domingo, 31 de enero de 2016

“Y diles lo que yo te mando”
Jeremías 1, 17.
Jeremías 1, 4-5. 17-19; Salmo 70/71, 1-6. 17; 1Corintios 12, 31-13, 13; Lucas 4, 21-30.
El profeta es una persona humana elegida por Dios, es un hombre de fe, y en su elección se muestra ya cómo Dios ama a su pueblo. Puesto que el profeta no tiene otro interés más que comunicar al pueblo las palabras del Señor. Está escrito: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mis senderos», Salmo 118/119, 105.
Si la sola palabra del Señor es lámpara que guía los pasos del hombre por el sendero justo, el cometido del profeta será entonces a partir de la palabra Dios, señalar el camino recto a quien se ha desviado. El profeta se convierte así en la voz de la conciencia del pueblo, por eso le hemos escuchado decir al Señor al profeta Jeremías en la primera lectura: «Cíñete y prepárate; ponte en pie y diles lo que yo te mande…así se trate de los reyes de Judá, como de sus jefes, de sus sacerdotes o de la gente del campo», Jeremías 1, 5. 18.
Lo cierto es, que el profeta no podrá ser jamás la conciencia del pueblo si primero él no se ciñe. La palabra ceñir significa rodear, ajustar o apretar la cintura, el cuerpo, el vestido u otra cosa. Si Dios le pide al profeta que se ciña le está indicando que primero él debe ajustarse a su palabra, hacer vida su palabra, actuar conforme a su palabra, todo lo que diga o haga debe estar en los límites que la palabra de Dios indica.
Le dice también «prepárate» y ésta palabra no sólo indica que el profeta en el presente debe aprender, formarse o instruirse, sino que dicha preparación tiene como finalidad el futuro. Así que podemos entender que la palabra del Señor se convertirá para el profeta en los criterios de su vida pastoral, en luces para discernir la realidad. Las palabras del Señor son un baluarte para el profeta, es decir, la palabra del Señor es el amparo y defensa del profeta, por eso le escuchamos decir al Señor: «Mira: hoy te hago ciudad fortificada, columna de hierro y muralla de bronce, frente a toda esta tierra…Te harán la guerra, pero no podrán contigo, porque yo estoy a tu lado para salvarte», v. 18. 19.
«Ponte en pie», el profeta no puede estar agachado, agazapado en una vida de confort, la palabra de Dios debe ser su motivación más profunda, esta palabra le hace ser resuelto, es decir, decidido, valiente y audaz. Estar en pie, es estar en camino, es ser consciente que su vida es una vida moral auténticamente irreprochable.
La palabra del Señor ha ceñido, preparado y puesto de pie al profeta para que sea el custodio del auténtico culto del Señor, se convierte así en la “atalaya” que grita y hace salir de sí mismo a quien se ha encerrado en su egoísmo y se ha olvidado en practicar la justicia y el amor por eso se le puede muy bien aplicar lo que el Salmista canta: «Yo proclamaré siempre tu justicia y a todas horas, tu misericordia», Salmo 70/71, 17.
Así que la primera tarea del profeta es la de anunciar la salvación, despertar la conciencia que se ha que dado adormecido por el pecado, iluminando el comportamiento de los hombres e indicándoles el sendero justo, de ahí que Jesús el auténtico profeta nos diga: «hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». ¿Cuál pasaje? Aquel que dice: «El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor», Lucas 4, 18-19. 21.
La palabra del Señor se cumple plenamente en Jesús de Nazaret porque le vemos enseñar en las sinagogas, expulsar demonios, sanando a los enfermos, dando esperanza y acompañando al pueblo que caminaba extraviado sin que hubiera alguno que se ocupara desinteresadamente de él. Las acciones que Jesús realiza en Galilea le acreditan como el profeta que señala la justicia, el derecho y sobre todo la gran misericordia de Dios. Así que su persona hace visible lo que antiguamente el mismo Señor había dicho por boca del profeta Oseas: «porque quiero amor, no sacrificios; conocimiento de Dios, no holocaustos», 6, 6. El señor Jesús le hace ver a su pueblo de Nazaret que el verdadero culto a Dios está en aceptarlo a él como Mesías y en amar al pueblo como Dios pide.
El profeta no condena, pero su palabra es fuego que quema y por eso se vuelve un signo de contradicción, no obra Jesús ningún milagro allí con sus paisanos porque estos no creen en él y no se han abierto al mensaje de Salvación que trae de parte de Dios.
