sábado, 16 de enero de 2016

“Este es el hombre de quien te he hablado. Él gobernará a mi pueblo”
1Samuel 9, 17.
1Samuel 9, 1-4. 10. 17-19; 10, 1; Salmo 20/21, 2-7; Marcos 2, 13-17.
El rey es el ungido del Señor por eso escuchamos que Samuel «tomó el cuerno donde guardaba el aceite y lo derramó sobre la cabeza de Saúl», 1Samuel 10, 1. Saúl se convierte en el primer rey del pueblo de Israel y con él el Señor cumple la petición del pueblo: «Queremos tener un rey y ser como las demás naciones», 1Samuel 8, 20. Lo bello de esto es la libertad con la que actúa el hombre, Dios respeta esa libertad y continúa viendo de cerca el desenvolvimiento de la historia de la humanidad. Podrá errar el hombre, cometer injusticias y pecados, pero Dios no se aleja, está más cerca que nunca.
¿Pero qué significa ser el ungido del Señor? ¿Qué debemos entender de qué sea Dios quien elija un hombre como rey de Israel? Siguiendo detenidamente la narración del texto que señala la elección de Saúl como rey de Israel, podemos afirmar que “ungido del Señor” significa separación, apartado del resto de la comunidad de los hombres, consagrado a Dios, hombre que está permeado por el espíritu de Dios, pues se dice: «El espíritu de Dios invadió a Saúl, y este cayó en trance profético», 1Samuel 10, 10. Dios elije a Saúl como rey de Israel, porque Israel es el pueblo de Dios. Así que el rey debería representar a Dios en su modo de gobernar, deberá mantener unido al pueblo, procurará su bienestar, su prosperidad y seguridad, se trata pues de un servicio amoroso al pueblo por eso después de ser ungido Saúl como jefe de Israel se le dijo: «y lo librarás de los enemigos que lo rodean», v. 1.
Dios ha elegido al soberano adecuado para su pueblo, aunque el texto señale que Saúl era «joven y de buena presencia…apuesto…alto», 1Samuel 9, 2 de ningún modo debemos intuir que solamente se le haya elegido por sus cualidades naturales. Las cualidades de un líder son importantes, pero no fundamentales como el de realizar la voluntad de Dios. Es de elogio el saber que fue elegido dentro de los clanes menos importantes de las tribus de Israel, de una familia pobre y que pasaba desapercibida por no ser de renombre, Cfr. v. 21. Y que primero es su elección y unción por parte de Dios en privado y muy posterior la elección pública ante todas las tribus de Israel, Cfr. 1Samuel 10, 20-27.
Dios no se equivocó al elegir a Saúl como rey de su pueblo. Dios le concedió a Saúl la fuerza necesaria, es decir, le concedió su gracia para que pudiera amar a su pueblo, porque sólo con amor es posible el servicio, por eso el texto es muy claro cuando dice que después de que Samuel lo ungió y le dijo algunas cosas: «Dios le cambió el corazón; y aquel mismo día se cumplieron todas las señales» que le refirió el profeta Samuel para que constatara que Dios lo había ungido como jefe de su pueblo Israel, v. 9.
Las mulas que nunca encontró parecen presagiar la duración del reino de Saúl. Las mulas fueron encontradas, pero no por él. La gran responsabilidad que tiene en manos el rey Saúl es una empresa que no podrá realizar adecuadamente si se aparta de los mandamientos divinos.
Es Dios quien garantiza la consecución de los proyectos, los talentos humanos juegan un papel importante pero no son suficientes si Dios no mueve los hilos de la historia. Dios, pues, continúa gobernando porque es el Señor dueño de todo por eso dice el Salmista: «Tu victoria, Señor, le ha dado fama, lo has cubierto de gloria y de grandeza», Salmo 20/21, 6.
