viernes, 6 de mayo de 2016

"En aquel día pedirán en mi nombre, y no será necesario que ruegue por ustedes al Padre", Juan 16, 26.

Tengo tantas necesidades que no sé cuál es la más importante en este momento de mi vida, no sé por cuál de ellas deba insistirte que me ayudes a cubrir. Cada día, como dijiste trae consigo sus propias contrariedades, y me revelan de lo que estoy falto. Y si hiciera un elenco de todas ellas para ver cuál es la más urgente a cubrir caigo en un conflicto de valores, del que no puedo escapar tan fácilmente. Todo es confuso. Todo me parece vital y fundamental. Pero aquí estoy, pidiéndote ayuda, porque no me es claro el camino de la elección. No dudo del estado de vida que he elegido. Dudo más bien de lo que pueda pedir, pues has dicho: "yo les aseguro: cuanto pidan al Padre en mi nombre, se lo concederá", Juan 16, 23.
Si estás dispuesto a concederlo todo y nada es imposible para Ti, podría pedirte por ejemplo el fervor de espíritu de Apolo, de Pablo y algunos de tus santos. ¿Pero es lo esencial para mí? ¿Con ello lograré  alcanzar mi auténtica realización humana? ¿Es lo que en verdad deseas que te pida? Porque también me parece importante pedirte salud, prosperidad y bienestar para los míos. En especial por mi madre, pues sabes bien que si ella no está bien yo tampoco lo estaré. Y así puedo seguir diciéndote más al punto de tenerlo todo y sentirme insatisfecho, porque de eso estoy seguro, mi corazón es insaciable, tiene y quiere más, y no sólo cosas materiales sino también las espirituales.
Pero me pregunto, ¿estarías dispuesto a darme aquello que aunque siendo un bien, pues de Ti nada malo procede, podría convertirse por mi mala administración en cosa dañina y totalmente perjudicial para mi salvación? Porque Me dices que nada me negarás porque soy un hijo amado: "pues el Padre mismo los ama", v. 27. Por eso te pido me concedas tu espíritu para que me ayude a pedirte como conviene y todo sea conforme a tu voluntad: "y el que sondea los corazones conoce el deseo del Espíritu y sabe que su intercesión en favor de los santos está de acuerdo con la voluntad divina", Romanos 8, 27. Dame pues tu Espíritu Santo, pues está escrito: "El Padre dará el Espíritu Santo al que se lo pida", Lucas 11, 13.
Pero ¿por qué pedir el Espíritu Santo, el espíritu de Dios? Para que la vida sea fecunda. Porque es el único quien garantiza no sólo la fertilidad sino que ayuda alcanzar la perfección a la que todo hombre debe tender, pues Pablo nos dice: "por el contrario, el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia", Galatas 5, 22-23. Estos frutos son mucho más que valores, cualidades o virtudes humanas, es la misma presencia de Dios que impulsa al hombre al desarrollo integral de su propio ser, y al lograrlo se convierte en una mejor y mayor riqueza para la humanidad. Pues el hombre por el simple hecho de ser persona ya es un don que enriquece a los demás cuando se dona sin miedo y sin límites. Si Dios habita en el corazón del creyente ningún obstáculo puede impedir por grande que sea la victoria de su Espíritu, pues aún en la muerte, el Espíritu de Dios es más que vencedor. Por eso, el que nos recomienda que pidamos en su Nombre, ha Resucitado, y nos enseña cómo este espíritu nos introduce en la divinidad, o como dicen algunos, deifica el alma: "ahora dejo al mundo y vuelvo al Padre", Juan 16, 28.
Señor, dame tu Santo Espíritu, pues quiero ser tierra fértil, no quiero vivir en puro viento (vanidad) sino saciar verdaderamente él hambre que tengo de perfección y de eternidad. Si me das tu Espíritu Santo en plenitud, entonces se hará realidad lo que dices: "para que su alegría sea completa", Juan 16, 24. 


“Aquel día no me preguntarán nada”
Juan 16, 23.
¡Sonríe! La alegría es nuestra y de todos.

