luto» 2, 12:
1.       Convertirse es cambiar de ruta, de dirección, es romper con formas de pensamientos y de estilos de vida que se oponen a una vida en Dios. Es adentrarse en uno mismo con la misión de hacer limpieza en casa. Se trata de purificar el corazón, de restaurarlo.
2.       Con Ayuno, antes de pensar en dejar de comer hay que pensar en moderar nuestros deseos: hay que dejar de comer prójimo en nuestras conversaciones, hay que ayunar de los egoísmos, de las envidias y rencores, etc. Hay que ayunar de hacer el mal.
Ahora bien, si se nos pide ayunar es para que compartamos, para que nos ejercitemos en la fraternidad y en la solidaridad. Ayunar significa reconocer que muchas cosas que el mundo nos ofrece no son artículos de primera necesidad y se puede vivir sin ellas. Porque un corazón que se despoja de todo lo superfluo tiene la posibilidad de llenarse de lo que verdaderamente nutre. Si ayunar es desintoxicarse y por eso es saludable y conveniente para el cuerpo, hagamos lo necesario para arrancar de raíz todos los afectos desordenados que nos hacen caminar pesadamente, en una vida de miseria y de pecado, en una vida sin Dios.
3.       Con llanto, es decir, la conversión tiene su punto de origen en el corazón, el llanto sólo expresa el dolor y el sentimiento. Uno puede ver las lágrimas y congojas, pero es el individuo quien experimenta en su ser el cambio, el desequilibrio, y revela al mismo tiempo sinceridad y honestidad.
Pero aquí, es importante señalar que el llanto que produce el arrepentimiento es completamente diferente  a las lágrimas de cocodrilo. Porque no hemos de pasar por alto que es Dios quien en realidad constata la sencillez del corazón y quien conoce si el individuo no ha echado en saco roto el perdón que le ofrece, pues está escrito: «Y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará», Mateo 6, 4. 6. 18.
4.       Con luto, con ello se da a entender que hay algo en el interior del hombre que debe morir: su orgullo o soberbia, su ira, su lujuria, su envidia, su gula, su pereza y su avaricia.
Eso es lo que significa también la imposición de ceniza, signo de caducidad y de muerte, signo de cambio y de arrepentimiento. Pero se vuelve un gesto innecesario tomarlo cuando no se tiene la convicción de cambiar de actitud, de esforzarse por ser mejor persona, mejor cristiano, mejor ciudadano. Ni es pecado sino lo recibes, ni siquiera es necesario para la Salvación, por eso nos dice el profeta Joel: «rasguen los corazones y no los vestidos» 2, 13 para indicar que la practica de piedad –el ayuno, la limosna, la oración–, pierde su sentido auténtico sino no soy mejor hijo, hermano, padre, madre, amigo, etc., todo se reduciría a show y pantomima pseudocristiana.

martes, 4 de marzo de 2014

“Como hijos obedientes, no vivan conforme a las pasiones que tenían antes, en el tiempo de su ignorancia”
1Pedro 1, 14.
1Pedro 1, 10-16; Salmo 97/98, 1-4; Marcos 10, 28-31.
La vida del cristiano es la vida del sano equilibrio, pues «si se exagera la inclinación a comer, se cae en la gula. Si se exagera la inclinación a descansar, se cae en la pereza. Si se exagera el amor a sí mismo, se cae en el orgullo y el narcisismo. Si se exagera el apego a un grupo religioso o el interés por un partido político, se cae en el fanatismo», Mauro Rodríguez Estrada.
Detrás de la pasión se esconden siempre las inclinaciones, las emociones, los instintos y las necesidades intensas, preponderante y exclusiva. La pasión hace vivir acelerada y desiquilibradamente a la persona. Quien se deja dominar por la pasión vive a merced de ella, todos sus pensamientos, sentimientos y actos están concentrados a la consecución de lo que desea poseer afanosamente y cuando no lo consigue se vive frustrado y desilusionado; se termina por perder el sentido de la propia vida y el espíritu de la muerte ronda muy cerca: el corazón se empieza a llenar de resentimiento, amargura, envidia, odio, etc.
Y sin embargo, nada grande se ha hecho en el mundo sin una pasión, de ahí, que sea necesario discernir para canalizar o potencializar las “energías” que envuelven los pensamientos, las emociones y acciones de la persona. Detrás de una pasión puede esconderse también bondad  o malicia, la primera se potencializa y se pone al servicio de la humanidad, mientras que a la segunda se canaliza porque no sólo dañaría a terceros sino al mismo sujeto que padece las inclinaciones intensas. Por eso nos dice el Apóstol Pedro en su carta: «tengan listo su espíritu, vivan sobriamente y confiadamente» 1Pedro 1, 13.