 Dentro de las muchas tareas y deberes que tenía el rey, resalta una, cuidar que la fe en el Dios vivo permaneciera incorrupta. Y la manera de lograrlo es obedeciendo las prescripciones de la ley. Y los mandatos que el Señor da a través de sus profetas. Por tanto, el rey es responsable del culto. Y el pueblo debe aprender a realizarlo debidamente. Cosa que no cuidará Saúl.

viernes, 15 de enero de 2016

“Hazles caso y que los gobierne un rey”
1Samuel 8, 22.
1Samuel 8, 4-7. 10-22; Salmo 88/89, 16-19; Marcos 2, 1-12.
«Hazles caso y que los gobierne un rey», 1Samuel 8, 22 dijo Yahvé Dios al profeta Samuel. Y aquí descubro que nuestro Dios está atento a lo que acontece en la historia de su pueblo, y no se aparta de él, aun cuando el pueblo lo rechace, pues ha quedado claro que el pueblo no quiere ser gobernado por un Dios al que no ve, al que no puede tocar, escuchar de viva voz, al que no puede sentir en los momentos más dramáticos de la vida del pueblo, pues son esas las justificaciones que los ancianos presentan a Samuel: «queremos tener un rey y ser también nosotros como las demás naciones. Nuestro rey nos gobernará y saldrá al frente de nosotros en nuestros combates», v. 19-20.
Los ancianos al pedir un rey apuestan por la estabilidad político-militar de Israel. Quieren asegurar que la nación israelita tenga una cabeza que los guíe en el campo de batalla, que trace el caminar del pueblo hacia la prosperidad y el desarrollo interno, garantizando sobre todo con la justicia y la paz el bien común del pueblo, y eso lo justifican en el comportamiento de los hijos de Samuel, Joel y Abías: «Mira, tú ya eres viejo y tus hijos no siguen tus ejemplos», v. 5. Los hijos de Samuel «se volvieron ambiciosos, y se dejaron sobornar, y no obraron con justicia», v. 3. Hasta este punto lo que están pidiendo los jefes del pueblo israelita es razonable y plausible.
“Queremos…ser también nosotros como las demás naciones” es otra justificación que los ancianos dicen a Samuel. El rey se transformaría en el símbolo viviente de la identidad del pueblo. Israel dejaría de ser una confederación de tribus, cada una con su jefe, para llegar a ser una nación constituida en un único reino y un sólo gobernante. Y aquí está el centro de la cuestión sobre todo porque Israel ya tiene rey, así lo expresa el salmo: «¡Nuestro rey es el Santo de Israel!», 88/89, 19 por eso hemos escuchado en la primera lectura que el Señor le dice a Samuel: «Dale al pueblo lo que te pide, pues no es a ti a quien rechazan, sino a mí, porque no me quieren por rey», 1Samuel 8, 7.
Y es cuando Samuel expone detalladamente advirtiéndoles lo que sucederá si Israel desea tener un rey: se convertirán en súbditos, esclavos y no gozarán de entera libertad, además de que tendrán que obedecer las leyes que el rey promulgue so pena de muerte, Cfr. vv. 11-18 «el pueblo, sin embargo, se negó a escuchar las advertencias de Samuel y gritó: “No importa. Queremos tener un rey”», v. 19. Es curioso, pero pronto olvidaron que Samuel era un profeta acreditado por Dios y siempre se cumplían sus palabras, Cfr. 1Samuel 3, 19-20. Y sucederá lo que Samuel vaticinó a los ancianos para desgracia del pueblo.
El pueblo de Israel despreció al Rey rico en misericordia por reyes despiadados, se apartó de la ley de Dios para sentir el peso de la ley de gobernantes caprichosos, no quiso vivir en libertad de hijo de Dios y prefirió vivir como esclavo y siervo de hombres. ¡Qué cosa tan dramática! Hoy urge discernir y saber tomar decisiones que en verdad sean beneficiosas no sólo para la persona sino para la propia comunidad.
¡Qué responsabilidad tienen los líderes! Y aquí está el secreto. El problema de la injusticia no es que Dios esté ciego o no se dé cuenta de lo que acontece en la vida del pueblo o qué esté ausente o lejano o indiferente de la vida del hombre. ¡No, eso no es la cuestión!
