lunes, 10 de febrero de 2014

“Una nube llenó el templo...la gloria del Señor había llenado su templo”
1Reyes 8, 10-11.
1Reyes 8, 1-7. 9-13; Salmo 131/132, 6-10; Marcos 6, 53-56.

 Cuando tengo oportunidad de ir a casa por carretera, dejando la ciudad de las luces –Puebla– a mis espaldas y descendiendo las cumbres de maltrata para tocar suelo veracruzano, densas neblinas cierran el paso, uno se desplaza a vuelta de rueda. La sensación que evoca la neblina es en verdad impresionante. Una sensación de misterio y de desafío que hacen estar con los sentidos al máximo por si se presentara alguna situación inesperada.
Hoy la primera lectura nos narra el traslado del Arca de la Alianza al Templo de Jerusalén que ha construido el rey Salomón. Todo el pueblo se encuentra en asamblea, ofreciendo sacrificios y alabanzas a YHWH. El texto señala que «una nube llenó el templo, y esto les impidió continuar oficiando, porque la gloria del Señor había llenado su templo», 1Reyes 8, 10-11. La nube nos indica una nueva presencia de Dios, un novedosa manera de acompañamiento y de pastoreo de su rebaño. Dios vive donde acontece lo humano. ¡Que maravilla!
La nube simboliza la presencia de Dios pero no es Dios. Y en este punto acapara mi atención el hecho de que el hombre siempre quiere ver, tocar, sentir y oler para estar un tanto seguro en lo que cree y es precisamente esta “necesidad” de experiencia casi mística la que se vuelve un tanto peligrosa, porque puede el hombre adherirse a la cosa sin que por ello descubra el auténtico significado de lo que representa la cosa en sí, es decir, el hombre es capaz de realizar actos de idolatría e incluso de idolatrase así mismo.
Por otra parte, descubrir la presencia real de Dios en la Eucaristía no es cuestión de tener en buen estado el sentido de la vista sino más bien de fe. Y la fe es un don que siempre hay que pedir, desarrollar y fortificar con el estudio, la oración y con la frecuencia de los sacramentos. El pan y el vino consagrado, la Eucaristía, no es una representación del cuerpo y la sangre del Señor, sino el Señor mismo, el cual se ofrece al Padre gracias a la acción poderosa del Espíritu Santo para la Salvación del mundo.
En la Eucaristía Dios se dona así mismo y desea ardientemente habitar en el corazón del hombre. En ese sentido, nos percatamos que es Dios quien envuelve en el misterio al hombre y lo introduce en la intimidad Trinitaria. ¿Cómo se da esto? No lo sabemos. ¿Por qué sucede? Por voluntad divina, por amor. Y no encuentro otro motivo suficiente sino el amor que Dios le profesa a todo hombre. Es su amor el que lo lleva a unirse plenamente a la condición humana del hombre. Y esto sin duda alguna es grandioso y maravilloso. ¡Gracias Dios!


domingo, 9 de febrero de 2014

“Cada cristiano esta llamado por Cristo a ser sal luminosa en el tiempo que le ha tocado existir”
Cugj.CaliϮ.
Isaías 58, 7-10; Salmo 111/112, 4-9; 1Cor 2, 1-5; Mateo 5, 13-16.


