lunes, 30 de noviembre de 2015

“Necesitamos creer con el corazón para declarar con la boca que Jesús es el Señor”
Cfr. Romanos 10, 9.
Romanos 10, 9-18; Salmo 18/19, 2-5; Mateo 4, 18-22.

El día de ayer iniciamos el tiempo de Adviento, no cantamos el gloria y hoy con la festividad de san Andrés Apóstol lo hemos hecho, para resaltar lo que nos dijo el Apóstol Pablo en la primera lectura: «Ninguno que crea en él quedará defraudado», Romanos 10, 11.
La sangre derramada de san Andrés por predicar el nombre de Cristo no quedó sin recompensa alguna. Él supo en quien puso su confianza ¿Y nosotros lo sabemos?
Pero ¿cómo puede esta festividad ayudarnos a vivir este tiempo litúrgico de adviento? Y descubro con asombro que este tiempo de adviento es una bella oportunidad para ejercitarnos en la hospitalidad, es un tiempo para abrir la mente, la memoria para hospedar esa palabra viva que es la palabra de Dios. Pues solamente si la palabra encuentra hospedaje en nuestra razón es posible que se encarne en nuestro corazón y produzca frutos de buenas obras. Y la fiesta de hoy nos enseña cómo hospedar la palabra de Dios en nuestras vidas.
El ajetreo ordinario de la vida no le impidió al apóstol Andrés escuchar la voz de Dios. El trabajo no es un obstáculo para estar abiertos a relaciones profundas y duraderas. Es uno quien le da al trabajo la primacía sobre las relaciones. Y sobre todo las relaciones que enriquecen y cambian la vida. San Andrés llevaba una buena relación con su hermano Pedro pues el texto del evangelio que estamos meditando sugiere que trabajaban juntos. Y el apóstol san Juan nos dice que Andrés era discípulo de Juan Bautista, y a éste le oyó decir e indicar que Jesús era: «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo», 1, 30. Y a partir de ahí siguió a Jesús y le preguntó dónde vivía y se pasó con él aquella tarde, v. 40. Constatamos pues que Andrés era un buscador de buenas y sanas relaciones.
Y nos queda muy claro que Dios habla allí donde uno por lo regular siempre se encuentra. El de la iniciativa es Dios. Pero Dios camina donde el hombre se encuentra y entra en relación, Dios habla hoy, y te habla por medio del llamado que le hizo a san Andrés. Habla allí donde también trabajas, así lo señala la Escritura: «estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores», Mateo 4, 18. Sólo hay que estar atentos y no dejar pasar la oportunidad pues nos dice el Salmista: «a toda la tierra llega su sonido y su mensaje hasta el fin del mundo», 18/19, 5.
Si Dios continúa hablando hoy y dirige su mensaje al hombre, entonces escucha que nos dice en este tiempo de adviento: «Síganme», Mateo 4, 19. Seguirlo es caminar detrás de él, es hacer lo que él hace, es compartir con él: tiempo, espacio y recursos. Pero no se puede seguirlo sin dejar atrás estilos de vidas que no compaginan con su proyecto de vida. Por eso el texto dice: «dejaron las redes y lo siguieron», v. 20.
Y ustedes, se preguntarán: Padre ¿pero entonces tengo que dejar a mi mujer, a mis hijos, mi trabajo para poder seguir a Jesús como él pide y espera? Respondo: cuando se convierten en un auténtico obstáculo para ir con Jesús el Señor sí. Pero no se asusten, reconocemos que la familia muy rara vez se presenta como un rotundo impedimento para seguir y servir a Jesús. Más bien, es allí, en el seno familiar donde debemos seguir a Jesús con autenticidad, con responsabilidad, con total dedicación y entrega. Recordemos que Jesús dedicó 30 años de su vida a su familia y sólo tres a la predicación del Evangelio de Dios.
Ahora bien, seguir a Jesús no es seguirlo sin una meta fija o sin rumbo específico. El que sigue a Jesús a puesta por un proyecto grande, englobante, que dignifica y amplía los propios proyectos pues les dice: «los haré pescadores de hombres», v. 19. Es decir, los haré expertos en las relaciones interpersonales, grandes humanizadores, creadores de verdadera fraternidad y de copiosas comunidades. El proyecto que Jesús ofrece es uno muy “ambicioso”, es un proyecto de amor, donde ninguno queda fuera o al margen de ella, y cada persona encuentra su espacio y su lugar para realizarse y ser feliz.
Y aquí está lo interesante de esta festividad: Andrés le creyó a Jesús con todo su corazón y puso en marcha la misión que recibió y declaró con su boca incansablemente que Jesús era el Mesías enviado por Dios. Así nos lo narra el apóstol Juan cuando refiere que llevó a su hermano Simón con Jesús. Convirtiéndose así en el promotor vocacional del primer papa de la historia del cristianismo. Y si Andrés fue capaz de llevar a su hermano con Jesús, ¿no lo fue también apoyado por su hermano Pedro capaz de cristianizar a su propia familia o parentela? (Cfr. Juan 1, 41) Recuerda que una vez Jesús fue a la casa de Pedro y sanó a la suegra de Pedro (Cfr. Mateo 8, 14-15).
Y no sólo Andrés llevó a su hermano con Jesús también el muchacho que tenía cinco panes y dos pescados con los cuales el propio Jesús hizo la multiplicación y dio de comer a tanta gente. Y que decir, de aquellos griegos que querían ver a Jesús, Andrés fue y le dijo a Jesús que le buscaban, (Cfr. Juan 6, 9; 12, 20-22).
Andrés creyó con todo su corazón en Jesús y declaró con su boca que es el Señor, por eso alcanzó no sólo la santidad sino también la salvación, por eso le escuchamos decir a Pablo: «hay que creer con el corazón para alcanzar la santidad y declarar con la boca para alcanzar la salvación», Romanos 10, 10. Así sea.

domingo, 8 de febrero de 2015

“El Señor sana los corazones quebrantados y venda las heridas”, Salmo 146/147, 3.