La cuestión es que el hombre se empeña a proyectar un mundo, hacer una historia, a construir un reino, una comunidad, una familia, despaldas o sin Dios que es el garante de toda dignidad humana.
Y no tiene en cuenta que sin el respeto a la dignidad de la persona humana no puede establecerse el derecho, ni la justicia, ni la paz. Y eso pone en riesgo el progreso del pueblo y el bienestar de la población.
Si Dios no inspira los pensamientos, los sentimientos, las intenciones y las obras de los hombres nunca se podrá vivir justamente. Samuel era un hombre imbuido por el espíritu de Dios por eso pudo realizar siempre acciones concretas a favor del pueblo. Se podrá tener un hombre bueno y con muchas cualidades para que administre el derecho en el pueblo, pero si no tiene el espíritu de Dios ese hombre tarde que temprano se corromperá como le sucedió algunos sacerdotes, jueces y reyes del pueblo de Israel.

jueves, 14 de enero de 2016

“¿Por qué te nos escondes? ¿Por qué olvidas nuestras tribulaciones y miserias?”
Salmo 43/44, 25.
1Samuel 4, 1-11; Salmo 43/44, 10-11. 24-25; Marcos 1, 40-45.
«¿Por qué te nos escondes? ¿Por qué olvidas nuestras tribulaciones y miserias?», Salmo 43/44, 25 es la lamentación que eleva el Salmista a quien solamente puede responderle: Dios. El Salmista en su oración expone su causa, y reconoce que el sufrimiento, la humillación, la devastación y derrota que sufre el pueblo no es como consecuencia de haber abandonado el pacto con Dios, pues afirma: «Esto que nos ha pasado no fue por haberte olvidado. ¡No hemos faltado a tu alianza!», v. 18. Pone de manifiesto más bien, que la catástrofe que se padece es por vivir una vida de auténtica piedad religiosa, por eso dice: «por causa tuya estamos siempre expuestos a la muerte; nos tratan como a ovejas para el matadero», v. 23. El pueblo israelita está sufriendo persecución religiosa a causa de su fe en Yahvé. El pueblo camina rumbo al martirio. Por eso, elevan una súplica confiada y gritan al Señor: «¡Levántate, ven a ayudarnos y sálvanos por tu gran amor!», v. 27. Con esta petición termina el lamento del hombre de fe, sabiendo que su Señor y Dios no lo abandonará y espera confiado aquello que dice el Salmo: «Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia quienes lo odian», 67/68, 2.
Muy diversa es la situación que evalúan los ancianos del pueblo de Israel al constatar que habían perdido cuatro mil soldados en batalla contra los filisteos: «¿Por qué permitió el Señor que nos derrotaran hoy los filisteos?». No responden a la pregunta sólo realizan un consenso y determinan que era necesario que el Arca de la Alianza fuera con ellos a la batalla para que pudieran derrotar a sus enemigos, 1Samuel 4, 3. Pero el desastre fue peor, Israel fue derrotado y perdió treinta mil soldados, el Arca de Dios fue capturada y murieron dos sacerdotes, cuyos nombres son los únicos que aparecen en la narración junto al de Elí que era su padre, Jofní y Pinjás, Cfr. v. 10-11.
Hay una primera enseñanza que se desprende de la actitud de los ancianos de tomar el Arca de la Alianza como un talismán u objeto de poder. Dios rechaza ser utilizado por superstición porque de esa forma el pueblo está a un paso de la idolatría y de lo que es peor aún, de la práctica de la magia o hechicería, y eso es lo que prohíbe muy claramente la ley: «No practicarán la adivinación ni la magia. No acudan a los espíritus de los muertos no consulten adivinos. Que darán impuros», Levítico 19, 26. 31.