El Evangelio de san Juan nos presenta la alegría que los discípulos les invade después de que ven a su Señor Resucitado cuando les concedió la paz y les: “mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor”, Juan 20, 20. E incluso el mismo evangelista nos narra que Jesús dice una bienaventuranza por aquellos que no le verán pero que abrazarán la fe en el Resucitado: “felices los que crean sin haber visto”, v. 29. De esta manera se cumple lo que Jesús nos dice en el pasaje evangélico que el día de hoy hemos proclamado: “Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría”, 16, 20.
Pero hay un versículo que evoca el versículo que hoy meditamos: “Aquel día no me preguntarán nada”, v. 23; y el contexto en verdad es muy importante y muy rico de significado, porque el Resucitado se encuentra en la playa, ha preparado el almuerzo, hay “brasas preparadas y encima pescado y pan”. Después de que les dice que le lleven algo de lo que acababan de pescar agrega: “Vengan a comer. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor. Esta fue la tercera aparición de Jesús, ya resucitado, a sus discípulos”, Juan 21, 9. 12. 14.
El dolor y tristeza que habían generado la ausencia del Maestro es transformada en una profunda paz y alegría con su gloriosa presencia. Y aquí hay una gran enseñanza para quienes se encuentran viviendo en el dolor y la tristeza por la pérdida de un ser querido, ya sea porque se han adelantado a la casa del Padre o simplemente porque la relación no dio para más y se ha decidido prologar por el momento o definitivamente la separación. O bien, por las simples contrariedades de la vida y las diversas problemáticas que se generan en el transcurso de la historia personal y social. Jesús Resucitado es para estos hombres y mujeres la gran esperanza, y se convierte en el Único que es capaz de “llenar el corazón y la vida” de auténtica alegría y paz porque con Él “siempre nace y renace la alegría”, Evangelii Gaudium 1.
Y también para los evangelizadores, misioneros, catequistas, maestros, profetas, etc., a pesar de la fatiga, del cansancio que pueda generar la misión y; de las desilusiones y descalabros que puedan sufrir los apóstoles, Dios será para el hombre de fe quien devuelva: “la alegría” de su salvación, Él que afianza y enraíza la fe en su Hijo amado con su “espíritu generoso” y solamente, así, fortalecidos, se puede exclamar lleno de confianza: “Enseñaré a los malvados tus caminos, y los pecadores volverán a ti”, Salmo 50/51, 14-15.
Así que, del encuentro con el Resucitado brota el bálsamo necesario de la Consolación y se encuentra la fuerza necesaria para ver la vida no sólo con optimismo sino con gran sentido, y todo resulta ser para el creyente un ‘areópago’ de oportunidades para anunciar valientemente la fe en Jesús Resucitado, como nos explica la primera lectura tomada de los Hechos de los Apóstoles: “No tengas miedo. Habla y no calles, porque yo estoy contigo y nadie pondrá la mano sobre ti para perjudicarte. Muchos de esta ciudad pertenecen a mi pueblo”, 18, 9-10. Estas palabras que Pablo recibe en visión contemplativa, resulta ser para él, la certeza de que no está solo en el proceso evangelizador de los pueblos paganos y especialmente, ahí, en Corinto, en una ciudad griega, con una cultura diversa y totalmente politeísta y con graves problemas de moralidad. Saberse acompañado por el ‘Espíritu de Jesús’ le hace fuerte y al mismo tiempo le permite descubrir que vale la pena anunciar que Jesús es el Mesías, el Resucitado, el Salvador de los hombres y del mundo, esta experiencia de vida se lo trasmitirá a Timoteo su hijo espiritual: “proclama la palabra, insiste a tiempo y destiempo, convence, reprende con toda paciencia y pedagogía”, 2Timoteo 4, 2. Quizás no se conviertan todos los oyentes pero habrá quien acepte y abrace la fe, y eso le hace al apóstol no caer en desánimo y frustrado. Porque reconoce que la obra no es suya sino de Aquel quien lo ha enviado.
Por eso, Lucas nos narra que decidió quedarse un tiempo determinado en esa ciudad, “un año y medio, explicándoles la palabra de Dios”. Y que, además: “En Céncreas se rapó la cabeza para cumplir una promesa que había hecho”, Hechos 18, 11. 18. Porque sabe, como dice el Salmista que el Señor cumple sus palabras porque se compromete con el hombre que le busca y le pide auxilio: “Oh Dios, tú mereces un himno en Sión y a ti se te cumplen los votos, porque tú escuchas las súplicas”, 64/65, 2-3.