“El Señor sana los corazones quebrantados y venda las heridas”
Salmo 146/147, 3.
Job 7, 1-4. 6-7; Salmo 146/147, 1-6; 1Corintios 9, 16-19. 22-23; Marcos 1, 29-39.
Afirma el salmista, y nos presenta a Dios como el Médico por excelencia, de alma y cuerpo, es decir, del hombre total. El Señor es el médico del alma porque “sana los corazones quebrantados” por eso afirma en el versículo 2: «El Señor ha reconstruido a Jerusalén y a los dispersos de Israel los ha reunido».
Donde parece que todo es ruina y miseria el Señor infunde esperanza, donde todo se nos presenta como perdido en Dios se convierte en oportunidad para la victoria. Si el Señor reconstruye a Jerusalén, significa, que mi templo, mi casa, roída por el pecado o convertida por los espíritus inmundos en cueva de ladrones puede ser levantada, reedificada, rehabilitada. ¿Cuántos hombres vagan por el mundo sumergidos en tristezas, angustiados por los problemas, desesperados por sus situaciones, deprimidos y sin ánimos por la vida, con profundos sentimientos de culpabilidad? ¡Muchos! Pero hoy la palabra santa nos dice que el viento sopla a nuestro favor, pues Jesús, el Dios que salva está en medio de nosotros. En Jesús los marginados y excluidos, los que no tienen voz y los que son despreciados, tienen el rostro de un Dios que los escucha, acoge, los acepta, los congrega, los reúne en una sola familia, la gran familia de Dios, pues su sangre preciosa ha sido derramada por todos.
El Señor “venda las heridas” porque es capaz de tender su mano amiga a «los humildes y humilla hasta el polvo a los malvados», v. 6. La mano el Señor Jesús la tiende para sanar, por eso hemos escuchado en el evangelio que «tomándola de la mano» levantó a la suegra de Pedro, Marcos 1, 31. En Jesús no hay reproche sino compasión y ternura, su mirada no es condenatoria sino de profundo y genuino amor. En Jesús se cumple muy bien la frase de Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura: «Con los débiles me hice débil, para ganar a los débiles», 1Corintios 9, 22. Jesús mira al hombre, a la mujer y no hace leña del árbol caído. Jesús nos enseña que el mejor bálsamo son los gestos de amor y de cariño. La cantinela que las mamás entonan para que el chiquillo deje de llorar tiene este significado: sana, sana, colita de rana sino sanas hoy sanarás mañana. Y luego el toque mágico el “picorete” en la herida, y el niño vuelve a jugar sin preocuparse del raspón en las rodillas. Hermanos: El amor nos hace andar y continuar en el juego de la vida porque siempre sembrará razones que dotan de nuevos sentidos la propia existencia. El que no ama se muere.
La frase “humilla hasta el polvo a los malvados” nos puede parecer difícil de digerir pero lo cierto es que no. El proceso reconciliador, el perdón, la paz reclaman al unísono la justicia. Cuando no se da la justicia convenientemente se genera una herida que no termina por sanar: el odio, la amargura, el rencor, la venganza y la justicia por propia mano. Y pedir perdón y perdonar parecen cosas fáciles, pero no es así, se requiere mucho más que olvidar, mucho más que el autodominio de la propia voluntad, se necesita la gracia de Dios, pues el perdón es fruto del amor. Y sólo el Señor puede generar en el corazón de los hombres que han sufrido hechos y situaciones injustas el perdón y la restauración de la paz porque Dios es amor, 1Juan 4, 8. Pero es necesario dejarse tocar por el Señor. Dejarse tocar por el Señor es abrirse totalmente a su encuentro, un encuentro íntimo, que marque y deje huella, sólo así es posible la renovación y la rehabilitación del corazón, porque para Dios no hay imposibles, por eso dice el Salmista: «Él puede contar el número de estrellas y llama a cada una por su nombre. Grande es nuestro Dios, todo lo puede», Salmo 146/147, 4-5 pues es el Dios creador y todo lo re-crea, lo hace nuevo.
No hemos de pasar por alto, que la sanidad de nuestras penas exigen piel con piel, es decir trato verdaderamente humano. De ahí, que nuestro querido Jesús se haya acercado y tocado a la suegra de Pedro, y no sintió repulsa ni tuvo menoscabo alguno para manifestar su interés y preocupación por la enferma.
Cuando el hombre tiene el corazón quebrantado y herido se repliega sobre sí mismo y pierde la confianza en el otro. Y para no sufrir más a causa del “otro” prefiere estar solo, sin relación significativa con los otros. Y su actitud podría parecernos justificada pero hoy Jesús nos dice que no es así.
La fiebre de la suegra de Pedro representa ese corazón quebrantado y herido que impide salir al hombre de sí mismo y lo en capsula hasta convertirla en una persona totalmente egoísta.
En latín “ego” significa “yo”, así que el egoísmo equivaldría a yoísmo, es decir, después de Yo, Yo, hasta que se convierte en “yoyo”, en un juguete de sus propias circunstancias, como un can que se lame las propias heridas. El mundo para la persona egoísta existe en la medida que sirve a sus propios intereses de lo contrario es indiferente. Por eso afirmamos que el egoísmo tiene que ver con el desamor. Me explico un poco más. Una persona egoísta ama, pero su forma de amar es desordenada porque se ama por sobre todas las cosas.
Lo contrario al “ego”, es decir, al Yo es el “Alio”, el otro. Y la persona que hace de su vida un proyecto “Alocéntrico” totalmente opuesto al egocentrismo, es una persona que tiene la posibilidad de desplegar toda la potencialidad de su ser, y puede alcanzar a configurar la auténtica imagen de Dios. Pues es en relación con el otro donde se genera lo verdaderamente humano. Por eso, escuchamos en el evangelio que una vez que la mujer fue sanada de la fiebre, «se puso a servirles», Marcos 1, 31. El servicio, expresión bella de la caridad, de la hospitalidad, de la fraternidad, de la presencia de la vida de Dios en el corazón del hombre. Hermanos: no dejemos que la fiebre del egoísmo nos impida ejercitarnos en la solidaridad que dignifica siempre la vida prójimo y nuestra propia existencia.