Las palabras que Jesús de Nazaret dice a sus discípulos hemos de enmarcarla en el contexto de las Bienaventuranzas. Recordemos que en las Bienaventuranzas Jesús nos reveló su corazón, y nos enseñó que la dicha y la felicidad acontecen en la vida del hombre y de la mujer que se han atrevido a amar como Él lo hizo.
En dos ocasiones Jesús dice a sus discípulos: «Ustedes son», y lo hace por vez primera cuando los compara con la «Sal», Mateo 5, 13 y por segunda vez al llamarles «luz», v. 14. Así que cuando Jesús dice: «Ustedes son», revela a los discípulos su identidad y su misión. Identidad que encuentran en Aquel que los llama: Sal y luz. Porque como explica san Juan en su evangelio, Jesús de Nazaret es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre», 1, 9. Por tanto, los discípulos llegarán a ser luz si hacen propias las actitudes que Jesús ha enseñado en las Bienaventuranzas. ¿Cuáles son esas actitudes que Jesús nos enseña en las Bienaventuranzas?:
-          Pobreza de espíritu que nos sumergen en el mar de la gratuidad y del desprendimiento;
-          La justicia con Dios y con los hombres, es decir, cuando somos conscientes de que cumplo la voluntad de Dios cuando soy prójimo con los hombres de mi tiempo;
-          La misericordia cuando los dolores, sufrimientos y penurias de los hombres no son indiferentes y nos comprometemos para que esa situación cambie;
-          La limpieza de corazón cuando nos esforzamos por continuar viendo en el pecador y malvado la huella de un Dios que es bueno;
-          Los amantes de la paz cuando preferimos callar cuando el otro grita, perdonar cuando el otro ofende, cuando buscamos la reconciliación aunque seamos víctimas de oprobios y diversas humillaciones;
-          El sufrir con paciencia los avatares de la vida incluso las que provoca el prójimo.
Ejercitándonos en estas virtudes hacemos realidad la exhortación que san Pablo nos dice: «vivan como hijos de la luz», Efesios 5, 8 porque sólo cuando los hombres actúen conforme a la Verdad, a la Bondad y la Justicia se convertirán en auténticos hijos de la luz, Cfr., v. 9. Esta misma idea la encontramos en la primera lectura cuando el profeta dice: brille tu luz en las tinieblas, Cfr. Is 58, 10. ¿Cuándo brillará la luz del discípulo en las tinieblas? Cuando se ejercite en las obras de misericordia, es decir, cuando el hombre comparte su pan con el hambriento,  su casa con el que no tiene donde pasar la noche o vivir dignamente, cuando le importa la desnudez de su prójimo y le cubre no sólo con vestidos sino también con cariño, amor, respeto, perdón, tolerancia, compresión y toda clase de afecto. Cuando el discípulo viva el “arte de hacer espaldas” con quien lo necesita, no esperando le pidan ayuda sino que se adelante siempre a las necesidades más básicas de sus contemporáneos. De ahí, que hayamos escuchado decir al Salmista: «Quien es justo, clemente y compasivo, como una luz en las tinieblas brilla», Salmo 111/112, 4.
Quisiera decir algunas cosas más, refiriéndome algunas de las propiedades de la luz y de la sal. Las propiedades de la luz que deseo resaltar son:
-          La rapidez finita, llega en un abrir y cerrar de ojos, así ha de ser el discípulo no ha de tardar para salir al encuentro y cubrir las necesidades de sus hermanos. Empezando por los de casa. No se trata de ser “candil de la calle y oscuridad de la casa”.
-          La refracción, que es el cambio brusco de dirección que sufre la luz al cambiar de medio, al discípulo se le presentarán varios obstáculos que le incitarán a dejar de obrar como realmente conviene, por tanto el discípulo ha de tener la sagacidad para brincar, rodear, superar las pruebas, adversidades que le impedirán que brille. Cuando la luz choca con una superficie liza que le impide penetrar al menos calienta. Pero logra su cometido, así el discípulo de Cristo.
-          Una de las propiedades de la luz más evidentes a simple vista es que se propaga en línea recta. El discípulo deberá actuar siempre con rectitud de conciencia, teniendo siempre presente que Dios ve incluso en las intenciones del corazón. Si la intención de la obra no es recta, honesta, justa aunque la obra sea buena no obtiene de suyo su recompensa.
Dos propiedades que posee en sí misma la sal son:
-          La de dar sabor a lo desabrido y;
-          La evitar que el alimento se corrompa muy fácilmente si se le coloca en gran cantidad y suficientemente.
La sal se disuelve, se dona y se hace comunión para conseguir una trasformación saludable de su entorno. ¡Hermanos! Hay muchas cosas desabridas en nuestro mundo que dejan un pésimo sabor, o se corrompen porque están viciado de egoísmo, de insolidaridad, de cinismo, de injusticia, de mentira, de inhumanidad, etc. El discípulo de Cristo Jesús está llamado a llevar el sabor del Evangelio a estas realidades desabridas de nuestras vidas, para que los hombres descubran que no se trata de puras acciones humanas sino de la finura y la exquisita presencia de un Dios que se hace presente en cada corazón humano por el testimonio de los hijos de la luz, porque el testimonio de los discípulos ponen también en evidencia como dice san Pablo que la fe está cimentada en el poder de Dios, 1Corintios 2, 5. El mundo por el estilo de vida de los cristianos ha de reconocer que Dios actúa con todo su poder, por eso no hemos de olvidar que cada cristiano esta llamado por Cristo a ser sal luminosa en el tiempo que le ha tocado existir.