Una segunda enseñanza se desprende de la muerte de los hijos de Elí, Jofní y Pinjás. La historia de estos hombres la encontramos a partir del versículo doce del capítulo dos del primer libro de Samuel, la cual dice: «Los hijos de Elí eran unos malvados, y no respetaban al Señor ni las obligaciones de los sacerdotes con la gente. En cuanto a Elí, era ya muy viejo, pero estaba enterado de todo lo que sus hijos les hacían a los israelitas, y que hasta se acostaban con las mujeres que estaban de servicio a la entrada de la tienda del encuentro», 1Samuel 2, 12-13. 22. Un día llegó un profeta a visitar a Elí y le dijo que por haber despreciado al Señor al no corregir a tiempo a sus hijos su descendencia iba hacer arrancado de raíz, sus dos hijos iban a morir el mismo día y que nadie de su familia llegaría a viejo y la mayoría de su descendencia moriría a espada, Cfr. vv. 27-34. En esa historia hay una frase que el profeta le dice a Elí de parte del Señor que bien puede ayudarnos a entender por qué Dios permitió que su pueblo fuera masacrado y es la siguiente: «porque yo honro a los que me honran y serán humillados los que me desprecian», v. 30.
Y ese pasaje me hace recordar uno fragmento del Nuevo Testamento, donde Jesús nos dice: «Muchos me dirán: ¡Señor, Señor! ¿no hemos profetizado en tu nombre? ¿No hemos expulsado demonios en tu nombre? ¿No hemos hecho milagros en tu nombre? Y yo entonces les declararé: Nunca los conocí; apártense de mí, ustedes que hacen el mal», Mateo 7, 22-23.
De todo lo anterior, podemos concluir, que el pueblo se había corrompido, sus ancianos y líderes religiosos se habían olvidado de cultivar el auténtico culto al Señor, y sus ofensas fueron gravísimas dignas de una gran purificación o lección.
El culto a Dios debe ser como el mismo Jesús explicó a la Samaritana «en espíritu y en verdad», Juan 4, 23, es decir, con todo el corazón. Donde el corazón es el punto neurálgico del que brotan las intenciones, sentimientos y decisiones de los hombres. Así que Dios desea ser amado con toda la potencialidad de tu ser. Porque Él quiere estar en tus pensamientos, en tus sentimientos, en tus acciones de cada día.  Él quiere un trato digno, donde incluso el hombre cultive su relación con el Señor y se atreva a vivir su condición filial con el Padre, la fraternidad con el Hijo y la amistad con el Espíritu Santo. En otros términos, a Dios se le ama no se le utiliza o manipula. A Dios se le sirve y se le adora, pero no se le engaña o chantajea. La actitud del hombre hacia Dios debe ser honesta y santa.


miércoles, 13 de enero de 2016

“No he cerrado mis labios, tú lo sabes, Señor”
39/40, 10.
1Samuel 3, 1-10. 19-20; Salmo 39/40, 2. 5. 7-10; Marcos 1, 29-39.
«No he cerrado mis labios, tú lo sabes, Señor» dice el Salmista, y es una frase que muy bien quedan en los labios de nuestro querido Jesús, pues el evangelio de Marcos nos narra que «recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios», Marcos 1, 39.
Jesús predica una palabra que pone al mismo tiempo en práctica. Y lo hace, eficazmente, porque primero la escucha, hace un alto en el camino, o bien, se da el tiempo y el espacio para atender con suma atención la voz del Padre que continuamente le habla. El texto señala que «de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar», v. 35. Le resta tiempo al descanso que es tan importante para recuperar las fuerzas desgastadas por el trabajo del día. Asombra que sale de su cotidianidad y busca el silencio, se aleja de la distracción o de la posible interrupción. Privilegia un espacio íntimo, a solas, él y su Padre, su Padre y él. Y lo dirá en una ocasión: «cuando tú vayas a orar, entra en tu habitación, cierra la puerta y reza a tu Padre a escondidas. Y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará», Mateo 6, 6.