domingo, 25 de enero de 2015

“El tiempo apremia”
1Corintios 7, 29.
Jonás 3, 1-5. 10; Salmo 24/25, 4-9; 1Corintios 7, 29-31; Marcos 1, 14-20.
“El tiempo apremia” nos dice hoy el apóstol Pablo en la segunda lectura como indicando que el tiempo pasa y no hay retorno, no se detiene, lo que hoy es mañana no será, indica una oportunidad que no debemos dejar pasar, por eso agrega: «porque este mundo es pasajero», 1Corintios 7, 31 enfatizando así que a pesar de la caducidad del mundo existen cosas que no pasarán y tienen la huella de lo eterno y divino, como dice Jesús: «Pasarán el cielo y la tierra, pero mis palabras no pasarán», Mateo 24, 35. Por tanto, Pablo nos invita a vivir con calidad y que seamos sabios para emplear el tiempo adecuadamente, es decir, que nuestros días en este mundo nos esforcemos por apostar por lo que es  en verdad esencial, fundamental e importante.
También Jonás, nos narra la primera lectura, desarrolla su ministerio profético en un tiempo enmarcado por los tres días que son necesarios para recorrer la gran ciudad ninivita, le basta sólo un día proclamar: «Dentro de cuarenta días Nínive será destruida» para que la amenaza que se cernía sobre aquella ciudad les hiciera cambiar de actitudes a sus habitantes y alejar de ella la destrucción, Cfr. Jonás 3, 3-4. 10. Si ellos no hubiesen sabido aprovechar el tiempo que Dios le concedía para su corrección la catástrofe se hubiera dejado sentir.
A propósito de lo que estamos comentando recuerdo un pasaje en la Sagradas Escrituras que nos es muy provechoso aludir, se trata del libro del Eclesiastés: «Hay bajo el sol un momento para todo, y un tiempo para hacer cada cosa», 3, 1. Así que muy bien podríamos aplicar aquel dicho que dice “el tiempo es oro”.
Pero cometeríamos un grave error si pensáramos que el tiempo aquí aludido es aquella que marca el cronómetro. ¡No! El tiempo al que nos estamos refiriendo es uno de calidad y no de cantidad, es el καιρός (kairós), el tiempo de la gracia de Dios, el tiempo en el que Dios se hace presente en la vida del hombre, el momentum (momento) donde Dios “toca a las puertas de tu corazón”.
Y entonces, ahora podemos comprender mejor lo que Jesús dice cuando predica en Galilea: «Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio», Marcos 1, 15. Se trata de dos afirmaciones y dos imperativos.
La primera afirmación, “se ha cumplido el tiempo” indica que dentro de lo ordinario está aconteciendo lo extraordinario, ha llegado el inicio de un mundo nuevo, lo viejo y caduco se hace más evidente ante la presencia de Aquel que existía antes del tiempo: Jesús de Nazaret. Indica el καιρός, donde ya no se anuncia destrucción y muerte sino una opción por la vida, un modo de vivir mejor, donde todos son convocados y ninguno es excluido o marginado porque en Dios, que es Señor del tiempo, habrá siempre oportunidad. El tiempo se ha cumplido, porque Dios nos ha dado al Χριστός (Christós), es decir, al Mesías prometido, al Salvador del mundo y no hay que esperar a ningún otro, ninguna otra revelación o evangelio, pues está escrito: «Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo», Efesios 4, 5.
La segunda afirmación, “el Reino de Dios está cerca” porque el Hijo de Dios vive en medio de su pueblo, camina por la periferia y los confines del mundo, en los lugares difíciles y hostiles ha iniciado su predicación, eso es lo que evoca el que camine a las orillas del mar de Galilea. Dios se ha acercado tanto al hombre que ha invertido la escala de valores. Lo que para el mundo es valioso puede que para el Señor no lo sea. Lo que no tiene ningún valor para el mundo para el Señor lo tiene. Así, por ejemplo, los pobres, los menesterosos, los leprosos, los ciegos, tullidos, los publicanos, pecadores, etc., son los primeros destinatarios de la Buena Noticia de Dios. El Reino de Dios es amor y su Hijo Jesús lo da a conocer con palabras y obras. El Reino de Dios es servicio y misericordia y Jesús es el Misericordioso por excelencia y el Servidor por antonomasia.
El primer imperativo, “Conviértanse” evoca un cambio de mentalidad, una nueva idea, al que podemos denominar “idea fuerza” porque nos ayuda a escapar de nuestras cerrazones, abandonar nuestras categorías de pensamiento, a romper con todo aquello que impide crecer y realizarse. Y sin la cual no es posible que inicie el cambio o transformación alguna. Así por ejemplo, si mi “idea fuerza” es que “el amor de Dios es mucho más grande que mi propio pecado” no tendré miedo de buscar a Dios, que no se fija en mi pecado sino que centra su mirada totalmente en mí simplemente porque yo no soy mi pecado, mi pecado no agota mi persona. Y entonces, comprendo que convertirse es girar hacia Jesús, buscar su rostro. Jesús me dice conviértete y es como si dijese voltea a verme y fíjate cómo estoy haciendo las cosas para que tú hagas otro tanto. Convertirse a Jesús es el inicio del mundo nuevo que el Señor inicia en la historia de los hombres, con la conversión a Jesús da comienzo la verdadera revolución de Dios, revolución de amor y de servicio.
El segundo imperativo, “crean en el Evangelio”, una vez que hemos girado para ver a Jesús, lo hemos hecho para depositar la confianza en él, pues es Jesús la Buena Noticia que Dios ha dado al mundo. En Jesús Dios Salva al mundo. Y la manera cómo lo está haciendo es real que no cabe ya la duda. Por eso se presenta como el Camino o modelo a seguir e imitar. De ahí, que al elegir a sus primeros amigos en la cotidianidad de la vida, no ha elegido a los ojos del mundo a los mejores y sin embargo hace mejor a los que elige, no elige quizás a los más capaces pero si hace capaces a los que elige. Creer en Jesús, en el Evangelio vivo de Dios, es creer en la posibilidad de que cada hombre puede ser mejor cada día, es creer que Dios tiene el poder de sacar lo bellamente humano del hombre propiciando así un mundo nuevo por el hecho de hacer vida la civilización del amor.