sábado, 8 de febrero de 2014

“Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa impartir justicia a tu pueblo y distinguir el bien del mal”
1Reyes 3, 9.
1Reyes 3, 4-13; Salmo 118/119, 9-14;  Marcos 6, 30-34.
El rey dejó la comodidad de su palacio en Jerusalén y se encaminó hacia Gabaón donde se encontraba el santuario principal de su reino, en aquel altar, ofreció sacrificios a YHWH. Y ante esa solicitud del rey el Señor se hizo el encontradizo, Cfr. 1Reyes 3, 4. Aparentemente, es el rey quien toma la iniciativa pero en realidad no es así, pues está escrito:«es Dios quien, según su designio, produce en ustedes los buenos deseos y quién les ayuda a llevarlos acabo», Filipenses 2, 13. Es importante subrayar que la búsqueda del Trascendente está impresa en lo más íntimo de la persona, pues el hombre no sólo es cuerpo sino también espíritu. Y estas dos dimensiones constitutivas de su ser, lo convierte en un ser espiritual y al mismo tiempo en un ser estructuralmente social.
Es así, como podemos constatar que el hombre está facultado para entrar siempre en relación, con Dios, con el mundo, con los hombres. Y es en la medida como establezca dicha relaciones como se refina, se pule, es decir, se perfecciona y se realiza. Porque el hombre será siempre un indigente y necesitará de los otros no sólo para reafirmarse sino para hacerse. El hombre es siempre un ser que vive en tensión, por su cuerpo «al polvo» -tiene hambre, sed, frío, dolor, etc.- pues de allí fue tomado mientras que por su espíritu a Dios porque de Él ha recibido «aliento de vida» -le apasiona la música, la lectura, el arte, el cine, fe, etc.- Cfr. Génesis 2, 7. Por lo que deberá atender siempre estas dos dimensiones sino desea vivir perdido y sin sentido.
Este pasaje de la escritura que estamos meditando nos revela también que YHWH es un Dios relacional, le gusta estar en contacto y plena comunicación con el hombre. Es un Dios que está en apertura y en total escucha. Por tanto, si se le llama responde, habla: «pídeme lo que quieras», 1Reyes 3, 5. Dios habla en la «noche» y en el «sueño», para indicar lo maravilloso y el misterio que representa su comunicación.
En la «noche» donde los sentidos están “dormidos”, en el momento en que se escucha simplemente el respirar y la melodía rítmica del corazón, es decir, cuando el hombre acalle las otras voces, los ruidos, cuando es capaz de escucharse así mismo, cuando ya no le hace rumor y fastidio “la carne” sólo entonces estará en grado de ver a Dios y de escucharlo hablar. En el «sueño», donde la fantasía resplandece, donde no hay imposibles, donde todo puede suceder, donde la fe está a todo lo que da, para indicar que Dios está comprometido con el hombre hasta el fondo, no habla ni actúa fuera del mundo de lo humano. Dios habla siempre y es capaz de verlo y escucharlo quien es capaz de vencer todos los obstáculos. Y en el «sueño» el hombre es invisible, es fuerte, es poderoso, es hombre de fe.
Salomón responde, el diálogo es oración, es encuentro de corazones palpitantes, de voluntades amantes. ¿Pero que pedirle a Dios cuando  las necesidades son muchas? Hay que priorizar, no se puede tener todo en esta vida, así como no se puede disfrutar todo al mismo tiempo como tampoco se pueden saciar simultáneamente todos los anhelos del corazón humano. Saber pedir es saber dar en el clavo, no es atinar, es conocer la dirección correcta. Es pedir “lo básico” para que lo “secundario” pueda acontecer. El rey pide un corazón dócil, es decir, pide la exquisitez de saber escuchar, de dejarse guiar, de obedecer, todo ello para saber hacer y vivir en justicia, Cfr. v. 9. Y ¿tú sabes que te conviene pedir?