En el silencio, interior y exterior, la palabra cobra fuerza, y se actualiza, se comprende y se vive. Sólo callando es posible iniciar el diálogo como bien lo enseña el profeta Eliseo: «Entró, cerró la puerta y oró al Señor», 2Reyes 4, 33 y lo confirma la actitud de la Virgen Madre: «María conservaba y meditaba todo en su corazón», Lucas 2, 19. En el silencio y en la oración el profeta se fragua porque no dirá lo que se le ocurra, lo que piensa, sino sólo aquello que el Señor le revele pues su predicación debe estar sustentada, como explica la primera lectura: «Samuel creció y el Señor estaba con él. Y todo lo que el Señor le decía, se cumplía», 1Samuel 3, 19.
Hoy muy bien podemos decir que «la palabra de Dios se [deja] oír raras veces», v. 1 con aquella fuerza con que los profetas la anunciaban antiguamente; pareciera que la palabra a perdido su eficacia porque ya no es capaz de convertir ni de expulsar demonios o de hacer milagros. Pero creo que todo es sintomático porque quien hoy profetiza habla por hablar, y no se cumple aquello que san Pablo dice: «quien profetiza habla a hombres edificando, exhortando y animando», 1Corintios 14, 3. Los profetas de hoy, no edifican confunden, no ponen bases sólidas sino corrientes perversas; no exhortan, se congratulan con sus oyentes para no perder favores y se convierten en permisivos por no decir en “alcahuetes”; no animan, porque implica trabajar arduamente y prefieren el confort.
Pero sobre todo no hay profetas acreditados del Señor, como lo fue Samuel, porque ya no oran, y como no oran no escuchan lo que el Padre eterno tiene que decirle a él y a su pueblo, se han vuelto débiles porque son perros mudos como explica el profeta Isaías: «Fieras salvajes, vengan a comer; fieras todas de las selvas: que los guardianes están ciegos y no se dan cuenta de nada, son perros mudos incapaces de ladrar, vigilantes tumbados, amigos de dormir, son perros con un hambre insaciable, son pastores incapaces de comprender; cada cual va por su camino y a su ganancia, sin excepción», 56, 9-11. Que el Señor perdone a sus pastores porque han callado cuando han debido gritar, son cómplices de la matanza a granel que están haciendo las fieras en el rebaño del Señor.
“Al Señor se lo pedí”
1Samuel 1, 20.
1Samuel 1, 9-20; 1Samuel 1, 2, 1. 4-8; Marcos 1, 21b-28.
Hay un dicho popular en nuestro pueblo “Dios no cumple antojos ni endereza jorobados” pero al leer la historia de Ana parece que queda desmentido este refrán. Ana era una mujer estéril, se encontraba en una relación amorosa poco edificante, pues era una de las dos mujeres que Elcaná tenía. Y «Peninná, su rival, se burlaba continuamente de ella a causa de su esterilidad y esto sucedía año tras año, cuando subían a la casa del Señor. Peninná la humillaba y mortificaba, y Ana se ponía a llorar y no quería comer», 1Samuel 1, 8. El texto nos refiere que su dolor provenía del hecho de no poder ser madre. Pero la experiencia nos enseña lo que implica estar en una relación amorosa donde sabes que siempre serás “la otra”, ese tipo de relación desgasta, frustra y hace sentir a la persona no realizada.
Llama la atención que ella desea ser madre, y no el hecho, de que desee quedarse con Elcaná. Ella quiere tener un hijo, sin preguntarse quizás si su relación con ello mejorará o los pleitos con la rival se encrudecerán. Hoy en día ese “yo quiero” termina por matar el amor en la pareja. Se quiere un hijo, pero se olvida muy fácilmente de los condicionamientos necesarios que se requieren para que pueda existir un desarrollo saludable de los hijos.
Si Ana hubiese vivido en nuestros tiempos me pregunto: ¿le hubiera dirigido a Dios su petición o la veríamos tocando la puerta de algún laboratorio para que le “hicieran el milagrito”? Porque si prescindiese de Dios quedaría asentado que los hijos no son ya un don de Dios si no productos del querer humano, “hijos a la carta”. Lo cierto es, que la situación de Ana es embarazosa y su petición resulta ser una cuestión de ética.  
