domingo, 24 de enero de 2016

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para…proclamar el año de gracia del Señor”
Lucas 4, 19.
Nehemías 8, 2-4. 5-6. 8-10; Salmo 18/19, 8-10. 15; 1Corintios 12, 12-30; Lucas 1, 1-4; 4, 14-21.
Jesucristo, es decir, Jesús el Ungido del Señor inaugura el tiempo de la misericordia de Dios, el cual es un tiempo caracterizado por el anuncio de la alegría del Evangelio, y por las obras que brotan a partir de que la palabra del Señor encontró mesón en los corazones de los hombres: liberación, curación y misericordia, Cfr. Lucas 4, 18-19.
Y es precisamente eso lo que la Iglesia pretende vivir en este año santo: «llevar una palabra y un gesto de consolación a los pobres, anunciar la liberación a cuantos están prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna, restituir la vista a quien no puede ver más porque se ha replegado sobre sí mismo, y volver a dar dignidad a cuantos han sido privados de ella. La predicación de Jesús se hace de nuevo visible en las respuestas de fe que el testimonio de los cristianos está llamado a ofrecer», Misericordiae Vultus 16.
Cada cristiano por la unción que recibió en el Bautismo, con y por el Espíritu Santo, es responsable de que la obra de su Señor continúe vigente en el tiempo que le ha tocado vivir. Y en esta noble misión tiene la oportunidad de imprimirle a las obras de misericordia que realiza en favor del prójimo su sello propio, es decir, a partir del carisma que ha recibido gratuitamente del Espíritu Santo tiene la tarea de enriquecer el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, del que también forma parte.
Pero el cristiano debe caer en la cuenta que solamente es posible poner en marcha la obra de Jesús si primero se deja interpelar por la palabra de Dios, pues los mandamientos del Señor «son luz…para alumbrar el camino», Salmo 18/19, 9. Es la palabra del Señor la que hace ver la realidad desde una nueva perspectiva, la que incluso impulsa al cambio de vida y al arrepentimiento y a la conversión, por eso hemos escuchado en la primera lectura que el escritor sagrado decía: «todos lloraban al escuchar las palabras de la ley», Nehemías 8, 9. Sólo dándose la oportunidad de confrontarse con la palabra del Señor y corrigiendo el sendero de la vida hacia lo que es recto, bueno y verdadero, el cristiano podrá experimentar que la palabra del Señor es «alegría para el corazón», Salmo 18/19, 9.
Así tendrá en su interior el deseo de salir de sí mismo e ir al encuentro del hermano que sufre. Esto es poderoso, porque cuestiona grandemente la manera como interactuamos o nos ponemos en contacto con la palabra del Señor. Si la palabra del Señor no motiva e impulsa la acción solidaria algo sucede en nosotros: “¿somos acaso oyentes olvidadizos?” “¿sufrimos de autismo y andamos en nuestro propio mundo?” “o quizás todavía no comprendemos que el auténtico amor a Dios pasa necesariamente por el amor al prójimo”.
El hecho de que cada cristiano forme parte del «cuerpo de Cristo» y se conciba como un «miembro» digno de él no sólo es motivo de alegría, sino que manifiesta al mismo tiempo, el alto sentido de responsabilidad que se posee al respecto, Cfr. 1Corintios 12, 27. Cada cristiano es corresponsable de su hermano, por eso subraya el apóstol: «cuando un miembro sufre, todos sufren con él; y cuando recibe honores, todos se alegran con él», v. 25. Es escandaloso y grave pecado que en una comunidad cristiana exista alguien que no tenga que comer o beber, vestirse o cubrirse o refugiarse del frío, enfermos que no los atiendan o estén solos y marginados o encarcelados que no tengan quien luche por su causa e inocencia. En las obras de misericordia, las catorce, la Iglesia tiene un programa pastoral que ofrecer e impulsar en las parroquias y en sus comunidades. Este es el itinerario de este año santo.

viernes, 22 de enero de 2016

“Dios me libre de levantar la mano contra el rey, porque es el ungido del Señor”
1Samuel 24, 7.