viernes, 7 de febrero de 2014

“Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”
Marcos 6, 23.
Sirácide (Eclesiástico) 47, 2-13 NV[gr. 47, 2-11]; Salmo 17/18, 31. 47. 50-51; Marcos 6, 14-29.
¿De dónde tanta generosidad de Herodes que es capaz de dividir su reino sólo por ver bailar a la joven Salomé? ¿Quién es este personaje? «Se trata de Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, que fue nombrado por los romanos tetrarca de Galilea y Perea y gobernó entre los años 4 a. C. al 39 d. C. Era por tanto, el máximo gobernante de Galilea durante el ministerio de Jesús en esta región y solía residir en Tiberíades, ciudad que nunca pisó Jesús», Antonio Rodríguez Carmona.
Herodes quiere ver danzar a Salomé, la hija de Herodías, quizás fascinado por su belleza o sensualidad. No lo sabemos, el texto no lo dice. Pero ¿qué espíritu le domina a tal grado que es capaz de ceder la mitad de su reino? ¿En verdad está en su poder el conceder la mitad de su reino? Es esa actitud de Herodes la que hace preguntarme sobre ¿qué es capaz de hacer el hombre para alcanzar la realización de sus deseos, de sueños, de sus fantasías? Y creo que bien podemos responder: ¡De todo! Y eso desde una perspectiva positiva es bueno y saludable. Pero cuando el precio que se tendría que pagar es una vida humana e incluso algunos valores como la verdad, el respeto, la tolerancia, el perdón, la compasión, etc. ¿Es bueno o al menos legítimo hacer lo posible para conseguir los deseos? ¡Creo que no!
El problema no es que soñemos o nos ilusionemos, la cuestión está en la manera, la actitud con la que emprendemos la consecución de nuestros sueños.