martes, 20 de enero de 2015

“He anunciado tu justicia en la gran asamblea; no he cerrado mis labios, tú lo sabes, Señor”
Salmo 39/40, 10.
1Samuel 3, 3-10. 19; Salmo 39/40, 2. 4. 7-10; 1Corintios 6, 13c-15a. 17-20; Juan 1, 35-42.
Este versículo diez del Salmo 39/40 encuentra su aplicación en la persona de Jesús de Nazaret, Él como el Ungido del Padre, es decir, el Cristo, el Mesías no cerró sus labios sino que siempre dio testimonio del amor del Padre con Palabras y con obras. Anunció la Buena Noticia a sus hermanos. Señaló en su persona el Camino que se debe seguir, el modo como debemos defender la Vida y la manera de asumir la Verdad para volver al Padre sin temor, Cfr. Juan 14, 6. Este testimonio de Jesús es en completa obediencia a la voluntad del Padre. Obediencia que se manifiesta claramente por el gesto de retirarse al final de la jornada o al inicio de ella muy de madrugada, siempre a solas, a orar, Cfr. Marcos 1, 35; 6, 46. Y es precisamente a solas, en la intimidad del diálogo, es decir, de su oración donde Jesús escucha la voz de su Papá Dios por eso muy bien se le puede aplicar este otro versículo del Salmo 39/40: «abriste, en cambio, mis oídos a tu voz…así que dije: “Aquí estoy”», v. 7. 8.
La palabra Aquí estoy de Jesús, deja entre ver ya, que la obediencia a Dios es más agradable que miles de sacrificios y holocaustos, el Señor prefiere siempre un corazón bien dispuesto a hacer vida sus enseñanzas. Por eso dice previamente al Aquí estoy: «Sacrificios y ofrendas no quisiste. No exigiste holocausto por la culpa, así que dije: “Aquí estoy”», v. 7. Y otra parte de la Escritura el profeta Samuel le dice al desobediente rey Saúl: « ¿quiere el Señor sacrificios y holocaustos o quiere que obedezcan su voz? La obediencia vale más que el sacrificio; la docilidad, vale más que la grasa de carneros», 1Samuel 15, 22. Y sin embargo, nuestro querido Jesús no desaprovecha la oportunidad para dotar al sacrificio de un genuino significado con su obediencia, por eso llegará a decir en el huerto de Getsemaní: «Abba –Padre– todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya», Marcos 14, 36. Obediencia y Sacrificio, en Cristo Jesús, son dos expresiones que manifiesta claramente su amor por su Padre Dios.
En estos tiempos, donde el hombre no quiere escuchar más la voz del Señor, descubrimos que en el fondo subyace una concepción errónea de la libertad en relación con la obediencia y de la renuncia con relación al sacrificio. El hombre cree que obedeciendo se convierte en esclavo de quien lo manda, piensa que pierde autonomía y se vuelve un “don nadie”. Cree falsamente que si renuncia a lo que le gusta y atrae se le coacciona y se convierte en dependiente de unas reglas que no le permiten vivir como desea. Y se olvida por completo que quien no sabe obedecer no sabe mandar, que quien no sabe sacrificarse no sabe vencer. Pues en este mundo, quien obedece y se sacrifica (renuncia) se realiza sea cual fuere su misión, meta o sueño.
Pero no todo está perdido. Hoy se nos enseña que la obediencia se aprende si enseñamos a escuchar. Y saber escuchar es un arte, pues el oído capta diversos sonidos y voces, de ahí que digamos que saber escuchar es sobre todo discernimiento. Pues no se trata de una obediencia “a ciegas” sino más bien de una escucha muy atenta porque el que obedece ciegamente se equivoca pero quien escucha atentamente no. Escuchar atentamente es descubrir ¿quién nos habla? Y comprender lo ¿qué nos pide?
En la primera lectura Samuel respondió con prontitud al llamado cuando escuchó su nombre pero equivocadamente se dirigió tres veces al Sacerdote Elí, Cfr. 1Samuel 3, 8. No sabía quién lo llamaba hasta que Elí se lo indicó: «Ve a costarte, y si te llama alguien, responde: “Habla, Señor; tu siervo escucha”», v. 9. En este punto, Elí se convierte en el educador de la fe de Samuel. Se convierte Elí en un instrumento adecuado para que Samuelito descubra a Dios. Así que el primer involucrado de toda vocación, es decir, de todo llamado es el Sacerdote. Con su obediencia el Sacerdote manifiesta su vocación, pues sabe escuchar, descubrir la voz de Dios en la cotidianidad de la vida ya que llama siempre inesperadamente.
Si el Sacerdote no sabe descubrir a Dios que le habla continuamente tampoco podrá enseñar a obedecer a Dios. Pues obedecer deriva del latín ob audire que significa saber escuchar con atención. Quien no escucha no se adhiere a la palabra enunciada y si no se adhiere no manifiesta su obediencia.
El saber descubrir a Dios en la vida, distinguir su voz en este mundo es necesario para saber indicarles a los hermanos el modo como se debe acoger su voz, su llamado. Ser educadores en la fe implica tener la experiencia de familiaridad, de vida íntima con Jesús, a ejemplo de Andrés y el Bautista como nos ha enseñado el Evangelio de hoy.