Señor dame el gozo pascual de tu Resurrección pues sólo así es creíble el anuncio de tu Evangelio. Libérame de la tristeza y del miedo que paralizan y me vuelve estéril. Tú me has llamado como instrumento de tu multiforme gracia, y quieres por mi medio, a pesar de mi poquedad llegar a muchos corazones, pues has redimido a todos y en Ti ninguna persona humana que excluida y todos son dignos de recibir la alegría que brota de tu Evangelio.

jueves, 5 de mayo de 2016

“Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría”
Juan 16, 20.
Déjame secar tu rostro, Dios mío

Cuando he escuchado el discurso de despedida que Jesús hace a sus discípulos, ha venido a mi mente las palabras que papa Francisco nos dirige en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, la alegría del Evangelio, se trata de un número donde el santo Padre parafrasea una idea de su predecesor papa Emérito Benedicto XVI: “el amor es en el fondo la única luz que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar”, 272.
Y recuerdo también un hecho familiar: mi madre, cuando junto a su hijo enfermo pasaba la noche como si estuviera en pleno día, llena de dolor, de angustia por no tener lo mínimo para llevarlo al médico y pagar los medicamentos; siempre recuerdo la narración donde explicaba que el médico de un sanatorio privado le entregó a su hijo en brazos como si estuviera dormido, mi hermano había muerto, y no se podían cubrir los gastos, así que el médico le dijo que no llorará, que él le entregaría a su hijo y así debería llevarlo de vuelta a casa, como si estuviese dormido, así deberían pasar también los retenes militares. Sólo podría llorar cuando estuviese en casa y así lo hizo. Luego ella con el tiempo enfermó del corazón, pues la tristeza y el dolor, fueron muy grandes. Y ¿por qué lloraba mi madre desesperadamente, por qué se jalonaba el cabello como si estuviera fuera de sí? ¿por qué mi padre recitaba en la noche con lágrimas en los ojos, hincado y con los brazos extendidos la oración de Job 1, 21: “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó: ¡Bendito sea el Nombre del Señor!? Porque habían perdido a un ser muy querido, porque amaron con toda la potencialidad de su ser al hijo de sus entrañas. Lloraron y estaban tristes por Amor. Y fue precisamente el amor de sus otros seis hijos los que les impulsó como bien recuerdan los papas a continuar con sus vidas: “el amor es en el fondo la única luz que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar”.
Los discípulos experimentaron la tristeza cuando vieron a su maestro caminar hacia el patíbulo, destrozado y humillado. Lo lloraron y se sintieron culpables, experimentaron vergüenza, dolor y miedo por haber abandonado al amigo fiel. Pero cuando lo vieron Resucitado y una vez que les mostró las heridas de las manos y el costado las Sagradas Escrituras dicen que “los discípulos se llenaron de alegría”, Juan 20, 20.
Hay gente que ‘goza’ con el sufrimiento ajeno, o es indiferente o están anestesiados por tantas injusticias que sin darse cuenta están en el camino de lo que en medicina se llama: Algolagnia. Palabra proveniente del griego antiguo (algos: dolor; lagneia: placer), que constituye una de las definiciones usuales en Medicina para referirse al erotismo del dolor, al placer sexual relacionado con las sensaciones dolorosas.
Se trata de una patología ciertamente distinta del sadismo o masoquismo. Pero en la vida espiritual también se da y a ese tipo de mal espiritual se le conoce como odio puro (pecado capital), y hace a la persona que es dominado por este tipo de ‘espíritu’ demoniaco: desalmada, porque son capaces de cometer acciones crueles sin mostrar pena o compasión, especialmente contra personas o animales. Por eso, le escuchamos decir a Jesús: “Les aseguro que ustedes llorarán y se entristecerán, mientras el mundo se alegrará”, Juan 16, 20. Y fue exactamente lo que hicieron los enemigos de Jesús cuando irónicamente se burlaban de él cuando está en la Cruz, es lo que incluso hizo uno de los dos ladrones que se encontraban también en el mismo suplicio que Cristo, Cfr. Lucas 23, 35-43.