1 Samuel 24, 3-21; Salmo 56/57, 2-4. 6. 11; Marcos 3, 13-19.
Hay un salmo en las Sagradas Escrituras que expresamente dice: «No toquen a mis ungidos, no maltraten a mis profetas», Salmo 104/105, 15 y hay una enseñanza del apóstol Pablo en la carta a los Romanos que todo cristiano debe poner en práctica: «A nadie devuelvan mal por mal, procuren hacer el bien delante de todos los hombres», 12, 17. También el apóstol Pedro nos recuerda: «no devuelvan mal por mal ni injuria por injuria, al contrario bendigan, ya que ustedes mismos han sido llamados a heredar una bendición», 1Pedro 3, 9. Y el propio Jesús nos dice: «Amen a sus enemigos, traten bien a los que los odian…Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes», Lucas 6, 27. 31.
Y hoy le hemos escuchado a David decir a sus hombres: «Dios me libre de levantar la mano contra el rey, porque es el ungido del Señor», 1Samuel 24, 7. David teniendo la ocasión de asestar un golpe fulminante a su perseguidor decide perdonarle la vida, hasta este momento busca realizar la voluntad del Señor porque sabe que Dios pide respetar la vida de su ungido. Respetando la vida del rey, reconociéndole su autoridad, David hace entrar en razón a Saúl, y éste le dice: «Tú eres más justo que yo, porque sólo me haces el bien, mientras que yo busco tu mal», v. 18. David trató con magnanimidad a Saúl y Saúl se siente deudor. David reveló con esa actitud un noble temperamento, una grandeza de espíritu y sobre todo se comportó con gran generosidad. No realiza la ley del talión. David tiene un corazón según la voluntad de Dios pues está escrito: «He encontrado a David, hijo de Jesé, hombre según mi corazón; él cumplirá todos mis deseos», Hechos 13, 22.
Al respetar la vida de Saúl, David se presenta ante sus hombres como instrumento de reconciliación y de paz, como propiciador de la unidad. Con ello indica que no desea más el derramamiento de sangre y le da un puesto central a la fraternidad tan necesaria para la unificación de las tribus en un solo reino. David como estratega sabe que la venganza genera sólo odio y muerte por eso ante la propuesta que le hacen sus hombres: «Ha llegado el día que te anunció el Señor, cuando te hizo esta promesa: pondré a tu enemigo entre tus manos, para que hagas con él lo que mejor te parezca», 1Samuel 24, 5. David rechaza el camino de la violencia y elige el camino del diálogo y de los procesos de reconciliación y de paz.
En este año de la misericordia el cristiano está llamado también a imitar a David, a escuchar a los apóstoles Pedro y Pablo, al propio Señor Jesús y poner en práctica una obra espiritual de misericordia: soportar pacientemente los defectos del prójimo. Pero como hemos descubierto en la historia del perseguido David soportar las injusticias no quiere decir de ningún modo que nos quedemos con los brazos cruzados, y nos adecuemos a las situaciones insanas, de violencias y corrupciones. ¡No! Soportar pacientemente los defectos del prójimo significa trabajar o padecer con sentido, para que las situaciones puedan cambiar.
David fue perseguido y huye, y pone en práctica lo que años más tarde dirá Jesús: «cuando los persigan en una ciudad, escapen a otra», Mateo 10, 23. Huir para conservar la vida. Huir reconociendo con humildad las posibilidades de la victoria. La valentía resulta infructuosa cuando hay mucho que perder. A veces es necesario retroceder para ganar más impulsos. David huye, pero también, nos recuerda aquel consejo que el príncipe de los apóstoles nos dice en una de sus cartas: «Es mejor sufrir por hacer el bien, si así lo quiere Dios, que por hacer el mal», 1Pedro 3, 17. David huye porque existen hombres que le envidian y le quieren muerto, por eso le dice a Saúl: «¿por qué haces caso a la gente que dice: David trata de hacerte mal», 1Samuel 24, 10.
Hemos de luchar para que según nuestras posibilidades disminuyan en nuestras relaciones interpersonales las envidias, los falsos testimonios, las mentiras que corrompen y destruyen el tejido social. Hoy hay la necesidad de colaborar con entusiasmo para recuperar no sólo la confianza en nuestros tratos sino también la credibilidad, hay que poner en marcha los procesos de educación en la legalidad si en verdad queremos una sociedad de respeto y de armonía y de prosperidad.

“A partir de aquel día, el espíritu del Señor estuvo con David”
1Samuel 16, 13.
1Samuel 16, 1-13; Salmo 88/89, 20-22. 27-28; Marcos 2, 23-28.