Pero en todas y en cada una de sus actitudes el profeta manifiesta la ternura de Dios, el amor de Dios, por eso hemos escuchado decir a san Pablo: «aunque yo tuviera el don de profecía y penetrara todos los misterios…si no tengo amor, nada soy», 1Corintios 13, 2. No se trata pues de echar en cara los pecados, de decir las cosas a “quema ropa”, sino de persuadir, de conquistar, de ganarse al hermano, decir la verdad sí, “sin manitas ni patitas” pero con mucho tacto, con mucho respeto, con amor pues, ya que el Sabio nos dice: «Panal de miel son las palabras amables, dulzura en la garganta, salud de los huesos…las palabras amables convencen mejor», Proverbios 16, 24. 21.
Vivamos el profetismo con arrojo y con amor sin que olvidemos vivir y conformar toda nuestra vida según la palabra del Señor para que nuestro anuncio evangélico sea cosa creíble. No importa si no nos hacen caso o quieran despeñarnos de sus vidas, cumplamos la misión de ser anunciadores alegres del evangelio.

sábado, 30 de enero de 2016

“Ese hombre eres tú”
2Samuel 12, 7.
2Samuel 12, 1-7. 10-17; Salmo 50/51, 12-17; Marcos 4, 35-41.
Uno puede preguntarse y de qué le sirvió a Urías ser fiel si al final no le fue reconocido su honorabilidad. Hay quien podría afirmar que Betsabé le fue infiel a Urías porque ella estaba sola, y pregunto: ¿y eso es una justificación para la infidelidad? Esta historia no termina felizmente, pero los versículos que siguen, se nos enseñará que Dios es el justo juez y hará que se levante la voz profética y le haga comprender al rey el daño que hizo, por eso el capítulo once del segundo libro de Samuel concluye: «pero el Señor reprobó lo que había hecho David».
El rey había pensado que la injusticia que había cometido quedaría prontamente en el olvido, su soberbia le había hecho creer que ninguno en su reino le llamaría a él a juicio por la muerte de un inocente. El poder corrompió a David y le hizo perder la cordura y olvidarse de cómo había llegado a ser rey. Dios lo había sacado de los rebaños de Jesé, lo ungió como rey de Israel y le colocó en sus brazos a la hija de Saúl y las mujeres de su harem y, sin embargo, su corazón se llenó de avaricia, Cfr. 2Samuel 12, 7-8. Por eso, el Señor le preguntará por boca del profeta Natán: «Por qué te has burlado del Señor haciendo lo que él reprueba? Has asesinado a Urías, el hitita, para casarte con su mujer matándolo a él con la espada amonita», v. 9.
Dios llama a juicio al rey David, pero su justicia es acción salvadora. Dios no es indiferente ni se encuentra lejano de la historia de los hombres. Dios como explica el libro del Éxodo nos continúa diciendo: «He visto la opresión de mi pueblo…he visto sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Y he bajado a librarlos», 3, 7-8. La salvación que Dios ofrece no excluye al que hace el mal, el viene por los justos, pero también por quienes andan extraviados en los caminos de la injusticia. Por eso suscita en medio de su pueblo al profeta, el cual tiene la misión de anunciar la salvación del Señor y de motivar a que el hombre tome conciencia de sus actos, confiese sus pecados, se arrepienta de su mala vida y dé verdaderas muestras de un auténtico arrepentimiento: «David le dijo a Natán: “He pecado contra el Señor”», v. 13.
En eso ha consistido la tarea de Natán, la historia que le expone al rey, es como un espejo donde el propio rey puede entender por sí mismo sin que se le acuse directamente o se le eche en cara sus pecados, la atrocidad de sus propias acciones. La misión del profeta es clara: la corrección fraterna tiene como propósito excelente la salvación del hermano de tal manera que pueda permanecer en la comunidad y desempeñe su función adecuadamente para que todo sea de provecho común. Dios no acusa, sino que despierta la conciencia adormecida por el pecado. Dios no rechaza al pecador, sino que restaura su imagen en el hombre perdonándole y haciéndole pasar por el crisol de la purificación.