Pero desde la perspectiva religiosa la petición de Ana manifiesta un deseo de cambio. Para la mentalidad semítica los hijos son una bendición y el no tenerlos una maldición originada por el pecado y como consecuencia del castigo divino: «los hijos que nos nacen son ricas bendiciones del Señor» afirma el Salmista, Salmo 126/127, 3. Si a Ana Dios le cambia su oprobio escuchándole y atendiendo su petición: ¿mejorará su relación amorosa con Elcaná, se llevará mejor con Peninná? ¿Son necesarios los hijos para llevarse bien con el prójimo? ¿No será acaso que surgirán otros inconvenientes que se deberán resolver?
Lo maravilloso de la narración bíblica es lo iluminadora que resulta a la hora de enseñarnos. Ana representa la infertilidad del pueblo de Dios. Y la que es fértil está dominada por la envidia, el rencor y la soberbia. Elcaná es un infiel, tiene el corazón dividido. Elí, sacerdote del Antiguo Testamento viejo, cansado, insensible y lleno de prejuicios. Los hijos de Elí, Jofní y Pinjás, sacerdotes también son corruptos, déspotas y autoritarios. Este contexto pone en relevancia aquella frase que capítulos posteriores con la vocación de Samuel se dirá: «la palabra de Dios se dejaba oír raras veces y no eran frecuente las visiones», 1Samuel 3, 1. Dios habla hoy y hablará siempre, lo que hace falta es quien deje de hablar o de balbucear y se detenga a escuchar con atención y verdadera disponibilidad. El hombre está enfrascado en su problemática y suele pensar que es el único al que le suceden cosas malas, que no hay ninguno en el mundo que la esté pasando mal. ¡Y no es así! Hay muchos que están en peores situaciones. Nuestra oración (nuestras peticiones pues la mayoría de veces a eso se reduce la oración) debe dejar de ser circunscrita al ámbito personal para convertirse en un acontecimiento comunitario. Ana ora, pide un hijo, pero dice: «yo te lo consagraré», 1Samuel 2, 11, es decir, lo pondré a tu servicio para que él te sirva en sus hermanos.

“Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio”
Marcos 1, 15.
1Samuel 1, 1-8; Salmo 115/116, 12-14. 17-19; Marcos 1, 14-20.
El Mesías de Dios después de haber sido bautizado por Juan en el Jordán es impulsado por el Espíritu Santo al desierto, donde permaneció cuarenta días y fue tentado por Satanás, el cual fue derrotado porque Jesús confirma su opción por el proyecto de Dios en claro contraste con la opción que tomó Adán y Eva en el paraíso, Cfr. Marcos 1, 9-14.
Ahora le vemos en Galilea dando a conocer la buena noticia que trae de parte de Dios: el evangelio de la misericordia para los pecadores y el evangelio de la alegría para los pobres. No se tratan de dos evangelios distintos sino de uno solo: Dios los ama.
Jesús dice: «Se ha cumplido el tiempo y el reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio», v. 15.  Cuando Jesús dice “se ha cumplido el tiempo” da entender que Dios Padre es una persona de palabra, cabal, es decir, que se comporta siempre con honradez y rectitud, de una sola pieza y que cumple puntualmente sus promesas, como canta el Salmista: «el que no retracta lo que juró aun en daño propio», Salmo 14/15, 4. Se ha cumplido el tiempo porque el Señor ha enviado al Mesías prometido, y es su propio Hijo, Jesús de Nazaret, el cual es el Cordero inocente que morirá para rescatar a sus hermanos de la esclavitud del pecado, de las garras de la muerte y del dominio de Satanás y muy bien pueden aplicársele las palabras del Salmo: «Cumpliré mis promesas al Señor ante todo su pueblo. Te ofreceré con gratitud un sacrificio e invocaré tu nombre», 115/116, 14. 17.