Dios ha elegido a un nuevo rey para el pueblo de Israel y envío al profeta Samuel con el cuerno de aceite para que lo ungiese delante de todos sus hermanos, Cfr. 1Samuel 16, 13. Después de que se realizó la unción el escritor sagrado afirma: «A partir de aquel día, el espíritu del Señor estuvo con David», Ibíd.
Sólo después de la unción desciende el “Espíritu del Señor”, gracias a esto el rey se convierte en el ungido del Señor, en el representante de Dios en el pueblo, el será la cabeza visible no sólo de las tropas de Israel sino de todas y cada una de sus tribus, Cfr. 1Samuel 15, 17. Pero el rey no debe olvidarse que el Soberano de todo cuando tiene en sus manos es el Señor, y es a Él a quien le debe obediencia y le ha de rendir cuentas. El rey sólo es el administrador de los bienes del Señor, el pueblo incluso a quien gobierna no es suyo sino del Señor. La unción revela entonces la misión, la tarea a desempeñar, el papel que se ha de realizar en la comunidad. La unción reviste de una nueva condición a la persona, lo habilita y capacita para que la persona pueda fielmente realizar el encargo.
Saúl es el rey en turno y es también el ungido del Señor, pero ha sido rechazado como rey de Israel. El motivo: por haber apostatado del Señor y no cumplir sus órdenes, Cfr. v. 11 por eso escuchamos en la primera lectura que el Señor le dice a Samuel: «¿Hasta cuándo vas a estar triste por Saúl? Yo ya lo rechacé y él no reinará más sobre Israel», 1Samuel 16, 1. Esta decisión del Señor sobrecoge un poco y hasta incomprensible se hace sobre todo cuando vemos el motivo de la desobediencia de Saúl.
El Señor le había mandado a Saúl exterminar al pueblo Amalecita: «ahora ve y atácalo; entrega al exterminio todo lo que tiene, y a él no lo perdones; mata a hombres y mujeres, niños de pecho y chiquillos, toros, ovejas, camellos y burros», 1Samuel 15, 3. Dios pide cuentas a una nueva generación de amalecitas por un acto de sus antepasados: «Voy a pedir cuentas a Amalec de lo que hizo contra Israel, al cortarle el camino cuando éste subía de Egipto», v. 2. Esto parece injusto. Escandaloso es que muera todo un pueblo a causa de la cerrazón de algunos. Es un genocidio. Y como Saúl no obedeció es destituido como rey de Israel. Así Saúl “aparece” como hombre justo mientras que el Señor Dios como un ser vengativo.
 ¿Cuál es entonces la enseñanza que existe en el fondo de esta narración? El Señor lo dijo: Saúl «ha apostatado de mí y no cumple mis órdenes», v. 11 es decir, renunció a seguir al Señor y siguió sus propios ideales; sobre todo no quiso perder la popularidad ante el pueblo y prefirió congraciarse con sus tropas que dócilmente obedecer al Señor, Saúl dice a Samuel: «Sí, he pecado, pues pasé por alto la orden del Señor y tus instrucciones, porque tuve miedo de la gente y atendí su petición», v. 24. Esto sucede actualmente con algunos pastores, en especial en aquellos que apuestan más por las “formas” y los “favores que pueden conseguir de los hombres” que por el contenido o las palabras del evangelio del Señor. Se apacientan a sí mismo y se olvidan de realizar la voluntad del Señor. Se afanan por complacer a la mayoría y buscar su vanagloria que corregir al pueblo y señalarles el camino correcto. De esa manera, el ungido del Señor, pasa a ser marioneta de las inspiraciones de los hombres, pero no del Espíritu del Señor.
Rechazar a Saúl como rey no implica que se le rechace como hijo de Dios o que se le condene. El Señor corta de raíz lo que puede corromper al pueblo. La apostasía de Saúl se puede convertir en la apostasía del pueblo, lo que está en juego con la rebeldía de Saúl es la fe genuina del pueblo en el único Dios Salvador.