Ya el Señor le había anunciado a David hablándole de su descendencia que le construiría un templo «Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Si hace el mal, yo lo castigaré con vara fuerte y con azotes, pero no le retiraré mi favor», 2Samuel 7, 14-15. Pero David es también hijo de Dios, por eso como Padre amoroso le dice el Señor por medio de Natán: «El señor perdona tu pecado. No morirás. Pero por haber despreciado al Señor con lo que has hecho, el hijo que te ha nacido morirá», v. 13-14. La muerte de un inocente, como Urías ahora un bebé, y es difícil de entender. Pero el libro de la Sabiduría nos ayuda a entender mejor esto: «Fue agradable para Dios, y Dios lo amó. Entre pecadores vivía, y Dios se lo llevó. Se lo llevó para que la maldad no pervirtiera su conciencia, para que la perfidia no sedujera su alma. Su alma fue agradable a Dios y se apresuró a salir de la maldad. La gente lo ve y no lo comprende ni se da cuenta de que el Señor ama a sus elegidos y se apiada de aquellos que le son fieles», 4, 10-11. 14-15.
David sufrirá la muerte de su hijo, y cada día recordará que no lo disfrutó por el asesinato que cometió. Ese será su dolor y lo acompañará a lo largo de toda su vida. Lo había rechazado queriéndole hacer a Urías de “chivo los tamales” pero ahora Dios le niega el derecho de ser padre de una criatura inocente. Lo hizo en secreto pero sufrirá la deshonra porque un hijo suyo se acostará con sus mujeres a medio día y lo perseguirá a muerte, así se cumplirá aquello que también se le dijo: «Yo haré que de tu propia casa surja tu desgracia, te arrebataré a tus mujeres ante tus ojos y se las daré a otro, que dormirá con ellas en pleno día. Tú lo hiciste a escondidas; pero yo cumpliré esto que te digo, ante todo Israel y a la luz del Sol», v. 11-12. La enseña es clara: la justicia divina es real.
Dios perdona y cuando lo hace redime, es decir, salva por eso está escrito: «pagará a cada uno según sus obras», Romanos 2, 6. David enderezó su vida e hizo lo que Dios le agrada el resto de sus días. A eso estamos invitados a cambiar de vida.


“La mujer quedó embarazada y le mandó decir a David: Estoy encinta”
2Samuel 11, 5.
2Samuel 11, 1-4. 5-10. 13-17; Salmo 50/51, 3-7. 10-11; Marcos 4, 26-34.
Todavía no ha nacido el hijo que concibió en su adulterio Betsabé con el rey de David, y ya se volvió un ser incómodo. El Hijo todavía no sabe hablar y desde el vientre materno grita justicia por la honra del fiel Urías, el hitita. El hijo no es de Urías sino de David y sin embargo el hijo defiende al inocente porque manifestará con su nacimiento el engaño y la deshonestidad y la falta de lealtad del que ostenta el poder y la nula fidelidad de la esposa. Se cumple la palabra de Jesús nuestro Señor: «porque si algo está escondido, es para que se descubra; y si algo se ha ocultado, es para que salga a la luz», Marcos 4, 22.
El hijo pone en evidencia cuan necesaria es saber asumir adecuadamente no sólo la responsabilidad de las consecuencias de los propios actos sino de también ser capaz de discernir si conviene realizarlos: «David mandó unos criados a buscarla. Se la trajeron a su casa y durmió con ella. La mujer quedó embarazada y le mandó decir a David: “Estoy en cinta”», 2Samuel 11, 4-5. ¿Qué hace David? No se comporta como hombre libre y totalmente responsable. Su instinto sexual lo metió en aprieto. Y por puro instinto de conservación reaccionará no como hombre prudente o sabio, no como hombre arrepentido sino como animal salvaje que se siente amenazado y cubre sus “heces” para no dejar rastro y pueda ser cazado.
Es curioso saber que David enfrentó muy valerosamente a Goliat y hoy le veamos perder el color ante los latidos de un bebito que lleva en el vientre la mujer de Urías. David no tenía miedo a la muerte cuando enfrentaba a los filisteos, y cunde de pánico porque se hará comidilla del reino. Su imagen de héroe se diluirá por no saber reconocer, respetar, promover la dignidad de la persona, especialmente de un soldado que entregaba la vida por un pueblo que no era el suyo: «Haz que venga Urías, el hitita», v. 6.