jueves, 6 de febrero de 2014

“Guarda las consignas del Señor, tu Dios...para que tengas éxito en todas tus empresas, adondequiera que vayas”
1Reyes 2, 3.
1Reyes 2, 1-4. 10-12; Salmo 1Crónicas 29, 10-12; Marcos 6, 7-13.
Existe una enseñanza muy antigua que reza así: «guarda el orden y el orden te guardará a ti». Una sentencia que busca que el hombre viva con sentido, con metas y sueños claros que jalonen su historia personal. Vivir con un sentido auténtico significa que la existencia está nutrida de genuinos significados que alejan de nuestro entorno los remordimientos y sentimientos de culpabilidad así como toda clase de frustraciones. Una vida ordenada y armónica que sea el antídoto contra los imprevistos, los cuales son eventos desafiantes que consumen una alta cantidad de energía y que cuando no se afrontan adecuadamente sumergen en la desesperación y en la intranquilidad al sujeto que la padece.
La muerte es de esos eventos que todos hemos de afrontar un día aun cuando no sepamos cuando. Sabemos que un día moriremos pero no pensamos en ello, nos da miedo o temor tocar el tema privándonos de esta manera de poder poner en marcha una actitud preventiva. Y sin embargo, es lícito preguntarse hasta ¿qué punto es posible prever el morir? Quizás nuestra muerte no, pero sí algunos eventos que podrían desencadenarse después de nuestro deceso.
Y la primera lectura nos da mucha luz al respecto. El primer libro de los reyes abre su primer capítulo diciéndonos que David era un anciano, y por más ropa que le echaban encima, no entraba en calor, Cfr. 1Reyes 1, 1. El rey ha llegado a un punto en el que parece que no toma ya las disposiciones de su reino y de su persona. Son otros quienes tienen el atrevimiento de decidir por él. Así por ejemplo, sus cortesanos deciden que para regularle la temperatura corporal al anciano rey sería mejor conseguirle a una joven, Cfr. v. 2; mientras que Adonías su hijo ambicionando el trono se proclamó rey, Cfr. v. 11. Pero es la intervención del profeta Natán y la presión de Betsabé que hacen que el rey vuelva a estar al día y ordene todo como en verdad convenía, Cfr. v. 14ss.
Y lo primero, que realiza es librar al pueblo de la ambigüedad, del temor de las luchas internas que pudiesen acarrear desgracias por la inseguridad de no contar con un heredero al trono. Con un heredero legítimo no sólo se garantiza la paz interna sino que se encamina al pueblo a la prosperidad, al crecimiento y al desarrollo. Con una dinastía fuerte, sólida y consolidada el pueblo se siente protegido y amado, Cfr. v. 34. El anciano rey por las circunstancias tan apremiantes se vio en la necesidad de heredar. La herencia es un patrimonio que deberá ser no sólo cuidado, protegido sino trasmitido adecuadamente para que el esfuerzo y el afán no se torne vano y superfluo. ¡Cuántas familias existen que están desunidas y en pleitos por cuestiones de herencia! Aprendamos a trasmitir lo más valioso que tengamos en pro de una vida en paz y en unidad, de fraternidad y solidaridad.
En segundo lugar, se encuentra el consejo que David da su hijo Salomón: «Guarda las consignas del Señor, tu Dios...para que tengas éxito en todas tus empresas, adondequiera que vayas», 1Reyes 2, 3. Los mandamientos del Señor pretenden ser un camino que le permita al hombre vivir sin grandes obstáculos y sin complicaciones excesivas. Porque los obstáculos y las complicaciones están al orden del día, pero muchas problemáticas son previsibles y totalmente evitables, y eso es lo que pretenden los mandatos del Señor: que se viva sin sobrecargas.
David gobernó cuarenta años en Israel, Cfr. v. 11, pero no nació sabiéndolo, lo tuvo que aprender y dicho aprendizaje implicó errores, horrores, pecados, aciertos, victorias, derrotas, etc. ¡Cuarenta años! Un tejido de experiencias, baluarte donde Salomón puede encontrar refugio para consolidar su reino. Salomón debe tener presente la historia de su pueblo, de su padre para desempeñarse mejor, para orientarse mejor, porque «para trazar la ruta hacia el lugar donde nos dirigimos, es necesario saber de dónde vengo y dónde estoy», Demián Bucay.
El texto señala que «David fue a reunirse con sus antepasados», v. 10 para indicar que murió en paz con todos:
-          Con Dios, pues pidió perdón y enmendó su vida,
-          Con su familia, dejó una herencia que le garantizará estabilidad en todos los aspectos humanos,
-          Con su pueblo, dejó un reino fuerte, estable y a un rey sabio, etc.
No todos tendremos esta dicha de morir dejando todo en orden, estando bien con todos y en casa. ¡Dios nos conceda esta dicha! Necesitamos continuamente pedírselo.