Por eso, el Señor unge a otro hombre, pero lo elige no por su apariencia sino porque le conoce, pues dice: «el Señor se fija en los corazones», 1Samuel 16, 7. Cuando el Señor eligió a Saúl también miró su corazón mucho más que sus cualidades, pero el corazón de Saúl lo trasmutó el poder. A David le sucederá casi lo mismo, pero cuando Dios le pide cuenta por boca del profeta Natán, acepta su pecado, cumple el castigo y corrige su vida. No así Saúl, sus promesas están vacías, porque no cumple sus juramentos, tiene el corazón torcido y sólo ostenta el poder y lo utiliza inadecuadamente.

jueves, 21 de enero de 2016

“Mirándolos con ira y con tristeza”
Marcos 3, 5.
1Samuel 17, 32-33. 37. 40-51; Salmo 143/144, 1-2. 9-10; Marcos 3, 1-6.
El rostro visible de Dios, Jesús de Nazaret, manifiesta indignación y tristeza ante la necedad del hombre religioso que pone por encima de la dignidad humana la ley. Jesús está indignado, es decir, se ha enfadado ante un acto injusto, ofensivo y perjudicial para el hombre como es su salud: «los fariseos estaban espiando a Jesús para ver si curaba en sábado y poder acusarlo», Marcos 3. 2. Querer la salud del hombre es quererlo bien, es procurar su bienestar y todo lo que se oponga a que el hombre goce de completa salud de alma y cuerpo ofende gravemente a Dios.
La actitud de indignación de Jesús debe ayudarnos a comprender que luchar para que se restablezca la justicia jamás se opondrá a la misericordia y al amor. Es necesario que se revuelvan las entrañas para dejar a un lado la indiferencia. No hay acto de misericordia sin sentimiento de indignación y de dolor por el sufrimiento del prójimo. Jesús se indigna, pero no trata con dureza ni desprecia y ni ofende a los fariseos. Jesús tiene dominio de sí, que es un fruto del Espíritu Santo, no se deja dominar por ese sentimiento de enojo o de ira, lo sabe canalizar o manejar.
Jesús mira a los fariseos con tristeza. Jesús está triste, tiene dolor en su corazón y es posible que hasta los ojos se le pusieron “vidriaos” a causa de la dureza y crueldad de los hombres de fe. No han entendido, no quieren “entender” señala el texto, que Jesús ha venido a manifestar el amor de Dios. Ellos no quieren hacer esa experiencia de misericordia, de ante mano ya han rechazado a Jesús, pues Marcos nos dice que ellos están en la sinagoga no porque quieran tener un encuentro con la palabra viva del Padre, no para dejarse iluminar por la palabra sino para espiar a Jesús y después acusarlo. Tienen cerrado su corazón porque consideran que Jesús ha venido sólo a corromper las costumbres del culto a Dios, su mentalidad cerrada les impide reconocer en la persona de Jesús al Mesías de Dios, por eso se resisten a la conversión y a la salvación que Dios ofrece en su Hijo Amado. ¿Qué padre o madre, hermano o hermano, amigo o amiga estaría triste si ve al ser amado perderse? Jesús se pone triste porque le duele que los fariseos, hijos también de Dios, se obstinan a tradiciones que esclavizan y no liberan al hombre.
Porque ciertamente, ¿qué puede hacer el hombre con una mano tullida? Con las manos realizamos muchas cosas. Si hay leyes que obstruyen el auténtico desarrollo de la persona humana, así como su creatividad esas leyes no sirven. Si hay leyes que no protegen la dignidad de la persona humana y la ponen en peligro de muerte esas leyes no son útiles y son totalmente dañinas. Si hay leyes que son tan permisivas que corrompen las sanas costumbres y hacen decaer la cultura esas leyes no deberían ni promulgarse ni existir o seguir vigentes. Las leyes deben estar al servicio del hombre. Y hemos de entender que cuando se sustenta, se apoyen y se promuevan leyes inicuas que esclavicen, atenten, o pongan en riesgo la vida del hombre se ofende gravemente a Dios.
Las preguntas que Jesús dirige a los fariseos son cuestionamientos que invitan no sólo al discernimiento sino también a una toma de conciencia, de partido, de compromiso, no se puede seguir a Dios a distancia, o se está con él o contra él. El hombre está llamado siempre a decidirse por el bien y por la vida: «¿qué es lo que está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Se le puede salvar la vida a un hombre en sábado o hay que dejarlo morir?», v. 4.