David querrá hacer a Urías de “chivo los tamales”, pero jamás imaginó que el soldado tendría un alto sentido del deber, de fidelidad, de prudencia y sobre todo de conmiseración pues ante la invitación del rey: «Ve a descansar a tu casa, en compañía de tu esposa», v. 8. Urías responderá por qué rechazó tal invitación: «El arca, Israel y Judá viven en tiendas de campaña; Joab, mi jefe, y sus oficiales acampan a la intemperie; ¿y yo voy a ir a mi casa a banquetear y acostarme con mi mujer? ¡Por la vida del Señor y por tu propia vida, no haré tal cosa!», v. 11. El rey tiembla y se desespera, pero es al mismo tiempo un león que no tan fácilmente dejará ir a su presa.
David manifiesta su perversidad y trata de corromper al inocente. Esto es escandaloso. El texto nos dice: «lo hizo beber hasta embriagarse», v. 13. Pero Urías no cayó en la trampa y no bajó tampoco esa noche a casa a dormir con su mujer. Y cuando el corrupto se encuentra con el honesto y no encuentra la forma de comprarlo se convierte en una “piedra en el zapato” que su sola presencia es ya desafiante por eso decide aniquilarlo: «Pon a Urías en el sitio más peligroso de la batalla y déjalo solo para que lo maten», v. 15.
Uno puede preguntarse y de qué le sirvió a Urías ser fiel si al final no le fue reconocido su honorabilidad. Hay quien podría afirmar que Betsabé le fue infiel a Urías porque ella estaba sola, y pregunto: ¿y eso es una justificación para la infidelidad? Esta historia no termina felizmente, pero los versículos que siguen, se nos enseñará que Dios es el justo juez y hará que se levante la voz profética y le haga comprender al rey el daño que hizo.

viernes, 29 de enero de 2016

“¿No es para ponerla en el candelero?”
Marcos 4, 21.
2Samuel 7, 18-19. 24-29; Salmo 131/132, 1-5. 11-14; Marcos 4, 21-25.
Iluminar la vida de los otros no es cosa sencilla, colocar los propios talentos para el servicio comunitario tampoco lo es. Hay quien puede mal interpretar la actitud, se puede incluso sentir incómodo o hasta ofendido. Y quedará la duda si ha valido la pena haber colocado la lámpara en el candelero. Lo cierto es que se nos invita a actuar siempre correctamente, eso es como andar en plena luz. En cambio, esconderse para que los otros no vean lo que se hace es absurdo pues nada hay que no salga a la luz, como explica el apóstol Juan en su evangelio: «todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios», 3, 20-21.
En las relaciones interpersonales la rectitud de intensión es muy apreciada, la persona siempre descubrirá si es valorada como tal o si se quiere hacer uso de su situación para intereses un tanto egoístas o mezquinos. Por eso, Jesús nos advierte: «La misma medida que utilicen para tratar a los demás, esa misma se usará para tratarlos a ustedes y con creces», Marcos 4, 24. Esta regla de oro en las relaciones interpersonales sigue vigente.
El cristiano es luz, por eso Jesús dice: «Ustedes son la luz del mundo», Mateo 5, 14 y su función es iluminar. El cristiano no debe tener miedo de iluminar y de calentar con su esplendor el mundo de sus relaciones. El cristiano está llamado a ser una persona auténtica, sana y equilibrada, es decir, sus actos deben ser expresión de la virtud de la prudencia. Debe tener tacto para que pueda cumplir su misión y no sea rechazado por falta de congruencia a la hora de poner en práctica los valores del evangelio de Jesucristo.
Este pasaje que estamos meditando viene propuesto inmediatamente después de que el Sembrador salió a sembrar, así que el cristiano encierra en su corazón la semilla que el propio Espíritu de Jesús ha depositado en él, lleva en su persona la palabra de vida del evangelio, y la tiene que hacer germinar ahí donde se desenvuelve cotidianamente, y es en su mundo relacional donde los otros deberán comer de sus frutos, para que la predicación del evangelio sea algo creíble por su verificación.
El cristiano no puede vivir oculto, su amor a Cristo debe ser una profesión pública, por eso se le exige que ponga continuamente su lámpara en el candelero y san Pablo nos recuerda que «el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, amor y templanza», 2Timoteo 1, 7. El cristiano que no predica el evangelio de Jesucristo por temor a ser rechazado está invitado a descubrir la causa de su cobardía, por eso, enseguida el apóstol agrega: «No te avergüences de dar testimonio de Dios», v. 8. La peor excusa que puede un cristiano exponer para justificarse de no predicar el nombre de Dios es la falsedad de su vida, una doble vida moral. Aunque puede existir quien se anime hacerlo para vergüenza suya y del nombre de Cristo. El creyente está llamado a vivir honestamente su fe y para ello es necesario que él conserve fielmente las enseñanzas del evangelio, Cfr. v. 13.