miércoles, 5 de febrero de 2014

“Somos vasijas de barro que necesitamos ser moldeados continuamente para alcanzar perfección y realización humana”
Cugj.CaliϮ.
Sabiduría 3, 1-9; Salmo 123; 2Cor 4, 7-15; Lucas 9, 23-26.
Las vasijas de barro que hemos escuchado en la primera lectura evocan que el hombre ha sido tomado del polvo de la tierra cuando fue creado por Yahvé: «Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo», Génesis 2, 7. El varón como la mujer ha recibido de Dios su existencia, su vida y sólo en Él alcanzará su realización y felicidad. El varón y la mujer han sido llamados a la eternidad por un Dios que es la misma Eternidad. Su cuerpo, el barro del que está hecha la vasija ha recibido aliento de vida y por este maravilloso prodigio se ha convertido el hombre en un ser vivo, pues el aliento de vida  que ha recibido es un “Espíritu Vivificador”.
 Y este “Espíritu vivificador” que ha recibido como don de Dios le hace un ser vivo distinto a los demás creaturas que Dios había hecho con anterioridad. Y gracias a este “Espíritu vivificador” el hombre está llamado a generar vida en todo lo que realiza. Porque el hombre posee por voluntad del Dios creador, el poder de imprimirle a las cosas que salen de sus manos vida. Cuando el hombre trabaja deja parte de su espíritu en lo que hace. Así por ejemplo, cuando compro unos zapatos, no sólo adquiero la mercancía sino parte del “espíritu” del hombre que lo realizó, ese hombre que hizo los zapatos no me conoce pero le hizo bien a mis pies y por eso le estoy agradecido. Pero el hombre está llamado hacer “el bien” sin esperar nada a cambio. El zapatero hizo un bien pero ya sido recompensado por ello, pues ha recibido un salario. Estamos llamados hacer el bien y esperar el pago de nuestras obras no de los hombres sido de Dios. ¡Hermanos! Cuando el varón y la mujer hacen el bien sin ningún otro interés más que la de servir a Dios en sus hermanos manifiestan con claridad y transparencia lo divino que hay en ellos.
Pero la vasija de barro también evoca aquel pasaje del profeta Jeremías, el del taller del alfarero. Donde el profeta descubre que: «a veces, trabajando el barro [el alfarero], le salía mal una vasija; entonces hacía otra vasija, como mejor le parecía. [El Señor le dijo:] Como está el barro en manos del alfarero, así están ustedes en mis manos», 18, 4-6. Teniendo en cuenta este pasaje profético y lo que hemos afirmado líneas arriba, acerca de que el hombre está llamado hacer el bien, nos da pie para subrayar lo siguiente: cuando el hombre siguiendo los impulsos de su corazón, impulsos desordenados que le incitan a obrar el mal y termina haciéndolo, se asemeja a una vasija rota, deforme, que es incapaz de acoger con generosidad al otro. Y cuando el hombre reconoce sus errores y asume como es debido sus compromisos y responsabilidades, esforzándose continuamente por re-componer en la medida de lo posible el daño que ha ocasionado con sus acciones, se asemeja no sólo a una vasija re-construida sino que incluso se parece un tanto al mismo al farero porque re-toma su destino en sus manos con fe, esperanza y nuevas ilusiones de amor.
Y sin embargo, el destino del hombre, su realización y felicidad no dependen únicamente de él, hay muchas variables que juegan un papel determinante en su historia personal y que condicionan dentro de lo posible su estabilidad no sólo física, moral, psicológica, emocional sino también espiritual. Porque si el hombre no está bien consigo mismo no podrá jamás experimentar la auténtica felicidad.