El hombre religioso, de fe, debe escoger entre lo bueno siempre lo mejor. Nunca deberá ser para el cristiano el mal una opción. Incluso en el culto, el hombre ocupa un puesto importante, nunca debe sentirse marginado, está al centro, por eso, Jesús le dice al hombre de la mano tullida: «Levántate y ponte allí en medio», v. 3. Cuando oramos, el prójimo debe encontrar un espacio, ya sea en la oración personal o comunitaria, el prójimo debe ocupar un lugar prominente. El prójimo se convierte para los hombres de fe en el significado referencial tan necesario para que se haga creíble el culto a Dios. El hombre que ora sin tener en cuenta más que sus propias necesidades es un hombre egoísta. Y eso a Dios no le agrada.


“Luego lo condujo ante Saúl, y David continúo a su servicio, como antes”
1Samuel 19, 7.
1Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Salmo 55/56, 2-3. 9; 10-12; Marcos 3, 7-12.
Hay un pasaje en las Sagradas Escrituras que como golpe de rayo ha penetrado en mis pensamientos, y que esta noche quiero compartir con ustedes, se trata del versículo catorce del libro del Eclesiástico y dice: «El amigo fiel es refugio seguro; quien lo encuentra, encuentra un tesoro». Y lo he querido compartir porque creo que es saludable el tener amigos, el contar con alguien que te quiera bien, que se alegre contigo en los momentos bellos, de triunfo, de victoria y que sea capaz de permanecer a tu lado en los momentos aciagos y difíciles.
Meditando las actitudes de los personajes de la primera lectura me ha parecido más atrayente la actitud del príncipe Jonatán que la del rey Saúl. Aunque podemos aprender mucho de ambos. Rápidamente, podemos decir algunas breves palabras respecto a la actitud del rey Saúl, el texto señala que después de oír cantar a las mujeres por el triunfo de David sobre Goliat, al rey le cayeron como gancho al hígado las palabras del cántico de las mujeres «Mató Saúl a mil, pero David a diez mil», 1Samuel 18, 7. El rey no fue capaz de reconocer su pusilanimidad, se le “arrugó” como dirían los jóvenes hoy, pues en el momento más crucial del campo de batalla su ejército necesito ver a su rey con gallardía y sólo vio a un hombre atemorizado encerrado en su tienda. El ejército comprobó como un jovenzuelo inexperto para la milicia tuvo que dar la cara no sólo por el rey sino por todo el pueblo de Israel. El pueblo no es tonto ni ingenuo, sabe quién es su héroe, por eso lo canta y lo danza. Y Saúl, en lugar de tener un ánimo de gratuidad «se enojó muchísimo…miraba a David con rencor», v. 8 y como no pudo lidiar con la vergüenza «había decidido matar a David», 1Samuel 19, 1. Esto trae a mi memoria el pasaje del Génesis donde Yahvé le dice a Caín: «¿Por qué estás resentido y con la cabeza baja? Si obras bien, andarás con la cabeza levantada. Pero si obras mal, el pecado acecha a la puerta de tu casa para someterte, sin embargo, tú puedes dominarlo», 4, 6-7. Caín no dominó esos sentimientos negativos (resentimiento, envidia, odio, etc.) y terminó matando a su hermano Abel.
Dios se manifestó a Caín, no sólo como su creador, sino como un compañero de camino, como un amigo ya que le indicó y le señaló que no debería dejarse manipular por esos sentimientos que le sumergían en tristeza y que le amargaban el espíritu. Pero desgraciadamente Caín rechazó el consejo de Dios.
Vemos, al príncipe Jonatán, que se presenta como un excelente hijo, que le ayuda a leer a su padre el rey la situación desde una perspectiva positiva. No desea que sus manos se manchen de sangre inocente. Es Jonatán admirable consejero, posee el don de consejo, es un hombre prudente y sabio. Jonatán sabe que su padre caería en descredito ante el pueblo si asesina a su héroe.
Jonatán es un hombre libre, no tiene miedo en manifestar sus buenos y correctos sentimientos, el texto lo señala, tenía admiración por David: «Jonatán quería mucho a David», 1Samuel 19, 1. Reconoce lo que David ha hecho por el reino de su padre y por el pueblo, ya que le dice a su padre: «No hagas daño, señor mío, a tu siervo David, pues él no te ha hecho ningún mal, sino grandes servicios. Arriesgo su vida para matar al filisteo, con lo cual el Señor dio una gran victoria a todo Israel. Tú mismo lo viste y te alegraste», v. 4-5.