lunes, 3 de marzo de 2014

“Alégrense, aunque por el momento tengan que soportar pruebas diversas”
1Pedro 1, 6.
1Pedro 1, 3-9; Salmo 110/111, 1-2. 5-6. 9-10; Marcos 10, 17-27.
Alegría en el dolor y en situaciones límites parece petición absurda y hasta irrazonable lo que se espera del cristiano. Pero lo cierto es, que hay una motivación poderosa para llegar incluso a deponer la propia vida con tal de testimoniar la fe en Jesucristo: La completa convicción de saberse elegidos, amados, salvados, resucitados, insertados en una vida nueva, en una esperanza viva que no puede destruirse, ni marchitarse, reservada para todos los fieles al Evangelio. Esa es no sólo la idea-fuerza que jalona la vida cristiana sino la certidumbre que brota del amor del que tiene fe:«Ustedes lo aman sin haberlo visto y creyendo en él sin verlo todavía, se alegran con gozo indecible y glorioso», 1Pedro 1, 8. El auténtico cristiano está inundado del Espíritu Santo y se siente dichoso porque cree sin ver, Cfr. Juan 20, 29 aun en los momentos más doloroso de su propia existencia simplemente porque ama Cristo, pues está escrito:«Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni extinguirlo los ríos», Cantar de los cantares 8, 7.