De tal manera, que si el hombre deja que el pecado corrompa lo bueno que hay en él, siempre se verá dividido, no sólo en sí mismo sino también respecto a Dios, al mundo de los hombres y con la naturaleza misma porque todo lo que realizará a partir de este estado de pecaminosidad estará permeado de este mismo espíritu negativo. ¡Cosa inaudita! El hombre puede cometer el pecado pero no puede liberarse por sí mismo de la maldad, necesita de una fuerza más grande, liberadora y que actúe siempre a su favor poniéndole un límite al mal. Esta fuerza liberadora es la gracia de Dios que brota del costado de Cristo Jesús el Señor. De la misma manera, pero en otro sentido, si el hombre experimenta deterioro en su salud física deberá acudir al Médico para que le ayude a resolver su problema. Por estos simples hechos, reconocemos que la realización y la perfección humana no depende únicamente del deseo personal del sujeto sino de la capacidad de relacionarse con los otros –Dios, mundo y hombres– que ante todo deberá ser una sana y equilibrada relación. Por este motivo, reconozco que Dios juega un papel importantísimo en el proyecto personal de vida de cada hombre y de cada mujer de todos los tiempos.
San Pablo nos ha dicho: «Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que esta fuerza tan extraordinaria proviene de Dios y no de nosotros mismos», 2Corintios 4, 7. ¿Qué tesoro llevamos? “El Espíritu de vida”: la fe en Jesús de Nazaret. Esta fe en Jesús de Nazaret es la que nos da la fuerza necesaria para que en medio de los avatares de la vida: que nos colocan en diversas pruebas, en graves preocupaciones, que nos hostigan y persiguen y no nos dan respiro, que nos hacen sucumbir una y otra vez, no seamos derrotados, aplastados, ni nos sintamos desamparados ni aniquilados, Cfr. v. 8-10.
Creer en Jesús de Nazaret no significa que estemos libres de sufrimiento, sino que el dolor y las encrucijadas de la vida se asumen desde una nueva perspectiva, desde la fe, desde la esperanza, desde el amor de Dios que está con nosotros. Creer en Jesús de Nazaret es seguirle por el camino de la Cruz. La fe en Jesús de Nazaret requiere de la respuesta libre y amorosa del hombre. A Jesús de Nazaret no se le sigue para que nos de libertad sino en libertad. Porque libres somos, el Señor Dios pagó nuestro rescate con gran precio, la sangre preciosa de su Hijo Amado: Jesús de Nazaret. El Hijo de Dios va con nosotros, Él así lo ha querido, y lo ha dejado ver al asumir nuestra naturaleza humana, al hacerse uno como nosotros, en Jesús de Nazaret Dios se ha unido de tal manera al hombre que ya no puede separarse del hombre ni de la mujer, aunque estos vayan por caminos distintos al querer de Dios.
¡Hermanos! En Jesús de Nazaret descubrimos el camino de regreso a la casa del Padre, de ese Dios creador. Descubrimos como Dios desea que hagamos el bien en cada instante y momento de nuestra existencia terrena. El Dios creador en Jesús de Nazaret nos presenta el modelo para hacer el bien, para infundir en cada actuación el “espíritu que da la vida”. Por eso hemos escuchado decir a Jesús: «Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga», Lucas 9, 23. Jesús dice:
-          No se busque a sí mismo, es decir, el hombre está llamado actuar no por impulsos de sus más íntimos, legítimos y buenos caprichos, ni tampoco sólo por la realización de sus propios intereses, sino que está llamado actuar siempre para hacer el bien al otro, para enriquecerlo, ayudarlo a ser mejor cada día. Está llamado a vivir en total apertura al prójimo.
-          Tome su cruz de cada día, afrontando su realidad y re-descubriendo en ellas la voluntad de Dios. Las cosas no pasan así porque sí. La realidad misma nos ayuda a madurar, a crecer, a forjarnos. “El chiste” reside en saber abordarlo desde la plataforma adecuada, desde una perspectiva positiva. Desde la manera como Dios lo ve. En el nombre de Jesús el hombre está llamado a remar en el mar de la vida. Tomar la cruz es renunciar hacer el mal y esforzarse por hacer el bien.
-    Me siga, vamos detrás de Jesús, Dios sabe lo que nos conviene y el camino por donde podemos sacar mejor provecho. El sendero por donde podemos realizarnos eficazmente. 