El cristiano debe seguir el ejemplo de su maestro Jesús de Nazaret, deberá asumir las actitudes de Jesús como propias y habrá de vivir también conforme a sus enseñanzas pues ha dicho de sí mismo el Señor: «Yo soy la luz del mundo, quien me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida», Juan 8, 12.

jueves, 28 de enero de 2016

“Escuchen. Salió el sembrador a sembrar”
Marcos 4, 4.
2Samuel 7, 4-17; Salmo 88/89, 4-5. 27-30; Marcos 4, 1-20.
«Escuchen» nos dice Jesús, él reclama nuestra atención por eso agrega: «el que tenga oídos para oír que oiga», Marcos 4, 4. 9. El señor quiere disponible la mente del hombre para poder llegar a su conciencia. En una mente ocupada por tantos pensamientos no hay sitio, se requiere una depuración, un vaciarse para volverse a llenar. Y asombra el saber que a la mente del hombre llegan muchas propuestas, pero sólo algunas encuentran sitio en la memoria. Otras, por más que se las repitan no encuentran hospitalidad y se aplica aquello que dice Jesús: «por más que oigan, no entenderán», v. 12. Si Jesús pide que lo escuchen y que para ello se tenga listo el sentido del oído es porque el conocimiento se inicia en los sentidos. Y quien tiene los sentidos dormidos no aprende y está muerto.
«Salió el sembrador a sembrar», v. 4. Quien siembra lo hace con fe y con mucha esperanza. Aunque también habrá alguno que lo haga por obligación, con enfado, cansado y porque no le queda de otra. Lo cierto es que quien siembra trasforma la realidad sin que inmediatamente caiga en la cuenta de ello. El que siembra multiplica y lo hace para tener más. Sembrar es trabajar y trabajar es producir y dominar la creación. El que siembra no pasa desapercibido la cosecha habla de su esfuerzo y dedicación. El que siembra tiene y el que no aun lo que tiene puede perderlo, pues está escrito: «al que tiene, se le dará; pero al que tiene poco, aun ese poco se le quitará», v. 25.
El sembrador siembra la semilla y espera recoger más semillas del mismo género. Si el sembrador siembra maíz cosechará maíz no puede esperar otro fruto diverso. Jesús dice «salió el sembrador a sembrar», v. 4 el sembrador es Él y la semilla es su palabra divina: «El que siembra, siembra la palabra», v. 14. La palabra como la semilla encierra en sí misma un dinamismo que cuando encuentra tierra fértil es capaz de generar vida y transformar el ambiente. La palabra posee una potencialidad inimaginable por eso san Pablo exhorta a tener cuidado pues cada uno debe fijarse «como construye» o edifica la casa de Dios, es decir, como está formando y educando a los hijos de Dios, Cfr. 1Corintios 3, 10 o como dice en otra parte: «No salga de sus bocas ninguna palabra ofensiva, sino solo palabras buenas que ayuden a crecer a quien lo necesita y agraden a quien las escucha», Efesios 4, 29.
Se nos dice «salió el sembrador a sembrar» para que tengamos siempre en cuenta que Dios desea depositar su semilla, su palabra en tu mente para purificarla, en tus sentimientos para clarificarlos, en las intenciones de tu corazón para enderezarlas. Dios en definitiva desea que el hombre produzca no maleza, no espinos, no abrojos, sino frutos de calidad pues es tierra buena y no debe ser desaprovechado, Cfr. Génesis 1, 31.
El hombre es tierra buena y siempre produce frutos, pero la cuestión es ¿qué tipos de frutos? San Pablo nos dice: «procuren hacer el bien delante de todos los hombres», Romanos 12, 17. Y Jesús nos recuerda: «de modo que cuando ellos vean sus buenas obras, glorifiquen al Padre de ustedes que está en el cielo», Mateo 5, 16. Lo que se pide entonces es que el hombre sea un obrero del reino de Dios intachable, que merezca elogio y no desaprobación, Cfr. 2Timoteo 2, 15.
Dios no se cansa de sembrar y depositar su palabra, pues dice «salió el sembrador a sembrar» y eso es en verdad cuestionante: ¿qué uso hago de la palabra de Dios? ¿permito que ilumine mi vida y la llene de significado? O más bien ¿soy oyente olvidadizo?