domingo, 2 de marzo de 2014

“Confía siempre en [Dios], pueblo mío, y desahoga tu corazón en su presencia”
Salmo 61/62, 9.
Isaías 49, 14-15; Salmo 61/62, 2-3. 6-9; 1Corintios 4, 1-5; Mateo 6, 24-34.
«Confía siempre en [Dios], pueblo mío, y desahoga tu corazón en su presencia», Salmo (61), 9. Nos exhorta el Salmista, exhortación que brota no de una idea sino de una rica experiencia. Por eso hace de su oración un cántico, porque ha encontrado en YHWH la protección, el auxilio, la solución a lo que le afligía y le sumergía en profunda desesperación y temor. Buscó ayuda y la encontró en YHWH. Había perdido la paz, la tranquilidad, la quietud, el equilibrio y en YHWH encontró el bien anhelado (Cfr. v. 2), ahora se siente seguro pues afirma «ya nada me inquietará», v. 3. Se siente con entera «firmeza», v. 6, salvado, porque YHWH es para él «roca firme» y «refugio» seguro. Por más que las olas impetuosas del mar de la vida amenacen y pongan en peligro su vida, YHWH está más que dispuesto a intervenir en cada situación y momento de su vida.
Pero hay una actitud que no hemos de pasar por alto y que el Salmista quiere que hagamos propia, él nos dice: «desahoga tu corazón en su presencia», v. 9. Y Jesús nos enseña en el evangelio: «el Padre Celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad», Mateo 6, 32. Esta expresión de Jesús unida a la del Salmista nos sugiere lo siguiente: Dios no es indiferente a tus necesidades, pues como afirma las Sagradas Escrituras: Dios conoce «los pensamientos e intenciones del corazón» humano, Hebreos 4, 12. Por tanto, Dios siempre desea ayudarte y bendecirte, pero no olvides que nuestro Padre Celestial es un Dios muy respetuoso, jamás va intervenir en tu vida sin tu consentimiento. Él te hizo libre, por eso esperará hasta que le invoques con la confianza de un hijo. En ese sentido, el Salmista y Jesús nos enseñan que Dios es un Padre al que podemos acudir en cada momento de nuestra existencia y siempre obtendremos la ayuda adecuada y necesaria, pues está escrito: «Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá, porque quien pide recibe, quien busca encuentra, a quien llama se le abre», Lucas 11, 9-10. Pero aquí mismo hay que tener presente que Dios nos concederá aquello que más nos conviene en el aquí y en el ahora, pero sin que se oponga a nuestra salvación, el Señor siempre nos dará «cosas buenas», Mateo 7, 11. Entonces la actitud que el Salmista y Jesús nos enseñan este domingo es la de confiar plenamente en Dios, es decir, tener fe en Dios aun cuando sintamos de parte de Él un silencio abrumador, aunque veamos sólo espesos nubarrones y no comprendamos del todo su forma de enseñar, de cuidar y amar.
Cuando nuestro cielo se cubren de espesos nubarrones nos es más difícil descubrir el amor de Dios, el sufrimiento, el dolor, la enfermedad, la falta de una trabajo digno, estable y bien remunerado, los diversos problemas morales y espirituales nos hacen sucumbir. Y es cuando esa expresión del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura se hace realidad: «El Señor me ha abandonado, el Señor me tiene en el olvido», 49, 14. Esta expresión es el gemido del pueblo israelita que vive en el extranjero, como esclavo, es también el desvarío de la persona que está en medio de la tormenta. Pero el profeta nos dice que esto no es verdad, el Señor nos ama con un amor eterno, inconmovible: «¿Puede acaso una madre olvidarse de su criatura hasta dejar de enternecerse por el hijo de sus entrañas? Aunque hubiera una madre que se olvidará, yo nunca me olvidaré de ti, dice el Señor todopoderoso», v. 15. ¿Cómo entender entonces ese silencio departe de Dios en la hora de la angustia? Como una presencia pedagógica. Por tanto, estamos llamados a descubrir y de discernir ¿cómo es que llegamos a tal situación?¿Cuál fue la causa que la originó? Porque nada sucede fortuitamente. El silencio de Dios es aprendizaje. El pueblo de Israel estaba en el exilio no porque Dios los hubiese abandonado o rechazado sino porque decidieron construir su proyecto personal de vida sin Dios, su pecado los hizo vivir como esclavos. En ocasiones tenemos que pasar por estas situaciones para comprender que no somos más que hombres, débiles, frágiles, seres necesitados de salvación. Porque el hombre jamás alcanzará su realización y felicidad si prescinde del Dios que le ha dado la existencia.
De todo lo que hemos venido diciendo concluimos que Dios se nos revela entonces como un Padre providente. Pero la “Providencia divina” hemos de entenderlo como la certeza de que el plan salvífico de Dios se desarrolla en la historia de la humanidad. Él continúa teniendo los hilos de la historia en sus manos y lo conduce hacia sí. Pero la providencia divina no hay que confundirla con apatía o confianza excesiva que induzca a la inactividad. Sino que dentro de esa conducción que Dios hace de la historia, el hombre está llamado a desplegar toda la potencialidad de su ser para encauzar todas las realidades temporales a la voluntad de Dios. De ahí que la clave de lectura del evangelio de este domingo no está en las riquezas, porque ellas no son el problema: «Lo que está allí en tela de juicio es nuestra actitud y nuestras acciones con respecto a los bienes materiales», Carlos Soltero, S. J. Por eso, enseña Jesús: «busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán como añadidura», Mateo 6, 33. Cuando el afán del dinero se nos presenta como un obstáculo para encontrarnos con Dios, sucede lo que explica san Pablo en la segunda lectura: quedan «al descubierto las intenciones del corazón», 1 Cor 4, 5. Si por tener un poco más me olvido del Señor quizás a quien estoy sirviendo no es a Dios ni tampoco a los hermanos sino al dinero, pues:
-          Hay padres de familia que con el afán de buscar una estabilidad económica se olvidan de convivir y de dialogar con la esposa y los hijos.
-          San Pablo dice: «lo que se busca en un administrador es que sea fiel» 1Corintios 4, 2. El sacerdote puede caer en la tentación y buscar incansablemente el dinero, olvidándose de su condición de pastor y de profeta. Y los cristianos que tienen a su cargo la administración de bienes ajenos pueden cometer abuso de confianza jineteando el dinero para intereses personales y para enriquecimiento ilícito.
«Las hormigas almacenan no para acumular, sino porque son organizadas y saben que tienen que prever temporadas en que pueden faltar el alimento. Esto significa que debemos trabajar, pero confiados en la Providencia de nuestro Padre. No hay que estar esperando que Él nos traiga todo a casa, y nos lo dé peladito y en la boca, pues los flojos no tienen derecho ni a comer, sino a salir a trabajar y a buscar, como las aves, que temprano se levantan, elevan sus cantos al Creador y vuelan por todas partes buscando el alimento para sí y para sus polluelos», Mons. Felipe Arizmendi.