lunes, 3 de febrero de 2014

“La historia de David es también la historia de cada hombre y de cada mujer”
Cugj.CaliϮ.
2Samuel 15, 13-14. 30; 16, 5-13a; Salmo 3, 2-7; Marcos 5, 1-20.
Dios ha perdonado a David su pecado pero eso no le libra de experimentar en carne propia la osadía de su rebeldía, pues hemos de reconocer que todos los actos humanos son generadoras de consecuencias. Y son dichas consecuencias que harán beber al rey el trago amargo del sufrimiento. Sus malas acciones propiciaron que cayeran desgracias sobre su propia casa:
-          Mató a Urías, el hitita, con la espada amonita por ese motivo la espada no se apartará jamás de su casa, Cfr. 2Samuel 12, 10. Ha sembrado muerte y cosechará con abundancia.
-          David traicionó a Urías a escondidas, ahora él será traicionado por uno de su misma sangre en pleno día y todo el pueblo de Israel lo verá, Cfr. v. 11-12.
-          Al saber que el hijo que le dio la mujer de Urías moriría, Cfr. v. 14 será el detonante que impulse a David a la oración y a la penitencia.
Pero en el fondo de estas desgracias que el rey ha de afrontar hay un aspecto pedagógico interesante. No se trata de una venganza o castigo divino, si no más bien de un aprendizaje de tipo penitencial. Deberá asumir la penitencia impuesta no sólo como resignación sino también como una manera concreta de purificar su corazón. En la penitencia el hombre debe comprender que el pecado siempre destruirá al hombre, le hará sufrir y le marginará a una existencia vacía, sedienta, desnuda y en soledad. Con la penitencia David emprende el camino de retorno al Señor, es un camino doloroso, sólo Él sabe el peso de la carga y ninguno puede consolarlo. El pasaje que hemos escuchado en la primera lectura nos sitúa ya en el proceso de la experiencia penitencial de David.
David tuvo muchas mujeres y por lo tanto muchos hijos e hijas. Su penitencia inicia precisamente en el seno familiar. Su hijo Absalón tenía una hermana muy hermosa llamada Tamar, Cfr. 2Samuel 13, 1. Pero otro hijo de David el primogénito, llamado Amnón se enamoró de ella y la violó, Cfr. v. 14. Absalón decidió matar a Amnón y luego se fugó, Cfr. v. 33-34.  Con el tiempo regresó a Jerusalén e inició la conspiración y se proclamó rey de Hebrón, Cfr. 2Samuel 15, 10.
De ahí, que hayamos escuchado en la primera lectura que David huye pero no por miedo afrontar a su hijo Absalón, sino porque reconoce que esta lucha por el reino, por sustentar el poder acarreará más muerte, David teme por los habitantes de la ciudad, por su pueblo, Cfr. v. 13-14. Reconoce que cuando los intereses son sólo personales que necesidad hay de hacerles pagar a terceros, y sobre todo cuando estos terceros son gente inocentes. 
En esta actitud de David encontramos mucha luminosidad porque el proceso penitencial tiene como metido la reparación, la purificación, la restauración no sólo del corazón del hombre que ha errado y pecado sino también de las realidades temporales que sufrieron violencia por dichas acciones negativas.
Y el primer cambio que está suscitando el proceso penitencial en el corazón de David es el abandono de sí mismo, está venciendo su egoísmo, los otros ya no son indiferentes ahora están en el primer plano de los intereses del rey. Si el egoísmo en una primera instancia había separado al rey del pueblo, ahora en cambio, el sufrimiento del rey es también sufrimiento del pueblo, pues hemos escuchado decir que: «David iba llorando, con la cabeza cubierta y los pies descalzos. Todos sus acompañantes iban también con la cabeza cubierta y llorando», v. 30. Rey y pueblo son uno.
Hay otro aspecto que la huida de David nos enseña, la humildad con la que asume su partida, ya no se esconde ni busca el refugio en la apariencia, lo que está padeciendo es del conocimiento de todos. Asume la verdad de la situación a pesar de que es muy dura. Pero cosa insólita no está solo, ahora su pueblo está con él. Por eso puede asumir como es debido la situación, pues el texto nos señala que mientras iban de camino un hombre de la familia de Saúl llamado Semeí los insultaba, los maldecía y les arrogaba piedras, y los soldados y el pueblo se agruparon para protegerlo, Cfr. 2Samuel 16, 5-8.
El rey es amado y por esa manifestación de compasión no sólo soporta la humillación y los insultos sino que también es capaz de reconocer que es el Señor quien ha permitido que todas estas cosas sucedan. David hace una lectura de su situación no sólo como consecuencias de su actuar negativo sino como una poderosa intervención de Dios que puede sacar lo mejor del hombre aún en situaciones extremas, es decir, David reconoce que los insultos y las humillaciones pueden ser muy provechosas si dejamos que sea Dios quien las convierta en bendiciones, Cfr. v. 10-12. En ese sentido, David ha aprendido, aunque muy tarde, que es mejor sufrir la injusticia que provocarla. Pero es precisamente en este punto donde destella mejor la luz, David ahora confía en Dios y espera que Él se compadezca de su situación y la cambien.
¿Cuantos hombres y mujeres han pasados por momentos oscuros y repletos de sufrimientos? Creo que no existe ninguno que no haya pasado por estas situaciones. Por eso, la historia de David es también la historia de cada hombre y de cada mujer. No importa aquí si lo hemos experimentado como inocentes o culpables. Lo que interesa es que estamos llamados a rectificar, a retomar el rumbo y empezar de nuevo mientras la vida terrena nos dure, a saber responsabilizarnos de nuestros actos con humildad, con resignación, con esperanza, con fe y mucho amor. Lo que importa es tener el coraje, la fuerza y la valentía para reconstruir lo que quizás hemos derrumbado o levantar aquello que también hemos dejado caer; de reconocer nuestros errores y pecados, aceptando corregirlos y confesándolos porque cuando hacemos esto nos liberamos y caminamos más ligeros, recuperamos no sólo las energías sino también la salud física y espiritual.