 ¡Ojalá todos pudiésemos tener a una persona, amigo o amiga, que diera la cara para defendernos de las injusticias de los poderosos! ¡Ojalá tuviéramos a un hijo o hija, amigo o amiga que, con el don de la persuasión, con las palabras correctas y con mucha paciencia pudieran ayudarnos a recobrar un poco la cordura y desistir de las necedades y de la insensatez!
Pero también, pudiéramos como Saúl, saber escuchar atentamente las palabras de los hijos, de los amigos, de los padres, de las personas que nos quieren bien: «Al oír esto, se aplacó Saúl y dijo: “Juro por Dios que David no morirá”», v. 6.
¡Bendito sea Dios si tenemos amigos que propicien el perdón, la reconciliación y la paz, que apuesten por la fraternidad y la amistad: «Jonatán llamó a David y le contó lo sucedido. Luego lo condujo ante Saúl, y David continuó a su servicio, como antes», v. 7.

lunes, 18 de enero de 2016

“¿Por qué citas mis preceptos y hablas a toda hora de mi pacto, tú que detestas la obediencia y echas en saco roto mis mandatos?”                                                                                 
Salmo 49/50, 16-17.
1Samuel 15, 16-23; Salmo 49/50, 8-9. 16-17. 21. 23; Marcos 2, 18-22.

«¿Por qué citas mis preceptos y hablas a toda hora de mi pacto, tú que detestas la obediencia y echas en saco roto mis mandatos?», Salmo 49/50, 16-17 pregunta esta noche Yahvé a Ti, a mí, a su pueblo en general. Se trata de una pregunta provocativa, que confronta, y que busca re-orientar la vida del creyente en dos aspectos: el culto y el testimonio.
Respecto al culto: «No voy a reclamarte sacrificios, dice el Señor, pues siempre están ante mí tus holocaustos», v. 8. En primer lugar, el Señor no reclama sacrificios porque Él no se alimenta de ello, no depende su existencia y su poder o su majestad o gloria de los sacrificios que el hombre pueda ofrecerle. Dios existe, aunque haya ateos, es decir, Dios precede al hombre y a su razón o imaginación. En segundo lugar, si Dios tuviera hambre tomaría de lo que es suyo, por eso afirma: «si yo tuviera hambre, no te lo diría a ti, pues el mundo es mío, con todo lo que hay en él», v. 12. Pero Dios no se alimenta de la sangre sacrificada de los animales por eso a continuación agrega: «¿Acaso me alimento de carne de toros, o bebo sangre de machos cabríos?», v. 13. Dios no prolonga su existencia por medio de los alimentos el hombre en cambio sí lo hace.
¿Qué sentido tiene entonces el sacrificio? Y el Salmista nos responde: «¡Sea la gratitud tu ofrenda a Dios; cumple al Altísimo tus promesas!», v. 14. Como si el Señor nos estuviese diciendo, reconoce quien soy Yo, no soy un hombre, soy Tú creador, al que le debes no sólo tu existencia si no todo cuanto tienes, aunque lo hayas trabajado arduamente recuerda que yo te di inteligencia, una razón, un corazón que late sin cesar. Yo soy el que te sostengo, aunque no me veas y lo reconozcas. Hermanos: la persona que se abre a la gratuidad tiene la posibilidad de experimentar la dicha y no se frustra tan fácilmente como quien espera que se le dé algo porque cree merecer.
Ahora, el sacrificio no es de retribución, es decir, yo le doy al Señor esto para que Él me de aquello que le pido. Eso no es cumplir las promesas del Señor. Cumplir los votos al Señor es permanecer en la fidelidad, es hacer valedera nuestra condición de filiación, es decir, de vivir continuamente todos los días de la vida como auténticos hijos de Dios. El hecho de ser hijo de Dios debe ser la mayor alegría, la más grande motivación para que siempre nuestra alabanza se eleve en su honor. Ese es el sentido de una auténtica gratuidad, el hecho de sentirse amados por Dios, a tal grado que nos llame hijos.