Y aquí está la primera enseñanza de la predicación de Jesús que hemos de poner en práctica, la de ser hombres que respaldemos siempre nuestras palabras con actitudes y acciones concretas. Decimos tantas cosas y a veces ninguna de ellas se apega a la verdad. O somos simplemente inconstantes que dejamos todo a medias o mal hechas. El Señor nos enseña a cumplir con los proyectos, a cerrar ciclos para no frustrarnos y desilusionarnos. Pienso, por ejemplo: en los juramentos que los hombres hacen por piedad al Señor, en el pacto nupcial que los contrayentes realizan el día de su boda, en la consagración de las religiosas (os), en las promesas sacerdotales, en el regalo o vacaciones que los padres prometen a los hijos y no cumplen, etc.
“El reino de Dios ya está cerca” porque quien recibe el mensaje del Mesías abre la posibilidad de que una mente, un corazón, una persona cambie no sólo su visión de ver las cosas sino la manera como venía desarrollando incluso sus relaciones interpersonales y todas y cada una de sus obras. El reino de Dios, llega a la tierra y se hace realidad, primero porque Jesús mismo es el Reino de Dios y sobre todo porque con su presencia lo inaugura; segundo, porque quien cree en Jesús y en el que lo ha enviado extiende con su modo de vivir su fe el reino de los cielos.
“Conviértanse” es la llamada que Jesús continuamente hace a todo hombre. Siempre habrá algo que cambiar en la vida. Es prácticamente insertarse en un movimiento continuo de cambio, es adentrarse cada día en un proceso de restauración personal y comunitariamente. Considero que el examen de conciencia al final de la jornada es importante para analizar y reconocer en qué aspectos de la vida hemos de imprimir el cambio, que actitudes debemos mejorar al momento de realizar nuestras labores cotidianas. Pero la conversión no es un movimiento o punto de quiebre a la ligera ni en cualquier dirección, al menos para el cristiano y el hombre de fe, es como explica el Salmista: «Tu rostro buscaré, Señor: no me ocultes tu rostro», Salmo 26/27, 8-9. Se trata pues, de identificar en qué momentos de la jornada se hizo la voluntad de Dios y en dónde solamente nos dejamos guiar por nuestras propias convicciones y determinaciones sin tener en cuenta que el Señor, es el Dios de la vida, es decir, el garante de que los proyectos puedan llegar a feliz término y que sean totalmente buenos.
“Y crean en el Evangelio”. Jesús mismo es la buena noticia de Dios, Él mismo es el Evangelio viviente. Creer en el Evangelio es creer en él. Y creer en él es también creer en el Padre que lo ha enviado, pues está escrito: «Les aseguro que quien oye mi palabra y cree en aquel que me ha enviado tiene vida eterna y no es sometido a juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida», Juan 5, 24. Descubrimos entonces que el Evangelio de Jesús, es el evangelio de la vida eterna, por eso, es una buena noticia. Y esto debe cuestionar profundamente al cristiano de hoy, pues está llamado a tener confianza en Jesús y en su mensaje de salvación. El cristiano no debe ser un oyente olvidadizo, las palabras de Jesús deben informar toda su vida, para que pueda permanecer en él, ya que se nos dice: «quien dice que permanece con Él ha de vivir como él vivió», 1Juan 2, 6. La vida del cristiano manifestará si en verdad su fe en Jesús el Hijo de Dios es auténtico.

sábado, 9 de enero de 2016

“Dios nuestro Salvador mostró su bondad y su amor por la humanidad…por pura misericordia nos salvó”
Tito 3, 4. 5.
Isaías 40, 1-5. 9-11; Salmo 103/104, 1-4. 24-25. 27-30; Tito 2, 11-14; 3, 4-7; Lucas 3, 15-16. 21-22.
Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor Jesús y debemos preguntarnos sobre el significado que tiene para el cristiano hoy celebrar este acontecimiento íntimo de la vida de Jesús. Considero que debe ser una celebración que nos permita en un primer momento recordar el motivo por el cual Dios se ha hecho hombre y en un segundo momento los beneficios que trajo su venida en la carne a la humanidad.