lunes, 12 de enero de 2015

“Al salir Jesús del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en figura de paloma, descendía sobre él”

Marcos 1, 10.
Isaías 42, 1-4. 6-7; Salmo 28/29, 1-4. 10; Hechos 10, 34-38; Marcos 1, 7-11.
“Al salir Jesús del agua”. Jesús se pone en movimiento, bajó solo pero sale acompañado, lleva sobre sí la humanidad del hombre caído, se convierte en el Emmanuel, el Dios que pastorea a su pueblo, Dios en Persona es el guía de su pueblo. Si en otro tiempo, Moisés (el sacado de las aguas) acompañó al pueblo de Israel por su travesía en el desierto hasta llegar al monte de Dios. Ahora es el mismo Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, quien se convierte como nos explica san Juan en su evangelio en el Camino para volver a casa del Padre, pues dijo: «Nadie va al Padre si no es por mí», 14, 6.
Esto me hace pensar, que es una locura querer caminar solos por este valle de lágrimas, es aterrador acercarse incluso al umbral de la muerte sin este Señor que es Dios todopoderoso, es incomprensible y es de ceguera que los cristianos hoy día se sientan solos y tristes, apesadumbrados, no amados, marginados y excluidos. Necesitamos pedir la intervención de Dios Espíritu Santo para que, como dice Isaías en la primera lectura: abra «los ojos de los ciegos», saque «a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas», 42, 7. Para que vean, que no son huérfanos, pues tienen a Dios por Padre y por madre a la Iglesia, y como hermanos a la comunidad de los discípulos de Cristo.
“Al salir Jesús del agua, vio que los cielos se rasgaban”. Ese cielo que había quedado cerrado a causa del pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva. El cielo se abre para, por y con el Señor Jesús. Lo que significa que este Jesús es nuestro auténtico pontífice, es decir, el puente que acerca lo humano con lo divino, pues está escrito: «Tenemos un pontífice que tomó asiento en el cielo a la derecha del trono de Dios», Hebreos 8, 1. Y es por medio de este pontífice como el Padre de los cielos nos vuelve a dirigir su voz, ya no nos oculta más su rostro y su palabra se deja sentir, palabra de paz, de perdón, no de castigo, sino de reconciliación como nos enseña Isaías en la primera lectura: «Él envío su palabra a los hijos de Israel, para anunciarles la paz por medio de Jesucristo, Señor de todos», 42, 36.
“Al salir Jesús del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en figura de paloma, descendía sobre él”. El Espíritu y la Palabra eterna del Padre, juntos como en el inicio de la creación. Hemos de recordar que el primer libro de la biblia nos narra que Dios Padre crea todo con la potencialidad de su Palabra y el Espíritu, «se movía sobre la superficie de las aguas», Génesis 1, 2. Jesús actúa siempre como dice Pedro en la segunda lectura «con el poder del Espíritu Santo», Hechos 10, 38, significa que ha comenzado una nueva creación, la verdadera restauración de la humanidad, el Señor renueva desde dentro el corazón de la humanidad.