domingo, 24 de enero de 2016

“Somos la burla de nuestros vecinos, el hazmerreír de cuantos nos rodean”
Salmo 79/80, 7.
2Samuel 1, 1-4. 11-12. 17. 19. 23-27; Salmo 79/80, 2-3. 5-7; Marcos 3, 20-21.
Los momentos más dramáticos que el hombre en un determinado período de su existencia padece pueden ser una gran oportunidad para crecer y para recapitular la propia historia personal. Son precisamente en esos momentos donde casi por lo regular se reconoce al menos en conciencia cuan débiles y frágiles son los seres humanos. Es allí, donde se desquebrajan la soberbia y el orgullo, y se vislumbra un poco de humildad y entonces comprendemos que, si incluso el mar tiene límites fijados por el Creador, ¿por qué el hombre no los ha de tener?: «y le dije: hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí acabarán la arrogancia de tus olas», Job 38, 11.
Lo cierto es, como afirma el sabio: «el hombre nacido de mujer, de vida breve, lleno de inquietudes; como flor se abre y se marchita, huye como la sombra sin parar», Job 14, 1-2. Hoy David llora la muerte del amigo Jonatán y del rey Saúl. Hoy el poderoso Saúl se reúne con sus antepasados, y el amigo fiel ya no está. ¿Pero qué hombre piensa en su muerte? ¿quién pierde el tiempo en ello pues, aunque el hombre no se acuerde ni quiera ir a reunirse con sus antepasados también le llegará su momento? Por eso afirma el libro del Eclesiástico: «¡Oh muerte! ¡qué amargo es tu recuerdo para el que vive tranquilo en medio de sus bienes, para el hombre contento que prospera en todo y tiene salud para gozar de los placeres!», 41, 1. Todo lo dejará nada se llevará. ¿Quién lo recordará y por qué motivo lo hará?
Pero para quien lo ha perdido todo y “muere” al perder sus bienes, que no le encuentra sabor a la vida y sufre de hastío y le da vergüenza verse derrotado y mendigar el pan: «¡Oh muerte! ¡qué dulce es tu sentencia para el hombre derrotado y sin fuerzas, para el hombre que tropieza y fracasa, que se queja y ha perdido la esperanza!», v. 2. Saúl se quitó la vida, en un abrir y cerrar de ojos lo perdió todo, el trono, el pueblo, sus hijos: «Entonces cayó sobre Saúl el peso del combate; los arqueros le dieron alcance y lo hirieron gravemente. Saúl dijo a su escudero: saca la espada y atraviésame, no vayan a llegar esos incircuncisos y abusen de mí. Pero el escudero no quiso, porque le entró pánico. Entonces Saúl tomó la espada y se dejó caer sobre ella», 1Samuel 31, 3-4. Es paradójico que el hombre sea capaz de dar el paso firme hacia su propia muerte que soportar en vida la humillación y el desprecio. No cabe duda que se requiere mucho más que valentía para afrontar el dramático momento de la muerte: ¡amor a la vida!
Porque se tiene amor a la vida y aunque se reconozca que se haya mal vivido, por eso se elevan las plegarias a quien puede salvar y prolongar la existencia: «Señor, Dios de los ejércitos, ¿hasta cuándo seguirás airado y sordo a las plegarias de tu pueblo?», Salmo 79/80, 5. No importa ya si la desgracia que se padece sea castigo, se acepta y se pide perdón con el anhelo de la restauración.
Hay una pregunta que David dice en la lamentación que entona por Saúl y por Jonatán que puede ayudarnos a comprender un poco el por qué hoy día el hombre muere tan violentamente: «¿Por qué cayeron los valientes y pereció la flor de los guerreros?», 2Samuel 1, 27. Por el pecado de ambición y la hegemonía del poder. Y entonces comprendo que los hombres se convierten en la burla de sus vecinos y en el hazmerreír de cuantos los rodean por la propia insensatez de realizar un proyecto de vida de espaldas de Dios, es decir colocaron su confianza en viento: «Si uno de ustedes pretende construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No suceda que, habiendo echado los cimientos y no pudiendo completarla, todos los que miran se pongan a burlarse de él diciendo: éste empezó a construir y no puede concluir», Lucas 14, 28-30.