Señor, “anota en tu libro mi vida errante, recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío”, Salmo 55/56, 9. Y no permitas que el dolor me haga insensible al dolor ajeno, dame el don de la compasión, pero sobre todo la creatividad para ayudar al hermano pobre, desamparado y que sufre. Que mis penas sirvan, ¡Dios mío!, como purificación de mis propios pecados. Señor haz que te vea en los rostros sufrientes del mundo de hoy e imite la valentía de la Verónica que se abrió paso entre los soldados para enjugar tus lágrimas.

martes, 3 de mayo de 2016

“Se anonadó a sí mismo tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres”
Filipenses 2, 7.
¡Salve Cruz Bendita!

El versículo que hoy vamos a meditar pertenece a una carta que el Apóstol Pablo dirigió a la primera comunidad europea que fundó junto a su compañero de viaje y de evangelización, el gran Silas. La carta es dirigida a la comunidad cristiana de Filipos desde la ciudad de Roma, donde Pablo se encuentra prisionero por predicar a Jesús muerto y Resucitado. Esta carta es muy interesante y sumamente edificadora, porque el Apóstol escribe desde una situación totalmente onerosa para su propia salud y sobre todo porque percibe que su muerte está ya muy cerca. Y nos permite reconocer la gran libertad de espíritu que posee, la cual le permite valientemente confesar que es a través de la humillación de la Cruz como Dios salvó al mundo, cumpliéndose así lo que Jesús el Hijo de Dios había comentado al maestro Nicodemo: “Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él”, Juan 3, 17.
Por eso, sin tapujo ya había dicho anticipadamente a la comunidad cristiana de Corinto: “mientras que nosotros anunciamos un Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos; pero para los llamados, tanto judíos como griegos, un Cristo que es fuerza y sabiduría de Dios”, 1Corintios 1, 23-24. Y esto es en verdad gran Misterio: ¿cómo un hombre humillado en la Cruz, muerto en un madero ignominioso puede convertirse en fuerza para el hombre que sufre y carga su propia cruz? ¿qué clase de conocimiento o sabiduría puede desprenderse de una muerte tan atroz como la que padeció Jesús de Nazareth a tal punto que se convierta en la plataforma de la edificación de la fe una nueva religión como lo es la cristiana?
Esa ‘fuerza y sabiduría’ que emanan fuertemente de la Cruz procede del Dios vivo. Porque hay que decirlo, sin miedo y sin temblor y no por las consecuencias o contradicciones teológicas que se pueden desprender de tal afirmación: Dios murió y resucitó. Y murió porque así lo ha querido y lo pudo llevar acabo, ese fue su plan desde un principio, ni incluso Satanás pudo percatarse anticipadamente del Knock Out que Dios le iba a propinar y que le dejaría fuera de combate, la Cruz de Cristo, es decir, la muerte del Hijo Dios, es el derechazo con el que Dios Uno y Trino derrotó a Satanás, el pecado y la muerte. Por eso, está escrito: “Por eso me ama el Padre, porque doy la vida, para después recobrarla. Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y para después recobrarla. Éste es el encargo que he recibido del Padre”, Juan 10, 17-18. Y entonces entendemos mucho mejor la expresión del versículo que estamos meditando: “Se anonadó a sí mismo tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres”, Filipenses 2, 7. Lo que significa que Dios pudo hacer lo que hizo porque su Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, se encarnó en el vientre de una Virgen, llamada María, de la cual tomó naturaleza humana sin menoscabar su propia divinidad.