Recuerdo muy bien aquel pasaje que nos narra que después del diluvio Noé suelta una paloma para saber si el nivel de las aguas había bajado y «ella volvió al atardecer con una hoja de olivo arrancada en el pico», Génesis 8, 11. La paloma con la hoja de olivo, figura de la paz. Significa que en Jesús Dios se ha reconciliado con el mundo de los hombres. Jesús es nuestra paz. Por su preciosa sangre somos congregados en una nueva familia, somos hijos adoptivos de Dios. Una paz que tiene el significado de Alianza que ya no puede ser rota, abolida, corrompida.
Hermanos, la paloma siempre vuelve al nido. Jesús, si me permiten estas palabras, es el auténtico nido del Espíritu Santo, es la casa donde el Espíritu Santo reposa, donde se encuentra a gusto. Por tanto, Jesús es el hombre del Espíritu, por eso puede derramarlo, donarlo, concederlo, por eso nos dice el Bautista: «él los bautizará con el Espíritu Santo», Marcos 1, 8. Y otras referencias nos lo corroboran, el evangelio de san Juan por ejemplo nos dice que Jesús crucificado, antes de expirar dijo: «Todo está cumplido. Dobló la cabeza y entregó el espíritu», 19, 30. Y el día de la Resurrección se les apareció a sus apóstoles y les dijo: «La paz esté con ustedes…Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu santo. A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos», 20, 21. 22-23.
El propósito de Jesús al donar el Espíritu Santo, al bautizar con el Espíritu Santo es la de iniciar algo nuevo, bello, espléndido. Por eso después de que nos bautizan, es decir, después de que nos derramen agua sobre la cabeza nos ponen un ropón blanco, que viene a significar nuestra nueva condición de creaturas, nos convertimos en hijos de Dios por adopción, ya no somos huerfanitos, tenemos familia y una muy grande y santa, la familia de Dios.
Pero esta renovación, ya no empieza de cero, sino con lo que hay, porque este Jesús que actúa con el poder del Espíritu Santo, lo realiza con la humanidad desfigurada, roída y carcomida por el pecado, eso es lo que significa: «no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que aún humea», Isaías 42, 3. En nuestra debilidad, miseria y pecado, el Señor Jesús tiene el poder para hacer nueva siempre las cosas. Por eso vemos a un Jesús que supo salvar a la mujer adúltera, hacerse amigos de los corruptos Mateo y Zaqueo, abrazar a la mujer pecadora, etc. Jesús no me inspira miedo sino ternura y amor, como una paloma. Y ver mi pecado y contemplar la misericordia de Dios no me queda más que gratuidad y una inmensa alegría de saber que no he sido tratado como debería a causa de mis pecados y delitos.
En este proceso de renovación en el hombre, en el mundo de los hombres no es sencillo pero tampoco difícil, requiere esfuerzo, y Dios no se cansa jamás, por eso nos dice el profeta: «no titubeará ni se doblegará», v. 4. Si nuestro Dios nos ha querido salvar quién nos condenará. Nuestro querido Jesús siempre buscará a la oveja perdida para darle su salvación. Hermanos, nunca nos cansemos de ir a su encuentro y pedirle perdón. Jesús es nuestro primer paráclito, abogado, defensor, no lo doblega ni lo hace titubear el pecado, la muerte ni Satanás, en cambio si le enternece nuestra condición y por eso estará pronto en venir en ayuda nuestra.