Y es precisamente la condición filial, de ser hijos de Dios, lo que debe impulsar al hombre de fe a vivir una vida digna de los hijos de Dios. Este es el segundo aspecto del culto: el testimonio. Hermanos: de qué le sirve a un hijo llevarle flores a su madre el día que celebramos “el día de la madre” si los otros 364 días que restan del año, le saca “canas verdes”, no la respeta, ni la escucha, ni le apoya, ni le obedece. El testimonio exige rectitud de la conciencia y coherencia.
La rectitud de la conciencia evoca la verdad mientras que la coherencia, un equilibrio lógico entre los pensamientos, las palabras y las obras. Entonces ¿cómo se atreve el creyente ofrecer sacrificios al Señor si su conciencia no es recta y ni está apegada a la verdad? ¿cómo pretende el creyente agradar al Señor si no hay concordancia entre lo que razona, habla y pone por obra?  Por eso el Señor dice: «¿Por qué citas mis preceptos y hablas a toda hora de mi pacto, tú que detestas la obediencia y echas en saco roto mis mandatos?», Salmo 49/50, 16-17.
El hombre a veces con su ofrenda pretende callar o comprar el silencio de Dios, para que se olvide de sus fechorías. Es fácil decir “Dios te ama” pero manifestar con nuestras actitudes que Dios ama al prójimo eso es “harina de otro costal”. Por eso, el culto será verdadero si el creyente no sólo vive su condición filial sino también el sentido de fraternidad, pues el culto a Dios no es sólo privado sino también público o comunitario, eso es precisamente lo que significa la palabra liturgia: “Culto público”.
Y a eso hemos venido esta noche, a testificar, a vivir un culto público. Gira a tu alrededor y ve cuantos hermanos tienes en la fe. Ellos te conocen y es posible que se encuentren más de una vez en los espacios públicos, incluso con tus vecinos o compañeros de trabajo que no están esta noche aquí pero que saben que eres sumamente una persona religiosa. ¿Creerán en tu culto a Dios y los convencerás con tu testimonio de fe?
Creo que conviene entonces vivir nuestra condición filial y fraternal, para que el culto sea agradable a Dios pues dice: «Si ves a un ladrón, disfrutas con él, con los adúlteros te deleitas. En tu boca fraguas la maldad, con la lengua urdes engaños; te sientas a murmurar de tu hermano a chismorrear del hijo de tu madre. Tú haces esto, ¿y yo tengo que callarme? ¿Crees acaso que yo soy como tú? No, yo te reprenderé y te echaré en cara tus pecados», vv. 18-21.
Hermanos: el Salmo (49) /50 es un pleito judicial entre Dios y su pueblo, pero no es un pleito para castigar o condenar a quien ha errado y pecado, es un salmo que pretende más bien, re-orientar la vida del hombre de fe, no sólo en su aspecto religioso o cultual sino en todos los ámbitos de la vida misma pues la vida del hombre es completamente relacional. No hay auténtico culto a Dios si no le amamos a Él en el prójimo ya que el mandamiento más grande que tenemos los cristianos es la de vivir el mandamiento del amor.


domingo, 17 de enero de 2016

“Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él”
Juan 2, 11.
Isaías 62, 1-5; Salmo 95/96, 1-3. 7-10; 1Corintios 12, 4-11; Juan 2, 1-11.
El domingo pasado celebrábamos el Bautismo del Señor Jesús, ahí, se nos reveló la Trinidad, el misterio de nuestra fe. Escuchamos decir al Padre que Jesús era su Mesías, el que revelaría a los pecadores su gran misericordia y a los pobres el evangelio de la alegría. Y nos hizo que comprendiéramos que Jesús es su Hijo Amado, su predilecto en quien tiene su complacencia. En él actúa el Espíritu Santo, el cual lo revistió ungiéndolo con gran poder para obrar no sólo milagros sino la entera obra de Salvación. Ahora Jesús revela su identidad a quienes ha escogido como discípulos suyos por eso la narración del evangelio que proclamamos concluye de la siguiente manera: «Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él», Juan 2, 11.
El evangelio de san Juan es de una gran riqueza teológica y, sucede como cuando uno va al mar, se puede nadar en la superficie, pero nunca ver lo que hay en el fondo. El evangelio de Juan contiene muchos simbolismos que no conviene dejar pasar si se quiere comprender en la medida de lo posible el mensaje que desea transmitir el evangelista. Estamos ubicados en la parte que llamamos “el libro de los signos” que va desde el capítulo primero al doce y mientras que “el libro de la hora” inicia en el capítulo trece y concluye en el veinte y al final se nos ofrece un epílogo.
