domingo, 24 de abril de 2016

“Y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos”
Juan 13, 35.
Hechos 14, 21-27; Salmo 144/145, 8-13; Apocalipsis 21, 1-5; Juan 13, 31-33. 34-35.
Hay un pasaje en las Sagradas Escrituras donde el apóstol san Juan nos recuerda el testamento de Jesús y nos lo dice con especial cariño: «Hijitos, no amemos de palabra y con la boca, sino con obras y verdad», 1Juan 3, 18. La idea está más que clara hemos de amar con la potencialidad de nuestro ser, con todo lo que somos y tenemos. Juan nos exhorta a que nuestro amor sea algo creíble, notorio, concreto, con actitudes y acciones que se puedan sentir. Juan desea que recorramos sin miedo la experiencia del amor, el amor no está hecho, el amor recupera rostro y figura con cada sujeto que se aventura amar.
Esta exhortación del discípulo amado está insertada en el gran discurso que expone contundentemente en su carta, donde explica precisamente el mandamiento del amor, y hace una distinción entre los hijos de Dios y los del Diablo. Y quizás suene esto muy raro para algunos, dramáticos o exagerados para otros. El apóstol llega incluso a decir que: «quien no practica la justicia ni ama a su hermano no procede de Dios», v. 11. La justicia aquí representa una forma primigenia del amor, pero es ya algo concreto que se realiza en favor del prójimo, sin embargo, el amor lo es todo, es el mayor bien que se hace a la persona sin buscar ningún otro interés que el de su bienestar. Aquí está pues la distinción no sólo de los hijos de Dios sino de todos aquellos que se dicen discípulos de Cristo Jesús, por eso le escuchamos decir en el Evangelio de este V Domingo del Tiempo Pascual: «y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos», Juan 13, 35. «Y no por una medallita que se lleva colgada al cuello. Y no por hacerse la señal de la cruz cada vez que pasan frente a una Iglesia o antes de echarse un clavado. Y no porque lleven un rosario colgado en el espejo retrovisor del auto, o una imagen en el tablero del autobús. Todo lo cual está bien pero ciertamente no basta», Jesuitas de México.
El discípulo amado expone su argumento con un ejemplo sencillo pero muy acertado, pues dice: «Si uno vive en la abundancia y viendo a su hermano necesitado le cierra el corazón y no se compadece de él, ¿cómo puede conservar el amor de Dios?», 1Juan 3, 17. Este versículo nos da pauta para decir, en primer lugar, que el amor no puede definirse, aunque la Sagrada Escritura nos diga que «Dios es amor», 1Juan 4, 8. 16. El amor no lo podemos encerrar en un concepto, si esto fuera así conoceríamos a Dios como él nos conoce a nosotros y eso no es posible, raya en lo absurdo. Pero hay una cosa que sí podemos hacer al hablar del amor, es describirlo, como muy bien lo ha hecho san Pablo en su Himno al Amor (Cfr. 1Corintios 13). Y esto nos permite, aquí expongo la segunda idea, que el amor se puede concretizar a partir de las necesidades que el prójimo padece. Y eso implica estar atentos, vigilantes, significa ver, por eso el apóstol Juan con su ejemplo dice “y viendo a su hermano necesitado le cierra el corazón y no se compadece de él”.
Juan nos enseña que existen dos formas muy claras de amar y poniendo en marcha dos principios de la pastoral de la Caridad o mejor dicho de la Doctrina Social de la Iglesia: la solidaridad y la subsidiariedad. Si la solidaridad me dice quién está necesitado (corazón y compasión) la subsidiariedad me dice la manera como he de realizar la ayuda o el socorro. Porque nadie da lo que no tiene. Y esto no es un límite a la caridad sino una manera muy real de reconocer cuáles son los límites; qué es lo que se puede hacer a favor del prójimo; qué compete hacer para vivir la corresponsabilidad con el miembro de la comunidad, porque el prójimo es también parte de la propia comunidad por eso Juan dice “y viendo a su hermano”; y, por último, hasta dónde lo puedo hacer, por eso san Pablo nos dice expresamente: «No se trata de que ustedes sufran necesidad para que otros vivan en la abundancia sino de lograr la igualdad», 2Corintios 8, 13.
Comprendemos entonces, que la caridad de la Iglesia, al menos como institución, está completamente organizada. Y es la misma idea que se pide y se espera que la Iglesia doméstica haga posible en su rebaño. Y todos los fieles cristianos en la propia comunidad. Así sea.

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