“Y por este amor
reconocerán todos que ustedes son mis discípulos”
Juan 13, 35.
Hechos 14, 21-27; Salmo 144/145, 8-13; Apocalipsis 21, 1-5; Juan 13,
31-33. 34-35.
Hay un pasaje en las Sagradas Escrituras
donde el apóstol san Juan nos recuerda el testamento de Jesús y nos lo dice con
especial cariño: «Hijitos, no amemos de palabra y con la boca, sino con obras y
verdad», 1Juan 3, 18. La idea está más que clara hemos de amar con la
potencialidad de nuestro ser, con todo lo que somos y tenemos. Juan nos exhorta
a que nuestro amor sea algo creíble, notorio, concreto, con actitudes y acciones
que se puedan sentir. Juan desea que recorramos sin miedo la experiencia del
amor, el amor no está hecho, el amor recupera rostro y figura con cada sujeto
que se aventura amar.
Esta exhortación
del discípulo amado está insertada en el gran discurso que expone
contundentemente en su carta, donde explica precisamente el mandamiento del
amor, y hace una distinción entre los hijos de Dios y los del Diablo. Y quizás
suene esto muy raro para algunos, dramáticos o exagerados para otros. El apóstol
llega incluso a decir que: «quien no practica la justicia ni ama a su hermano
no procede de Dios», v. 11. La justicia aquí representa una forma primigenia
del amor, pero es ya algo concreto que se realiza en favor del prójimo, sin
embargo, el amor lo es todo, es el mayor bien que se hace a la persona sin
buscar ningún otro interés que el de su bienestar. Aquí está pues la distinción
no sólo de los hijos de Dios sino de todos aquellos que se dicen discípulos de
Cristo Jesús, por eso le escuchamos decir en el Evangelio de este V Domingo del
Tiempo Pascual: «y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos»,
Juan 13, 35. «Y no por una medallita que se lleva colgada al cuello. Y no por
hacerse la señal de la cruz cada vez que pasan frente a una Iglesia o antes de
echarse un clavado. Y no porque lleven un rosario colgado en el espejo
retrovisor del auto, o una imagen en el tablero del autobús. Todo lo cual está
bien pero ciertamente no basta», Jesuitas de México.
El discípulo amado
expone su argumento con un ejemplo sencillo pero muy acertado, pues dice: «Si
uno vive en la abundancia y viendo a su hermano necesitado le cierra el corazón
y no se compadece de él, ¿cómo puede conservar el amor de Dios?», 1Juan 3, 17. Este
versículo nos da pauta para decir, en primer lugar, que el amor no puede definirse,
aunque la Sagrada Escritura nos diga que «Dios es amor», 1Juan 4, 8. 16. El
amor no lo podemos encerrar en un concepto, si esto fuera así conoceríamos a
Dios como él nos conoce a nosotros y eso no es posible, raya en lo absurdo. Pero
hay una cosa que sí podemos hacer al hablar del amor, es describirlo, como muy
bien lo ha hecho san Pablo en su Himno al Amor (Cfr. 1Corintios 13). Y esto nos
permite, aquí expongo la segunda idea, que el amor se puede concretizar a
partir de las necesidades que el prójimo padece. Y eso implica estar atentos,
vigilantes, significa ver, por eso el apóstol Juan con su ejemplo dice “y
viendo a su hermano necesitado le cierra el corazón y no se compadece de él”.
Juan nos enseña
que existen dos formas muy claras de amar y poniendo en marcha dos principios
de la pastoral de la Caridad o mejor dicho de la Doctrina Social de la Iglesia:
la solidaridad y la subsidiariedad. Si la solidaridad me dice quién está
necesitado (corazón y compasión) la subsidiariedad me dice la manera como he de
realizar la ayuda o el socorro. Porque nadie da lo que no tiene. Y esto no es
un límite a la caridad sino una manera muy real de reconocer cuáles son los límites;
qué es lo que se puede hacer a favor del prójimo; qué compete hacer para vivir
la corresponsabilidad con el miembro de la comunidad, porque el prójimo es
también parte de la propia comunidad por eso Juan dice “y viendo a su hermano”;
y, por último, hasta dónde lo puedo hacer, por eso san Pablo nos dice
expresamente: «No se trata de que ustedes sufran necesidad para que otros vivan
en la abundancia sino de lograr la igualdad», 2Corintios 8, 13.
Comprendemos
entonces, que la caridad de la Iglesia, al menos como institución, está
completamente organizada. Y es la misma idea que se pide y se espera que la
Iglesia doméstica haga posible en su rebaño. Y todos los fieles cristianos en
la propia comunidad. Así sea.

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