El Señor Dios quiso personalmente acompañar a su pueblo, tomar en sus propios brazos a los hombres y experimentar de primera mano sus penas y sufrimientos, sus alegrías y esperanzas. Dios ha querido consolar al hombre solidarizándose con él, y sobre sus hombros cargar con cada hombre el peso que la desobediencia de Adán y Eva desencadenaron sobre sus hijos. Por eso el profeta Isaías en la primera lectura explica: «Aquí está su Dios…Como pastor apacentará a su rebaño; llevará en sus brazos a los corderitos recién nacidos y atenderá solícito a sus madres», 40, 11.
La figura que el profeta da de Dios es la de un pastor que por ser solícito inspira ternura y da seguridad. Y revela así la bondad que el Señor tiene por la humanidad por eso afirma: «Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán», v. 5. La gloria del Señor es su bondad y se manifiesta como explica san Pablo en la Salvación que Dios ofrece en la persona de su Hijo Amado, el cual es «Dios y Salvador», esperanza de los hombres de todos los tiempos, Cfr. Tito 2, 13. Por tanto, la Salvación que Dios ofrece consiste específicamente:
En el perdón de los pecados: «Él se entregó por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificarnos», v. 14 con ello indica el apóstol un nuevo comienzo, o como poéticamente refiere el Salmista: «Envías tu espíritu, que da vida, y renuevas el aspecto de la tierra», Salmo 103/104, 30. Con su perdón Dios retira de los hombros de los hombres la esclavitud que lo conducía a la muerte, pues está escrito: «el salario del pecado es la muerte; mientras el don de Dios, por Cristo Jesús Señor nuestro, es la vida eterna», Romanos 6, 23. Hay pues un admirable intercambio, Dios toma nuestros pecados y por su infinita misericordia que es ya expresión de su amor por los hombres restaura nuestra humanidad y nos devuelve la incorruptibilidad, pues «aquel que no conoció el pecado, Dios lo trató por nosotros como un pecador, para que nosotros, por su medio, fuéramos inocentes ante Dios», 2Corintios 5, 21.
En la nueva condición de la humanidad, somos hijos por adopción, pues nos ha convertido en «pueblo suyo», Tito 2. 14 y por tanto en los «herederos» de su vida eterna, 3, 7. Y eso fue gracias a su Espíritu Santo con la que ungió a Jesús en el Bautismo. La unción que Jesús recibe en su cabeza escurre por todo su cuerpo, para indicar que Dios nos fraternizó y por medio de Jesús la humanidad entera es colmada de bienes, eso entiendo cuando el Salmista canta: «Es como ungüento exquisito en la cabeza, que baja por la barba…que baja hasta el cuello de su vestimenta», 132/133, 2. Esta unción es el don del Espíritu Santo que reciben también los hijos adoptivos, por eso explica san Pablo: «Dios infundió en sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: Abba, es decir, Padre», Gálatas 4, 6. Y lo «hizo mediante el bautismo, que nos regenera y nos renueva», Tito 3, 5.
Y eso es lo que Dios mostró en el Jordán con signos admirables: “Se abrió el cielo”, se dejó sentir la “voz del Padre” y se vio aletear al “Espíritu Santo en forma de paloma” sobre Jesús, Cfr. Lucas 3, 21-22. Para que creyéramos que la Palabra Eterna del Padre, la que estaba con Él cuando creó el mundo, estaba ya habitando entre nosotros y que había sido enviado para anunciar la misericordia a los pecadores y el evangelio de la alegría a los pobres.
El Señor de la misericordia abrió el cielo, aquel mismo que se había cerrado por el pecado de nuestros primeros padres. Y por su beneplácito ha quedado abierto por siempre, para que puedan retornar sus hijos adoptivos en los hombros del Cordero, pues ha querido que su propio Hijo se convierta en el puente, es decir, en el Pontífice que los lleve a la vida eterna.