“El libro de la hora” es la exaltación de Jesús, su glorificación en la cruz, ahí derrota Jesús a quien en el paraíso derrotó a nuestros primeros padres en un árbol, por eso le hemos escuchado decir a Jesús a la Virgen Madre: «Mujer, ¿qué podemos hacer tú y yo? Todavía no llega mi hora», Juan 2, 4. En cambio, en el “libro de los signos” Jesús revela paulatinamente su identidad a través de señales milagrosas, eso para suscitar la fe en él, para que cuando llegase el momento de “la hora” ninguno se escandalice de él y termine por abandonarlo. La hora de Jesús es también la hora del cristiano, porque ahí, se percibe o más bien, queda al descubierto la fidelidad o el tipo de fe que se tiene en el Hijo de Dios.
El evangelista san Juan ha querido valerse del amor esponsal entre un hombre y una mujer para hablar del amor de Dios por su pueblo, de ahí, que en la primera lectura de esta misa se haya dicho refiriéndose al pueblo de Dios: «a ti te llamarán mi favorita y tu tierra tendrá marido, porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá esposo», Isaías 62, 4. El Señor Jesús es el auténtico esposo de la Iglesia, y la Iglesia es el pueblo de Dios. Y eso debe ser causa de profunda alegría, de verdadero gozo y júbilo, pues así «como el esposo se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo», v. 5. Dios nos mira en Jesús y sonríe, somos sus hijos, y así como para un padre o madre no hay hijo feo ni malo, así para nuestro Dios, para él todos somos buenos, un poco testarudos, pero buenos pues llevamos su impronta, Cfr. Génesis 1, 26-27.
Quisiera ir desglosando versículo por versículo, pero será en otra ocasión. Ahora quiero centrar la mirada en el milagro de Jesús y en especial en lo que él les dijo a los sirvientes: «“Llenen de agua esas tinajas”. Y las llenaron hasta el borde», Juan 2, 7. Me asombra el hecho de que Jesús utilice la colaboración humana. Y comprendo, no hay milagro si el hombre no pone su parte. Dios obra donde encuentra la generosidad del hombre. No hay milagro sin fe, y recuerdo un pasaje que ha martillado mi mente durante esta jornada: «viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: hijo, tus pecados te quedan perdonados…Yo te lo mando: levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa», Marcos 2, 5. 10. La Virgen Madre les había dicho a los sirvientes «Hagan lo que él les diga», Juan 2, 5. María tenía fe en su Hijo, los sirvientes creyeron en las palabras de Jesús y llenaron las tinajas hasta el borde. La fe genera intercesión. María intercede por los esposos que no tenían vino. La labor de los sirvientes es necesaria para que haya vino añejo, es decir, el vino excelente.
El vino en las sagradas escrituras tiene un sentido muy positivo, como explica el Salmista: «vino que alegra el corazón», 103/104, 15. No así la embriaguez. Jesús da el mejor vino, es decir, la auténtica alegría y la verdadera esperanza. Jesús no emborracha y nulifica la mente, Jesús colma y satisface el corazón de los hombres. El vino terreno embota la mente y hace perder suelo, te hace sentir alegre por unos instantes y al final genera “cruda”, el vino de Jesús no, jamás hará sentirte avergonzado ni te hará arrastrarte por el suelo, por eso dice san Pablo: «No se embriaguen con vino, que engendra lujuria, más bien llénense de Espíritu de Dios», Efesios 5, 18.
He descubierto, por este pasaje, que Dios desea obrar grande y poderosamente en la vida del hombre, pero el hombre debería tener su tinaja llena de fe hasta los bordes y eso puede entristecernos y desesperarnos, al reconocer quizás que nuestra fe es muy incipiente, pero escucha lo que Jesús dice: «Si tuvieras fe como semilla de mostaza, dirían a esta morera: arráncate de raíz y plántate en el mar, y les obedecería», Lucas 17, 6. ¡Señor aumenta nuestra fe en Ti! Sólo así podremos recuperar la alegría, el gozo, la paz, el amor, la tranquilidad, la dicha, la felicidad, el perdón, la reconciliación que hemos perdido. ¡Danos Tú el vino mejor! Y que nuestra vida sea una fiesta al saber que nos amas profundamente.