Si al tomar “la condición de siervo” el Hijo de Dios no perdió nada, se entiende que la Cruz tampoco lo haría, aunque para sus agresores significara la peor humillación que podría sufrir un hombre en el ‘mundo’ de ese tiempo. Por eso, san Juan habla de la hora de la exaltación o glorificación del Hijo del Hombre, de Jesús muerto en la Cruz: “Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna”, 3, 14-15. Lo que quiso significar la derrota de Jesús, o la muerte de Dios, para sus enemigos significó la gran oportunidad para revelar con gran nitidez La Divinidad de Jesús, es decir, lo posible que es para Dios habitar en medio de sus criaturas, confirmando así lo que antiguamente ya se había anunciado proféticamente por Moisés: “Porque, ¿qué nación grande tiene un dios tan cercano como nuestro Dios, que cuando lo invocamos siempre está cerca?”, Deuteronomio 4, 7. Por eso Dios merece ser alabado y adorado porque como canta el Salmista: “y a ti se te cumplen los votos, porque tú escuchas nuestras súplicas”, 64/65, 2-3.
Así, que al venerar piadosamente ‘la cruz de Cristo’ lo que estamos realizando es, primeramente, un reconocimiento del instrumento que Dios utilizó para manifestar no sólo el Poder de su divinidad sino también el de su Misericordia por la humanidad. Segundo, la demostración de un gran amor y respeto a Dios por su Virtud, Dignidad, Mérito y Santidad.
Por último, la humillación de Cristo en la Cruz, también significa ‘el camino de luz’ que debería recorrer todo fiel que desea ser reconocido como auténticamente cristiano, Cfr. Juan 14, 6. La cruz de Cristo revela la fragilidad y la debilidad humana, pone en evidencia el mundo de injusticias originadas siempre por los pecados del hombre y de las estructuras de pecado que existen y se mantienen en una humanidad sin Dios.
Conviene, por tanto, a mi parecer, asumir con humildad lo que somos: ‘hombres frágiles, débiles y pecadores’. No somos poderosos, la soberbia y el pecado proyectan solamente una caricatura del hombre, aparentamos estar bien, como si nada sucediese internamente, como si no tuviéramos en el corazón ‘polillas’ que continuamente nos degradan y consumen nuestras esperanzas y sueños y; como si fuera posible tener el control de todas y cada una de las contrariedades de la vida, pero no debería actuar así, porque se corre el peligro de que como nos ven siempre ‘fuertes, invencibles, inconmovibles’ consideren que no necesitamos ayuda, cuando en realidad de la garganta quiere salir un grito desgarrador de auxilio. La cruz de Cristo entonces nos da la fuerza para asumir esas debilidades, fragilidades y pecados y al unísono con nuestro Señor Jesús exclamar al Padre: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”, Lucas 23, 46. Y para que podamos, sólo entonces, escucharle decir al Padre: “¡Te basta mi gracia! La fuerza se realiza en la debilidad”. Entonces, hermanos, digamos con San Pablo: “Muy a gusto me gloriaré de mis debilidades, para que se aloje en mí el poder de Cristo”, 2Corintios 12, 9.
Señor soy un hombre débil, frágil y pecador, que continuamente necesita de tu gracia, concédemelo y haz que vuelva a experimentar la fuerza de tu poder y de grandísima misericordia. Gracias por darnos la Cruz como defensa contra el pérfido enemigo. Gracias porque la propia cruz de mis debilidades, fragilidades y pecados son motivos para que se hagan realidad las palabras del Salmista: “Pero él sentía lástima de ellos, les perdonaba su culpa y no los destruía. Muchas veces dominó su ira y apagó el furor de su cólera”, 77/78, 38. Gracias por tu grande Amor, Señor, Dios mío.