domingo, 9 de noviembre de 2014

«Un río alegra la ciudad de Dios»
Salmo 45/46, 5.
Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Salmo 45/46, 2-3. 5-6. 8-9; 1Corintios 3, 9-11. 16-17; Juan 2, 13-22.
Un río alegra la ciudad de Dios nos dice el Salmista, es un río que tiene su origen en el mismo templo de Dios, así lo afirma el profeta Ezequiel: «los riegan las aguas que manan del santuario», 47, 12. Y el agua de este río no sólo «corría por el lado derecho», v. 2., del templo sino que descendía hacia el altar, Cfr. v. 1. Y san Juan en su Evangelio nos da testimonio que una vez muerto Jesús en la cruz no le rompieron las piernas «sino que un soldado le abrió el costado con una lanza. En seguida brotó sangre y agua», 19, 34. Ahora bien, el relato que san Juan nos refiere viene a significar ese río que alegra la ciudad de Dios que ve proféticamente Ezequiel y que nosotros hemos escuchado en la primera lectura. Este río es la multiforme gracia de Dios que a cada cristiano se le otorga gratuitamente y por infinita misericordia en los sacramentos que la Iglesia-Madre confiere a todos sus hijos que se abren con un corazón sincero y aceptan a Jesucristo como Único Dios Salvador.
Este río que es la gracia de Dios tiene la fuerza, la vitalidad de la propia fuente, pues así como Jesucristo reconstruyó su propio templo, es decir, su cuerpo cuando resucitó, de la misma manera la gracia de Dios otorga sanidad, genera vida, produce fecundidad, es alimento y medicina para el alma, para todo el hombre, Cfr. Ezequiel 47, 9. 12. Esta es la verdadera purificación y la auténtica construcción que el Señor Dios por medio de su Hijo Amado, nuestro Señor Jesucristo realiza en cada corazón humano.
Gracias a la sangre santificadora de Jesús, que es el río de la gracia, cada hombre se convierte en templo vivo donde el Espíritu de Dios habita, Cfr. 1Corintios 3, 16. En la «casa que Dios edifica», v. 9c. Esta construcción no es sólo material sino también espiritual pues el hombre es cuerpo y es también espíritu. Así que no podemos olvidar que cada hombre, cada mujer pertenece a la gran familia de Dios que ha sido redimida por la preciosa sangre de Jesucristo. Redención que se actualiza cada vez que el hombre deja pasar por su vida el río de la gracia que se le concede en cada sacramento que recibe.
Si el hombre, la mujer es el edificio vivo que Dios construye para sí, ahora entendemos el ¿por qué? no es conveniente profanar este recinto sagrado, por eso Jesús le dice a los que vendían palomas: «quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre», Juan 2, 16. La «casa que Dios edifica», 1Corintios 3, 9c está destinada al culto, es decir, a la adoración del Dios vivo, a la alabanza y acción de gracias por todas «las cosas sorprendentes que ha hecho el Señor sobre la tierra», Salmo 45/46, 9.
La «casa que Dios edifica», 1Corintios 3, 9c no está destinada para convertirse en un lugar de compra-venta, es decir, en un mercado, en un espacio para los negocios, donde todo tiene un precio y se puede adquirir si tienes el “modo”, no es tampoco un tiempo que se dedica para lucrar. ¿Cuándo profano o convierto en un mercado la casa del Padre? Cuando creo que puedo comprar y vender el favor de Dios, cuando pisoteamos la dignidad de la persona humana, cuando egoístamente buscamos a como dé lugar nuestro propio interés y nos olvidamos de los derechos del prójimo: a la vida, a una casa digna, a un trabajo estable, a la salud, a la educación, a la libre expresión, a la libertad religiosa, etc.
La «casa que Dios edifica», 1Corintios 3, 9c es el lugar idóneo para el culto agradable a Dios, ¿cómo debe ser el culto público (liturgia) que debemos ofrecer a Dios? Jesús enseña a la Samaritana que «los que dan culto auténtico adorarán al Padre en espíritu y en verdad» Juan 4, 23, es decir, con Espíritu Santo y con Jesús pues éste ha dicho: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida: nadie va al Padre sino es por mí», 14, 6.
Así que nuestro verdadero culto está en aceptar y confesar que Jesús de Nazareth es el nuevo templo de Dios, es la tienda de reunión, el lugar del encuentro entre Dios y el hombre. En Jesús de Nazareth, Dios y el hombre son Uno, porque este Jesús de Nazareth, el hijo de María, el carpintero es verdadero Hombre y verdadero Dios. Sin pasar por alto, que Dios nuestro Padre es el Dios invisible, el que no puede ser contenido en recintos de piedra o de madera, por eso, se hizo un templo propio: Jesús. Y es en Jesús como cada uno de nosotros podemos ver al Dios invisible, pues está escrito en Colosenses 1, 15: «Él es imagen del Dios invisible». Y en otra parte de la Escritura el mismo Jesús afirma a Felipe: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre», Juan 14, 9.
Hasta ahora hemos dicho que la «casa que Dios edifica», 1Corintios 3, 9c es todo hombre, y la casa perfecta, el templo perfecto que Dios se ha construido es Jesús de Nazareth. Entonces nos preguntamos: ¿por qué continuamos reuniéndonos en templos de piedras? Porque es precisamente en dicha reunión donde el verdadero templo de Dios se hace visible. En dicha reunión se encuentran en asamblea todos los que creemos, amamos y adoramos a Jesús llamado Cristo. Y reunidos en asamblea no sólo formamos el pueblo de Dios sino la propia Iglesia (εκκλησία), que es al mismo tiempo cuerpo místico de Cristo, por donde el río de la gracia fluye sin cesar para santificarla y pueda simbolizar así la Esposa de Cristo, Madre de los discípulos de Jesucristo, la Casa del Padre, es decir, la Jerusalén del Cielo.
Con lo anterior queda pues de manifiesto que nos une por tanto una misma fe y un mismo amor en la asamblea (εκκλησία). Por eso, la caridad, el amor será siempre el testimonio más bello y elocuente que el cristiano posea para manifestarle al mundo que el Dios de Jesucristo continúa vivo y en medio de su pueblo, obrando con poder y gran misericordia.