sábado, 1 de marzo de 2014

“Mucho puede la oración fervorosa del justo”
Santiago 5, 16.
Santiago 5, 13-20; Salmo 140/141, 1-3. 8; Marcos 10, 13-16.
El hombre, en cada momento de su existencia está llamado a la oración, por eso nos dice Santiago «si alguno de ustedes sufre que ore» como indicando que es provechoso intensificar la oración en situaciones donde el sufrimiento se hace presente, ya sea por enfermedad, por problemas morales o espirituales; pero también hay que orar en aquellos días felices, de alegría, donde todo transcurre armoniosamente, pues agrega: «si está contento que cante alabanzas», Santiago 5, 13. La alabanza al Señor es por tanto un modo muy particular de la oración, así lo enseña la Escritura: «Entre ustedes entonen salmos, himnos y cantos inspirados, cantando y celebrando al Señor de todo corazón, dando gracias siempre y por cualquier motivo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo», Efesios 5, 19. De ahí, que cantar al Señor es también orar y san Agustín así nos lo ha enseñado al comentar el Salmo 72/73: «El que canta ora dos veces».
La oración es pues el encuentro íntimo de corazones palpitantes, de corazones amantes, es diálogo filial, fraterno, de amistad. La oración es además el derramamiento del corazón ante el gran Consolador, Sanador y Restaurador que es Dios. La oración es oxigenación de la fe y nutrimento de la esperanza, es generadora de consuelo y paz.
Y cuando uno ora a solas no lo hace nunca solo. El cristiano por su bautismo forma parte de la Iglesia que es el cuerpo místico de Cristo. La Cabeza (Cristo) siempre está unido a su cuerpo (Iglesia), por tanto, el cristiano ora junto a Cristo en unidad del Espíritu Santo y su plegaria es dirigida siempre al Padre. Así que, la oración personal evoca ya el sentido comunitario y de pertenencia a la gran familia de Dios: la comunidad eclesial. De ahí, que Santiago nos diga: «Si uno de ustedes cae enfermo que llame a los ancianos de la comunidad para que recen por él y lo unjan con aceite invocando el nombre del Señor» 5, 14. El óleo es útil para darle brillo al cuerpo y al ser “derramado” por el sacerdote significa que Cristo toma sobre sí la debilidad del cuerpo, abraza y sostiene al enfermo con su cuerpo y con su sangre, sanándole internamente a través del perdón de sus pecados. Por eso, en la unción de los enfermos la oración, el sacramento de la reconciliación y la Eucaristía están estrechamente unidos, por eso se nos dice: «La oración hecha con fe sanará al enfermo y el Señor lo hará levantarse; y si ha cometido pecados, se le perdonarán», v. 15.
El cuidado pastoral de los enfermos es sin duda alguna una de las obras de misericordia más bellas que el cristiano tiene a su alcance para ejercitarse a sabiendas que al tratar al enfermo el cristiano se encuentra con Cristo sufriente, Cfr. Mateo 25, 40. Pero el cuidado pastoral de los enfermos no se reduce simplemente al que está postrado en cama, o aquel que padece alguna enfermedad crónica y aún camina sino que su extensión abarca también a todos aquellos que andan extraviados, lejos del Señor, y es a ellos a quienes debemos ayudarles a volver al buen Camino, y la oración de intercesión, los sacrificios y demás actos de piedad juega en este sentido un papel importantísimo para acelerar la conversión del prójimo. Y existe para esta acción caritativa una gran recompensa: «el que convierte al pecador del mal camino salvará su vida de la muerte y obtendrá el perdón de una multitud de pecados», Santiago 5, 20.