lunes, 2 de mayo de 2016

“El Señor le tocó el corazón para que aceptara el mensaje de Pablo”
Hechos 16, 14.

Hay un versículo de las Sagradas Escrituras que se me ha venido a la mente como de rayo y expresamente dice: “porque es Dios quien, según su designio, produce en ustedes los buenos deseos y quien les ayuda a llevarlos a acabo”, Filipenses 2, 13. Pertenece a una carta que el Apóstol escribió desde la prisión y eso refleja ya, la convicción de que nada sucede sin la voluntad de Dios. Jesús mismo lo dejó muy claro cuando dijo: “¿No se venden dos gorriones por unas monedas? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin permiso del Padre de ustedes”, Mateo 10, 29.
La voluntad de Dios en el desarrollo de la humanidad es fascinante y desconcertante. Fascinante porque se percibe el poder que Dios posee como atributo propio para irrumpir en la historia no sólo personal del hombre sino de los pueblos y de la humanidad misma. Basta sólo recorrer algunos pasajes de las Sagradas Escrituras para que uno se dé cuenta de ello. Y al mismo tiempo desconcierta, porque las narraciones de las páginas de la Biblia pueden leerse incluso sin la premisa de la fe, y entonces todo se reduciría a mitos o leyendas. Pero si nos acercamos con fe, reconociendo que nada, absolutamente nada escapa a la voluntad de Dios como nos dice Pablo en la carta a los Filipenses y nos narra Lucas en los Hechos de los Apóstoles cuando nos refiere que el Señor ‘tocó’ el corazón de Lidia “para que aceptara el mensaje de Pablo”, 16, 14. ¿Por qué el Señor no toca el corazón de quien lo odia y lo persigue a muerte? Y digo esto porque Jesús se ha identificado con sus discípulos: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”, Hechos 9, 5.
Porque no ponemos en duda que las palabras de Jesús se cumplen, aun cuando el versículo que a continuación mencionaré sea una lectura de la realidad que las comunidades cristianas ya han padecido y que el Apóstol Juan actualiza para animar la fe de los creyentes del final del primer siglo de la era cristiana: “Los expulsarán de las sinagogas y hasta llegará un tiempo, cuando el que les dé muerte creerá dar culto a Dios”, Juan 16, 2. Y hoy constatamos por las noticias que nos llegan de las diversas partes del mundo que los cristianos están siendo expulsados, perseguidos, encarcelados y hasta asesinados. Y a pesar de todo y de todos, Ellos, dan testimonio de la fe en el Hijo de Dios, muerto y resucitado, haciendo que se cumpla las palabras de su Señor: “y ustedes también darán testimonio”, 15, 27. Si lo han podido hacer, no nos cabe la menor duda que es porque el Paráclito les “enseña” y les “recuerda” lo que Jesús ha realizado de palabra y obra, Cfr. Hechos 14, 26. Es el Espíritu Santo, el Paráclito quien mantiene vivo y actualiza en la Iglesia y en el mundo la presencia del Resucitado. Además de que es también quien dota de una identidad genuina a los discípulos de Jesús, por eso se les llama ‘cristianos’ otros ‘cristos’. Así que en la actuación del Paráclito se hace visible el propio Jesús, el cual dijo: “Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré a ustedes de parte del Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí”, Juan 15, 26. Pero hasta ahora la pregunta sigue en el aire: ¿Por qué el Señor no toca el corazón de quien lo odia y lo persigue a muerte?
Hay un pasaje en la Biblia que nos es de mucha ayuda para dar respuesta a la interrogante que nos ha hecho meditar esta mañana: “El siervo no es superior a su Señor. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán, y el caso que han hecho de mis palabras lo harán de las de ustedes”, Juan 15, 20.
Dirán que estoy loco, pero hay una experiencia de vida que puede ayudarnos a comprender mejor este aspecto, cuando la conciencia está adormecida o anestesiada no percibe ni siente dolor alguno ante el sufrimiento ajeno, aunque se reconozca ya sea al instante o mucho después que lo realizado esta mal. Como cuando uno cae en un profundo sueño por el cansancio o se encuentra inconsciente por más que se le toque no recupera el sentido ni se despierta del letargo. O también, puede suceder, que se perciba que se le toque o se le llama, pero simplemente no se quiere hacer caso. Pero esta experiencia todavía no responde del todo la pregunta: ya sea por la pérdida de la conciencia o porque no se quiere aceptar el mensaje de Salvación. Entonces, ¿el Señor tiene poder para tocar el corazón (entiéndase aquí la conciencia) si o no?
Y respondemos afirmativamente. ¿Pero qué sucede, por qué no lo hace, es que acaso se goza en el sufrimiento del hombre? Respondemos: porque Dios al crear al hombre le hizo libre, con una voluntad y una razón, éstas son facultades que son propias del espíritu humano. Y eso Dios lo respeta. Dios siempre llamará al hombre y ‘tocará su corazón’ pero es el propio hombre quien deberá responder por sí mismo. Ninguno puede usurpar este derecho. Por eso, se nos narra que Lidia, una vez que acepto el llamado de Pablo, es decir, una vez que sintió el ‘toque’ del Señor recibió el bautismo y hospedó en su casa a los apóstoles. Esto es maravilloso porque por vez primera los misioneros no se quedan en casas judías sino en una casa cristiana y así la Comunidad eclesial se convierte en una Iglesia doméstica, es decir, donde el espíritu de Jesús reina. Por eso, quiero concluir esta meditación con la exhortación del apóstol Pablo: “Si hoy escuchan su voz, no endurezcan el corazón”, Hebreos 3, 15.

Señor, he escuchado tu voz esta mañana, y la quiero escuchar siempre. Toca mi memoria y purifícala, toca mi corazón y libéralo de todo aquello que le oprime y le incita al mal, toca mis manos y haz que se conviertan en instrumento de solidaridad y de fraternidad, toca mis pies y no permitas que me aparte de tu sendero de vida. Toca mi persona y conviérteme para que siempre dé el testimonio valiente y coherente que la Iglesia de hoy necesita.

domingo, 1 de mayo de 2016

"Pero el Paraclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho", Juan 14, 26.