domingo, 2 de noviembre de 2014

«El que no ama permanece en la muerte»
1Juan 3, 14.
Sabiduría 3, 1-9; Salmo 26/27, 1. 4. 7-9. 13-14; 1Juan 3, 14-16; Mateo 25, 31-46.
El proyecto de Dios es, ha sido y siempre será un proyecto de amor, pues leemos en el Salmo 32/33, 11: «el plan del Señor subsiste por siempre, los proyectos de su corazón, de edad en edad». Un proyecto que no ha sido obstaculizado ni truncado por el pecado del hombre, es decir, por el rechazo a “vivir” sin amor. Es un proyecto que tiene su propia sinergia, su propia fuente en Dios mismo, ya que está escrito que «Dios es amor», 1Juan 4, 8. Este proyecto no es producto del azar o de la ocurrencia de un Dios que como recurso desesperado después de la desobediencia de Adán y Eva esté improvisando. ¡No! Esto no es así. Más bien, se trata de un proyecto que ha sido preparado como explica el evangelio de hoy: «desde la creación del mundo», Mateo 25, 34. Y quienes creen en el proyecto divino y se atreven amar no sólo de palabras y con la boca sino con obras y en verdad (Cfr. 1Juan 3, 18) «permanecerán a su lado», Sabiduría 3, 9 pues les dirá: «Vengan benditos de mi Padre tomen posesión del Reino preparados por ustedes», Mateo 25, 34.
Por tanto, se hace más que necesario pedirle al Señor que continuamente nos ayude a comprender la verdad de su proyecto de amor, que nos conceda las gracias y dones necesarios para no vivir en el temor y, podamos así, responsablemente hacerlo visible, concreto e incluso alcanzable al prójimo, pues éste «la bondad del Señor espera ver en esta misma vida», Salmo 26/27, 13. Lo que significa que el amor se vive, se experimenta, se siente en esta vida, aunque sea imperfectamente, pero ha de ser un acontecimiento real, que no se pueda negar, ocultar o callar, pues el que ama, ama y, el que no, no.
Hermanos, hermanas: la manera como Dios ha amado nos da la pauta para que también nos aventuremos armados de «valor y fortaleza» a realizar lo propio, v. 14. El texto dice: «conocemos lo que es el amor, en que Cristo dio su vida por nosotros. Así también debemos nosotros dar la vida por nuestros hermanos», 1Juan 3, 16.
De esto se desprende, que amar es donación, es entrega, pero me queda claro que antes del recibir está el dar. Esto es así, para que el mismo acto de amar sea reciproco, es decir, se convierta en una fuerza que impulse, motive amar, devolviendo a otros lo que ha sido dado con entera exclusividad, en este punto descubro asombrosamente que el amor es tener siempre el corazón abierto, disponible para acoger a los demás. De ahí, que se entienda que el amor sea la garantía de la fraternidad, de la comunión y de la unidad, por un lado; y por el otro, reconocemos también que el amor es fundamento de una sana y genuina sociabilidad donde la mutua ayuda y la solidaridad encuentran su máxima expresión.
El texto es claro cuando dice que Cristo dio su vida y luego agrega debemos nosotros dar la vida, por tanto, el que ama da su vida, da la vida, por eso, los hijos son la expresión pura de un acto de amor de sus padres. Ahora entendemos, lo que san Juan nos dice: «El que no ama permanece en la muerte», 1Juan 3, 14 porque no ha entendido que la única chance para manifestar que estamos vivos es amando. Y dar la vida tiene un matiz propio. Y el evangelio de la vida que es el evangelio de Jesucristo, el que hemos proclamado hace unos instantes los enumera.
Es una lista que atiende apropiadamente el significado de dar la vida, y al respecto, los padres deben tener muy en cuenta esto, engendrar hijos es una forma de dar la vida, pero ese significado se oscurece si se pierde de vista que hay que alimentarlos, vestirlos, educarlos, etc. Y cuando esto no está garantizado y se abandona a los hijos el significado de haberles dado vida se pierde y recobra mayor fuerza aquella otra expresión que dice: es mucho mejor padre el que cría que el que sólo engendra.
En esta lista que el Evangelio enumera, el Señor Jesús ha querido que la manera concreta de amar a Dios sea el prójimo, así lo expresa cuando dice: «Yo les aseguro que cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron», Mateo 25, 40. Y cuando dice insignificante el Señor no habla de categorías de persona, sino que atiende la mirada del que dona, pues a sus ojos puede parecer el prójimo poca cosa y esto no es así, pues a los ojos de Dios todos poseemos la misma dignidad y no se avergüenza de llamarnos hijos.
Para Jesús una clara forma de amar y de dar la vida es: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, el ser hospitalarios, vestir al desnudo, cuidar a los enfermos y redimir al cautivo, Cfr. vv. 35-36. 42-43. Pareciera que esto es simple y no lo es. Porque esta manera concreta de amar y de dar la vida está íntimamente relaciona con el rol que desempeñes en la sociedad, así por ejemplo, si eres papá tu deber y compromiso de garantizar la vida es con tu propia familia, si eres sacerdote tu manera de amar y de dar la vida será la predicación del Evangelio, la preparación para recibir los sacramentos, impulsando incluso actividades caritativas y promoción por la persona humana. Pero si eres empresario, funcionario público, o representas al Estado esto cambia y genera una manera diversa de amar y de dar la vida. Así que la propuesta de Jesús trastoca todos los niveles del tejido social.
Y no sólo eso, sino que dice que el que ama y da la vida es justo, Cfr., v. 46, y que por eso puede vivir en paz y tranquilamente, Cfr., Sabiduría 3, 3 no teme el día del juicio, porque ha hecho lo que se la pedido, ha entendido el lenguaje del amor.
Y se preguntarán y esto ¿qué tiene que ver con el día de los fieles difuntos? Todo. Si fueron justos, es decir, si amaron y dieron vida ya están gozando del Reino de los Cielos. Y sí no, no entendieron el proyecto de Dios y permanecen en la muerte. Pero el que importas eres tú, el que está vivo y que todavía puede inclinar la balanza a favor del amor y de la vida.