Si el hombre hoy no apuesta por la fraternidad no tendrá quien le llore el día de su muerte, no habrá quien se acuerde de él; si en vida no le preocupó tejer redes solidarias de afecto, de colaboración, de tolerancia, de comprensión y amor morirá solo y en angustia. Por qué vivir peleando cuando se puede vivir amando y morir sintiéndose perdonado y amado: «Por ti Jonatán, hermano mío, estoy lleno de pesar. Te quise con todo el alma y tu amistad fue para mí más estimable que el amor de las mujeres», 2Samuel 1, 26.
“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para…proclamar el año de gracia del Señor”
Lucas 4, 19.
Nehemías 8, 2-4. 5-6. 8-10; Salmo 18/19, 8-10. 15; 1Corintios 12, 12-30; Lucas 1, 1-4; 4, 14-21.
Jesucristo, es decir, Jesús el Ungido del Señor inaugura el tiempo de la misericordia de Dios, el cual es un tiempo caracterizado por el anuncio de la alegría del Evangelio, y por las obras que brotan a partir de que la palabra del Señor encontró mesón en los corazones de los hombres: liberación, curación y misericordia, Cfr. Lucas 4, 18-19.
Y es precisamente eso lo que la Iglesia pretende vivir en este año santo: «llevar una palabra y un gesto de consolación a los pobres, anunciar la liberación a cuantos están prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna, restituir la vista a quien no puede ver más porque se ha replegado sobre sí mismo, y volver a dar dignidad a cuantos han sido privados de ella. La predicación de Jesús se hace de nuevo visible en las respuestas de fe que el testimonio de los cristianos está llamado a ofrecer», Misericordiae Vultus 16.
Cada cristiano por la unción que recibió en el Bautismo, con y por el Espíritu Santo, es responsable de que la obra de su Señor continúe vigente en el tiempo que le ha tocado vivir. Y en esta noble misión tiene la oportunidad de imprimirle a las obras de misericordia que realiza en favor del prójimo su sello propio, es decir, a partir del carisma que ha recibido gratuitamente del Espíritu Santo tiene la tarea de enriquecer el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, del que también forma parte.
Pero el cristiano debe caer en la cuenta que solamente es posible poner en marcha la obra de Jesús si primero se deja interpelar por la palabra de Dios, pues los mandamientos del Señor «son luz…para alumbrar el camino», Salmo 18/19, 9. Es la palabra del Señor la que hace ver la realidad desde una nueva perspectiva, la que incluso impulsa al cambio de vida y al arrepentimiento y a la conversión, por eso hemos escuchado en la primera lectura que el escritor sagrado decía: «todos lloraban al escuchar las palabras de la ley», Nehemías 8, 9. Sólo dándose la oportunidad de confrontarse con la palabra del Señor y corrigiendo el sendero de la vida hacia lo que es recto, bueno y verdadero, el cristiano podrá experimentar que la palabra del Señor es «alegría para el corazón», Salmo 18/19, 9.
Así tendrá en su interior el deseo de salir de sí mismo e ir al encuentro del hermano que sufre. Esto es poderoso, porque cuestiona grandemente la manera como interactuamos o nos ponemos en contacto con la palabra del Señor. Si la palabra del Señor no motiva e impulsa la acción solidaria algo sucede en nosotros: “¿somos acaso oyentes olvidadizos?” “¿sufrimos de autismo y andamos en nuestro propio mundo?” “o quizás todavía no comprendemos que el auténtico amor a Dios pasa necesariamente por el amor al prójimo”.
El hecho de que cada cristiano forme parte del «cuerpo de Cristo» y se conciba como un «miembro» digno de él no sólo es motivo de alegría, sino que manifiesta al mismo tiempo, el alto sentido de responsabilidad que se posee al respecto, Cfr. 1Corintios 12, 27. Cada cristiano es corresponsable de su hermano, por eso subraya el apóstol: «cuando un miembro sufre, todos sufren con él; y cuando recibe honores, todos se alegran con él», v. 25. Es escandaloso y grave pecado que en una comunidad cristiana exista alguien que no tenga que comer o beber, vestirse o cubrirse o refugiarse del frío, enfermos que no los atiendan o estén solos y marginados o encarcelados que no tengan quien luche por su causa e inocencia. En las obras de misericordia, las catorce, la Iglesia tiene un programa pastoral que ofrecer e impulsar en las parroquias y en sus comunidades. Este es el itinerario de este año santo.