El domingo pasado Jesus nos decía que el amor es la identidad del cristiano, porque solamente el que se atreve amar como él lo ha hecho ese puede ser llamado su discípulo, Cfr. Juan 13, 34-35. Y hoy, en el evangelio que hemos proclamado lo vuelve a confirmar pero de otro modo: "El que no me ama no cumplirá mis Palabras", Juan 14, 24. Cuando Jesus habla de cumplir sus "palabras" hemos de considerar que en su vida "palabras" y "hechos" no son dos cosas distintas sino totalmente complementarias, al punto de lograr percibir una unidad, una integridad que muy bien podríamos llamar cabalidad, congruencia o coherencia de vida, términos que son sinónimos. De esta manera podemos ver en Jesus al hombre total y perfecto al que toda persona humana debería tender; no hay fisura en él, sus dos naturalezas y sus dos voluntades -divina y humana- están bien "fusionadas".
No sucede así con el ser humano el cual posee simplemente una sola voluntad y una sola naturaleza. El pecado original, que se le ha perdonado y borrado en su Bautismo le dejó una cicatriz, que le hace verse al menos internamente dividido. Por esa realidad al ser humano le cuesta más vivir la integridad de vida, no le es fácil ser cabal en cada una de sus relaciones, le pesa en verdad ser coherente, muy a menudo comprueba que niega con sus obras aquello que afirma con sus palabras.
Y lo asombroso de esto es que Jesus lo sabe, y no se alarma, sino que actúa ofreciéndole a sus hermanos la ayuda adecuada, por eso les dice: "el Paraclito", es decir, el qué estará a su lado, el que nos los dejará 'ni a sol ni a sombra' ni los hará sentir huérfanos, es "el Espíritu Santo" que el Padre enviará en su nombre, el cual 'enseñará y recordará' todo cuanto Jesus ha dicho y hecho.
Jesus presenta al Espíritu Santo como el Maestro Interior, como el que capacita o faculta al discípulo de Cristo para que siempre actúe no sólo correctamente sino para que sea capaz de afrontar según las enseñanzas de Cristo los retos y desafíos que su propia realidad le presenta y pueda así dar un genuino testimonio de su fe. Es pues, el Espíritu Santo que hace que las palabras y obras de Jesus se comprendan y se profundicen cada día más, que alcancen un desarrollo reflexivo a tal grado que pueda ser aplicado pastoralmente en cada momento de la existencia humana, eso lo comprendo a partir del discernimiento que la Iglesia de los primeros siglos realizó y que nos refiere la primera lectura cuando dice: "El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas que las estrictamente necesarias", Hechos 15, 28.
Con ello, el primer concilio de la Iglesia llamada concilio de Jerusalén nos enseña que es precisamente el Espíritu Santo el que "recuerda" a la Iglesia "todo cuanto" Jesus ha enseñado. Es el Espíritu Santo quién puede hacer que el hombre de fe sea coherente y pueda dar un auténtico testimonio de fe. ¿Y qué es lo que enseña en el fondo el Concilio de Jerusalén? Que en el proyecto de amor de Jesus ningún hombre, ningún pueblo o raza queda excluida o marginada de la salvación que el Padre ofrece por su medio, por eso escuchamos en la segunda lectura, tomada del libro del Apocalipsis que Juan al contemplar la hermosura y la majestuosidad del templo de la Jerusalén Celestial, tenía puertas que estaban orientadas hacia los cuatro puntos cardinales para que por ellas entre la humanidad entera: "Tres de estas puertas daban al oriente, tres al norte, tres al sur y tres al poniente", 21, 13.
De lo anterior, podemos concluir entonces, que cuando el hombre ama como lo ha hecho Jesus, pone de manifiesto con palabras y hechos que está impulsado por el Espíritu que el Padre ha enviado y es cuando en verdad podemos decir que Dios habita en esa persona: "El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en el nuestra mirada", Juan 14, 23.
Pero cuando el hombre se reconoce que no ha amado como Jesus le exhorta experimenta inquietud, vacío y su propia conciencia le reprocha dejándole el "sin sabor" de vivir sin paz, es decir, sin la presencia de Dios en su vida, porque si no ha amado entonces es porque ha realizado lo opuesto al amor y termina por experimentar una profunda tristeza porque el amor de Dios en su vida no es plena: "Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena", 15, 11. Por eso llegará afirmar San Pablo: "los frutos del espíritu es amor, alegría, paz...", Galatas 5, 22.
Señor dame tu Espíritu Santo, quiero que me enseñe y me recuerde lo fiel que debo ser a tus "palabras y obras" para que mi predicación este sustentada siempre por mi estilo de vida. Quiero vivir coherentemente para que mi testimonio de fe sea algo creíble; no quiero perder la paz y la alegría que me ofreces; quiero amar como tú has enseñado y eso sólo lo puedo lograr si me concedes tu Espíritu Santo. 

viernes, 29 de abril de 2016

"El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas que las estrictas necesarias", Hechos 15, 28.

La reunión conciliar de la Iglesia (Jerusalén, Antioquía, Siria y Cilicia) del primer siglo llega a la conclusión con claras propuestas pastorales que responden adecuadamente a los desafíos que al menos internamente estaban suscitándose con los hermanos que se habían convertido del paganismo y habían abrazado la fe en Jesús de Nazareth, Hijo de Dios, muerto y resucitado.
No comentaré ninguna de esas respuestas pastorales del Concilio de Jerusalén. Pero quisiera poner en evidencia lo que en el fondo subyace con las directrices que de ella emanan para el mantenimiento no sólo de la unidad sino de la propia comunión de fe y de la fraternidad. El Concilio según mi parecer debe mantener siempre vigente el Espíritu de Jesús: la opción por los marginados, las masas abandonadas, los discriminados, los excluidos.

Ese espíritu de Jesús está expresado en el pasaje del Evangelio del día: "Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros", Juan 15, 14. 17. El amor de Jesús expresado en su muerte de Cruz no dejó a nadie excluido. Jesús, nuestro cordero inmolado murió a beneficio no de unos cuantos sino de toda la humanidad. Y ese sacrificio se actualiza cada vez que se pone en marcha obras de amor: palabras, sentimientos, gestos.
Un beso, una sonrisa, un abrazo, un saludo, una ayuda; el compartir los alimentos o el tiempo o los bienes sean estos espirituales o materiales; cuando se escucha con la atención debida; cuando uno calla mientras el otro se encuentra dominado por la ira o la rabia; cuando se es capaz de reconocer no sólo los errores y defectos sino también las cualidades y bondades de toda persona; cuando se escucha una bella melodía que ennoblece el alma; cuando se tienen personas al servicio y se les trata con respeto y tolerancia; cuando leemos un buen libro y aprendemos cosas nuevas que edifican nuestro espíritu y elevan nuestra educación; cuando luchamos para que la justicia se restablezca; cuando aspiramos al bien común en todas y cada una de nuestras relaciones interpersonales; cuando perdonamos y promovemos procesos de reconciliación y paz con quienes nos han violentado o han provocado heridas profundas en nuestras personas o en la propia sociedad; en éstas y otras cosas el amor de Jesucristo puede ser puesta en obra.
Cuando el hombre se aventure a vivir la fraternidad y la amistad sin excluir a ninguno el mandamiento de Jesús deja de ser abstracto y comienza existir en la realidad como cosa concreta, verificable y puede convertirse en la fuerza que transforma el ambiente donde vivimos.
Así que el Espíritu Santo rompe barreras y logra la expresión más bella del amor: La comunión. Y eso es expresamente lo que pone de manifiesto el primer concilio de la historia de la Iglesia: una apertura al mundo. Apertura que no se ha cerrado por las directrices pastorales de los primeros apóstoles y presbíteros; sino que continúa abierta porque actualmente en la humanidad son otros los rostros que deben ser incluidos y atendidos caritativamente.
Señor, enséñanos amar, a no tener miedo de abrir el corazón y los brazos para acoger a quienes hoy son los débiles del mundo de esta nuestra historia social y personal. Queremos continuar siendo tus amigos, dando no sólo afecto sino abriendo espacios para que ninguno quede excluido. Danos tu Espíritu Jesús e impulsanos al testimonio de vida por medios de obras de amor.